29Una cena familiar
Una cena familiar
La mamma había perdido definitivamente la cabeza.
No encontré otra explicación cuando atravesé el pasillo que conducía a la zona B de la casona y me detuve en la entrada del enorme salón comedor.
Esa parte de la casa siempre había sido grande.
Techos altos, ventanales que daban al jardín y metros suficientes para meter a todos los Sabello sin obligarnos a respirar el mismo aire, algo que, teniendo en cuenta la cantidad de tarados que compartíamos apellido, resultaba bastante útil para la supervivencia familiar.
Pero aquello era distinto. Había mandado decorar hasta el último rincón.
La enorme mesa ocupaba el centro del salón, vestida con un mantel claro que caía hasta casi rozar el suelo, una vajilla que seguramente costaba más que alguno de mis barcos, cristalería, cubiertos para funciones que desconocía y suficientes sillas como para celebrar allí una reunión de la ONU.
Entre los platos había colocado centros bajos de flores blancas, ramas de olivo y velas que conseguían que todo pareciera elegante, perfecto y, sobre todo, poco Sabello.
El pensamiento se me fue de manera instantánea al sótano de las torturas que había debajo de aquella misma casa.
Las puertas acristaladas que comunicaban con el jardín estaban abiertas y dejaban entrar el aire frío de la montaña mezclándolo con el olor de las plantas del invernadero de la mamma y el de la comida que llevaba preparándose desde hacía horas en la cocina.
Miré alrededor. No sabía exactamente a cuánta gente esperaba, pero, por el número de sillas, debía de haber invitado a media Sicilia. Y aquello me dio un poco de vértigo.
Me acerqué a uno de los ventanales. Aquel sitio era al que, por mucho que nos desperdigáramos por Italia, terminábamos regresando los ocho.
Solo que aquella noche íbamos a sentarnos a la mesa con personas que compartían nuestra sangre y a las que yo no conocía de absolutamente nada.
Lo mismo habría sido mejor que continuara siendo así , que hubieran seguido siendo invisibles .
—¿Cuándo quedamos para comer en tu casa, dices?
Miré a Dante a través del reflejo del cristal y me llevé la copa de whisky a la boca. No pensé ni en cómo había dejado el chalé. Tampoco en que esa semana no había cuadrado las horas con las dos personas de la empresa de limpieza que acudían siempre.
—Mañana.
Asintió con convencimiento, aunque yo no sabía ni qué coño iba a decirles.
—Bien. Pues voy a ir preguntando qué comemos.
Fue a girarse para retomar su copa y lo llamé.
—Dante. —Solo se movió un centímetro para mirarme por encima del hombro—: Gracias.
Cabeceó con media sonrisa y se marchó. Yo me quedé observando el jardín, las luces de la parte exterior completamente encendidas y el elenco de seguridad que dirigía Edmond con Renato.
El primero era uno de los hombres de Mia, ahora su mano derecha, mientras que Renato era el hermano y seguridad personal de Tiziano.
—Salgamos. Están aquí.
Apuré la copa tras las palabras del papà y me giré, encontrándome de frente con la abuela. Me observaba analítica, enfundada en un vestido de seda negro con un plumón del mismo color por encima y rodeando su cuello. La habría estrangulado con la tela.
Qué mal me caía.
—No sé yo si esto es una buena idea, Antonella.
Miré a mi padre de reojo. Se había detenido en el marco de la puerta para tomar aire con fuerza.
—¿Por qué? —cuestionó la mamma, llegando a su lado.
—Pues... —Volvió a inspeccionarme de una forma extraña y entrecerré los ojos—. Porque tus hijos son... —Hizo movimientos ascendentes y descendentes con las manos—. Diferentes a ellos.
Regresé mi atención a il papà, que ahora apretaba la mandíbula. Mis hermanos se encontraban todos con cara de póker. Adara le dio un codazo a Tiziano, quien jugueteaba con su particular navaja en una mano, mientras que en la otra sostenía a Valentina.
—Bueno —chocó las manos y rio con falsedad—, los has criado más... como el padre, ¿no? A la vista está.
Señaló a Tiziano y este cerró la navaja de un movimiento seco con muy mala cara.
—Mamá, no sé a qué te refieres, pero todo va a estar bien, deja que la noche fluya, ¿vale?
La mamma intentó quitarle hierro al asunto, pero es que el asunto en cuestión ya estaba caldeado. Nos insultaba sin hacerlo, y solo nos miraba a Tiziano y a mí porque éramos los que quedábamos enfrente. Los demás se encontraban a su espalda.
Fuimos a retomar la marcha, pero Giulia Rossi no se quedó conforme.
—Mientras guardéis la compostura, claro, fluirá.
Il papà detuvo el paso de manera muy exagerada y se volvió como un titán.
—¿Qué puta compostura, Giulia?
Sonrió cínica y extendió su mano enguantada hacia él, con la atención puesta en la mamma.
—¿De verdad me preguntas el motivo de mis cuestiones, Antonella? A esto me refiero.
—Mamá, por favor.
Oí que los coches se detenían en la entrada. Tiziano abrió la navaja de nuevo, solo que esa vez Adara no le dio un codazo; ella enarcó una ceja tanto que pasó de intentar apaciguar el ambiente a tener cara de asesina.
—Te dije que no te casaras con un gitano. Que nosotros éramos una familia con más clase —murmuró, aunque todos lo escuchamos.
Me dolió. Me dolió muchísimo que hiciera ese comentario racista.
Y de repente a ocho tíos casi nos llega el mentón al techo del salón.
No fui el único que dio un paso adelante para cortarle el rollo a la puta vieja; la mamma también quiso intervenir, pero il papà fue más rápido, soltó un chistido y levantó la mano para que nadie moviera un dedo.
La abuela lo observó como si fuera una garrapata.
—Estás en la casa de una mafia, Giulia. Controla tu lengua si quieres conservarla.
La aludida endureció su gesto visiblemente.
Mi padre se reajustó la chaqueta del traje y me sentí orgulloso de aquel hombre con los cojones más grandes que una catedral.
De nuevo, nos giramos para marcharnos, pero la abuela no se quedó conforme con no tener la última palabra.
Ella deseaba quedarse por encima de él, a cualquier precio.
—¿O si no qué, Claudio? ¿Me marcarás como hiciste con tu mujer?
¿ Qué ?
Nos miramos sin llamar la atención entre los ocho. ¿Qué había querido decir con eso de «marcar»? Y fue entonces cuando reparé en la rapidez con la que la mamma observó a il papà, pero él no separó la vista de su suegra. Tampoco lo negó.
Y por la forma en que la mamma había reaccionado, aquello no pertenecía precisamente a una anécdota familiar que se contara entre risas.
Se giró con su habitual porte galán y se marchó del salón.
Giulia disimuló una sonrisa pretenciosa, la muy hija de perra, y la mamma negó con la cabeza y salió mostrando un gesto de enfado que no pasó desapercibido para ninguno. La vieja se marchó después de ella.
—Mmm... —Tiziano se colocó a mi lado.
—No siembres en mí dudas que no voy a saber resolver —le advertí al ver su cara.
—Pero tú eres el favorito de la mamma —añadió Piero casual, enarcando las cejas—. Yo tiraría el primer cartucho por ahí.
El resto asintieron, apoyándolo. Y fin. Con ese breve diálogo acababan de cargarme el muerto de enterarme de qué había significado lo de la marca, pese a que no había que ser un genio para adivinarlo.
Fui casi de los últimos en abandonar el salón, junto a Enzo, Dante y Alessandro. Los del gallinero, para no variar.
Las presentaciones eran tediosas. Y no es que no me gustaran a mí. Mis hermanos se habían quedado igual de rezagados que yo, con la única diferencia de que en primera fila estaba Tiziano con Adara, Romeo con Mia, Piero y Claudio.
—Il papà tiene la misma cara que nosotros —argumentó Enzo.
—Por algo somos sus hijos —añadió Dante como si fuera obvio.
En efecto, nuestro progenitor estaba serio, con los labios apretados y la promesa de matar al primero que abriera la boca. ¿Por qué estaba de tan mal humor? No comprendía nada, pero no tardaría más de unos minutos en darme cuenta de cuál había sido el verdadero conflicto.
La mamma lo agarró del brazo de manera cariñosa, pero los hombros se le tensaron más cuando un hombre se acercó. La vieja extendió sus brazos en el aire con mucha efusividad y una sonrisa deslumbrante.
—¡Oh, Paolo! ¡Mi Paolo! Bienvenido a casa, hijo.
« A casa ». ¿ A qué casa? Miré con disimulo al resto; estaban igual que yo. Percibí la tensión en Tiziano de inmediato .
—Mi preciosa madre. —La cogió de una mano y la hizo girar sobre sí misma—. No pasan los años por ti. Estás espléndida. —Miró hacia arriba apreciando la casona—. Es un palacio maravilloso.
—Oh, querido. ¿A qué sí? —Se tapó la boca para ocultar su sonrisa y observó a la mamma, quien sonreía forzada—. Tú sí que estás espectacular. ¿Dónde están tu mujer y tus hijos?
—Lo lamento, pero no han podido venir. Mi esposa tenía otros asuntos que atender.
Me fijé en el que se suponía que era uno de mis tíos y dejé de escuchar los comentarios de mis hermanos.
Demasiado amable. Demasiado sonriente. Era alto, pero no tanto como il papà, atlético, con una barba perfectamente recortada, los ojos marrones y el pelo del mismo color peinado hacia atrás.
Vestía un traje exclusivo que indicaba cuál era su posición y se manejaba con unos modales exquisitos.
Sobreactuados cuando se acercó a la mamma y le dio dos besos en las mejillas.
Ella no se separó de mi padre.
Il papà solo pronunció su nombre como saludo, sin ofrecerle siquiera la mano.
Y ahí hubo un pequeño matiz. La mirada de Paolo cambió a una más turbia, que automáticamente se disipó cuando se colocó de nuevo al lado de la abuela con aquella radiante y espectacular sonrisa de anuncio.
Pero mis padres continuaban en el mismo sitio, apartados del núcleo familiar. Y no parecían haberse apartado ellos. Parecía que los habían dejado fuera.
—Señor Rossi.