Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 28Un nuevo secreto #3
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28Un nuevo secreto #3

—¿Cómo ves los dientes de esto en el cuello de tu madre?

Me sorprendió habérmelos imaginado en el mío segundos antes. Ella puso los ojos en blanco, le dio otro beso, rio con aquel amor tan profundo que sentía por él y vino hacia mí. Su rostro cambió a uno más serio, más preocupado. Se puso de puntillas y me agaché para saludarla también.

—Bambino. —Me besó la mejilla y acarició un brazo—. Llegaste ayer.

—Sí.

No iba a servirme de nada mentirle. Total, a ese paso iba a enterarse hasta el periódico de Sicilia.

—Y te has quedado en casa de Tiziano.

Asentí, identificando su reproche. Se hizo un silencio entre los dos y, por segunda vez en pocos minutos, vi reflejada una preocupación que ya no sabía si era por su marido o por mí.

—Bueno, os dejo solos. Voy a ver cómo van con la decoración del salón para la cena de esta noche.

—Espera. —La mamma suspiró y me temí lo peor—. Me parece que esta noticia debemos escucharla los dos.

No me gustó el tono ni la manera que tuvo de enterrar la horca en la tierra, sin quitarme la mirada de encima e importándole una mierda que aquellos dientes puntiagudos se hubiesen quedado a escasos milímetros de su pie. Como si lo tuviera controlado.

Como todo.

—¿Nos puedes explicar qué hacías en un puto cumpleaños tú y tus hermanos?

Me quedé de piedra.

No parpadeé, no respiré, no hice un gesto que delatara en quién podría estar pensando, y en ningún momento se me ocurrió que mis hermanos habían ido con el cuento. No después de lo del astillero con Rizzo y los problemas que podría habernos buscado por insensato.

—O —dio un paso adelante, soltando el palo de madera—, ¿vas a contarnos qué hacías hablando con los antiguos miembros de la Mano di Caino?

El nudo me apretó la garganta. ¿Cómo salía de aquella? La mamma no me quitaba los ojos de encima; yo no sabía muy bien cómo tomarme la expresión de su cara, pero lo que verdaderamente me dejó fuera de combate fue lo siguiente.

Dio otro paso, más temerario, más perturbador.

—¿O tal vez vas a decirnos quién es la señora Sabello?

Quise morirme. Ahí ya no había escapatoria ninguna, y empezar a contarle la bola podría significar una trifulca de las grandes, en uno de los días más importantes para la mamma.

¿Cómo demonios se había enterado de aquello?

Bien era cierto que cuando nosotros dábamos una vuelta, il papà había dado cincuenta. No pensaba ponerlo en duda jamás.

Recé para que no se hubiera enterado también de que Angelo había estado compinchado con nosotros.

Busqué los ojos de mi madre, quien esperaba una respuesta también. Cogí aire, me preparé y enfoqué a mi padre, que se llevaba el cigarro casi terminado a los labios, con aquel gesto arrogante que habíamos copiado de él.

No me dio tiempo a hacerlo cuando una avalancha de voces llegó por el lateral como un gallinero revolucionado. Inmediatamente identifiqué que la panda había estado escondida y había salido en mi auxilio.

—¡Eeehhh! ¿Qué pasa, mamma? ¿Has montado el circo ya? ¿Dónde está la vieja?

—¡Alessandro! —lo regañó ella—. No llames a tu abuela así, ¡verás como regrese y te escuche!

El aludido hizo un gesto de desagrado con la mano.

—Estábamos por aquí —añadió Dante como si nada— y hemos escuchado un pelín la conversación.

Yo los miré como si fueran gilipollas. Como estaba haciendo il papà.

—El caso es que lo del tema de la fiesta no es culpa de Valentino, es... —intervino Enzo y miró hacia todos lados.

—Es de Dante —soltó con aplomo Piero—. Que le dais vueltas a todo. Es de Dante y punto.

El nombrado se giró como un demonio.

—¡Eh! ¡Ya estamos con el lío! Será que este o aquel no tenían ganas de salir de pitorreo —señaló con el dedo a Enzo y a Alessandro—. Que siempre es el mismo, coño.

No se me ocurrió abrir la boca, aunque en el fondo lo agradecí. Tampoco sabía qué hacía Piero en aquella ecuación, pero ya... De perdidos al río.

—Es que a quien persigue la fama... —rumió Romeo por lo bajo.

—Dad gracias a que llevabais a un sensato —dijo Claudio apoyándose en la fachada y refiriéndose a mí.

Il papà continuaba mirándonos a todos, pasando sus ojos como si poseyera un escáner capaz de detectar mentiras en un radio de diez kilómetros. La mamma...

Ella solo me observó, cabeceó en señal afirmativa y añadió:

—E imagino que lo de la señora Sabello es ¿por?...

—¡Por sacarle el petardo del culo y quedarnos con el cumpleañero, mamma! —aseguró Alessandro haciendo aspavientos con las manos—. ¿No lo ves? ¡Está mustio!

Ella sonrió, miró a il papà y cabeceó de nuevo. Sabía que mentía. Sabían que mentíamos todos. Y el cabrón de mi padre nos dejó seguir con el rollo, porque Dante se inventó una parafernalia que me dieron ganas de decir que, cuanto más hablase, más fácil sería pillar la mentira.

En las explicaciones de habernos encontrado a Rizzo estaba Enzo, inventándose cosas a lo loco y con todos presentes para que ninguno metiera la pata, cuando recordé el nombre del padre de Beatrice y que nuestro apellido había sido el último que había mencionado antes de morir.

Para eso fue para lo único que abrí la boca, y tal vez tendría que haberla mantenido cerrada.

—¿De qué conocías a Brunello Costa?

El silencio se apoderó del jardín.

Il papà y la mamma se miraron diciendo más de lo que pretendieron en un primer momento.

Y, entonces, il papà mintió:

—No sé de quién me hablas.