28Un nuevo secreto #2
—Con la mamma, no...
Romeo lo vio, claro; Claudio, no, pues estaba más pendiente de perdernos de vista para que no hiciéramos preguntas.
—Ahora os cogemos —les dijo Enzo, quien había agarrado de la misma manera a Dante. Romeo giró el cuello y entrecerró los ojos.
Mierda.
—¡Tío! —Alessandro me dio dos manotazos para soltarse y se giró a mirarme—. ¡¿Qué haces?! ¡Que me partes el cuello!
Se lo agarré. Con saña y mala hostia, para no variar, y lo levanté un palmo del suelo. Mira que el tío era grande.
—No quiero que hagas una especulación de mis asuntos, o te rajo mientras duermes —lo amenacé.
—¡¡Cipollo!! ¡Que me asfixias! —Fue a darme un puñetazo y lo aparté. Iba a partirme el brazo si continuaba manteniéndolo en el aire, pero eso no iba a decírselo.
—¿Me he explicado bien?
Dante me miraba con los ojos muy abiertos, como si se hubiera metido una raya en el instante. Se cruzó de brazos y cuestionó:
—Pero ¿no has dicho que tú no eras?
Lo miró hasta Alessandro. Dante estaba tocado del ala, pero sabía que en el fondo lo había hecho para quitarle hierro al asunto y que lo soltara. Enzo me pidió una tranquilidad que no llegó. Lo leí en su mirada también. El benjamín regresó la vista con prontitud a mí.
—Yo duermo con una faca debajo de la almohada. Tú verás lo que haces. Tengo el sueño ligero. —Rio como una hiena.
Estaba loco. Apreté más y fue a lanzarme una patada que no logré esquivar en el costado.
—Valentino, tranquilo. Vamos a hablarlo —medió Enzo—. Esto no tiene que ponernos así.
Apreté con más fuerza a Alessandro, quien me sonrió de oreja a oreja. Lo amenacé con un puño en alto.
—¿Le vas a pegar por una tía? ¡Lo que me faltaba! Que no ha sido tan grave, fratello . Solo te hemos seguido porque somos muy así.
—¡¡Deja de inventarte cosas, Dante!! —rugí atacado.
Bajé a plomo a Alessandro, desplacé la mano hacia la camiseta y me lo pegué al pecho para estar frente a frente. Estrujé tanto la tela que hice un gurruño con ella.
—Dame tu palabra de honor.
Abrió los ojos como platos.
—No jodas, Valen.
Le di otro apretón hacia delante, casi chocando nuestras frentes.
—¡¡Que me la des!! —bramé de los nervios y los ojos me brillaron, sin saber el motivo.
¿ Qué me había puesto tan descolocado? Seguramente la posibilidad de que se enteraran mis padres, el resto de mis hermanos.
Que se sumara otra mierda más a mi esplendoroso currículo de cagadas, solo que en esa ocasión ni siquiera disponía de una explicación coherente para dar.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué me estaba pasando?
Vi las manos de Alessandro a ambos lados de nuestros cuerpos; sus ojos abiertos de par en par también, y la seriedad que había adquirido su rostro. El corazón me latía con mucha fuerza en el pecho, tanta que comenzaba a hacerme daño.
—Eh, eh, Valentino. —No había ni rastro de broma en su voz—. Calma. Te doy mi palabra de honor de que no diré nada. Pero cálmate, tío.
La garganta me latía, los oídos me retumbaban y me encontré con cinco pares de ojos observándome estupefactos. Entre ellos, los de Romeo y Claudio, que ni sabía cuándo habían dado la vuelta para ver la escena. Probablemente había sido demasiado evidente el numerito como para que se marcharan.
Enzo ni siquiera sabía con qué expresión estaba contemplándome.
Dante y Alessandro se miraron entre ellos, con incomprensión; Romeo...
no iba a definir lo que parecía ver en Romeo, y Claudio me miraba con tanta seriedad que me asustó.
Me vi dando pasos atrás, como si el bosque diera vueltas alrededor de mí, como si no perteneciera al sitio donde estaba, y escuchar a mi hermano mayor fue lo que faltó para que diera media vuelta y me alejara de ellos.
—La osadía del amor.
Fui cruel. Demasiado tal vez. Y cobarde, pues cuando me marché, rumié entre dientes:
—Habla por ti, Claudio.
Le había lanzado un mazazo directamente al pecho, como un cabrón sin escrúpulos, cuando yo sabía, al igual que todos, que su estado de ánimo, aquellas peleas y sus desapariciones se debían al dichoso amor.
Y el suyo estaba a kilómetros de distancia de él, luchando por sobrevivir lejos de la persona que amaba.
Yo no sabía nada del amor.
Yo no estaba enamorado.
Pero no sabía qué demonios me ocurría con Beatrice.
Quizá era esa obsesión enfermiza por tenerla entre mis garras, esa manera en la que se dejaba someter pese al miedo.
Ese deseo reprimido que explotaba cuando menos lo esperaba.
Era la manera en la que me miraba cada vez que me veía, cómo me devoraba, porque aquello no era un análisis policial.
Y cómo la buscaba y la contemplaba yo a ella.
Tuve la intención de regresar más rápido a la casa de Tiziano y Adara, con el fin de olvidarme de la maldita mañana que me habían dado el conjunto de capullos.
No fue posible tampoco.
Lo supe de inmediato cuando me encontré a Francesco Greco, la mano derecha de mi padre, apoyado en el capó del coche mientras fumaba.
Francesco era un hombre de la quinta de mi padre, de unos sesenta y largos, juraría que incluso tenían la misma edad.
No sabíamos mucho de él, a excepción de que siempre habían sido amigos desde la infancia.
Tenía el cabello completamente blanco, unos ojos grises que nos habían dado pavor a todos los Sabello por igual desde que éramos unos niños, y gozaba de una gran estatura y una complexión robusta, tanta que daba miedo ver lo impresionante que era.
Nunca le habíamos faltado al respeto y ni se nos había pasado por la cabeza gastarle una broma.
—Francesco —lo saludé con un movimiento de cabeza.
— Buongiorno . —Se separó del capó con el cigarro en la boca, bordeó el coche y abrió la puerta del copiloto, invitándome a entrar.
Hundí los hombros con desgana. Aquello solo significaba una cosa: il papà me reclamaba. Lo vi sonreír cuando pasé con resignación por su lado y me monté. Esa situación se había repetido infinidad de veces cuando éramos adolescentes.
Me acomodé en el sillón. El bofetón de calor llegó a mí antes de que Francesco formulara la pregunta estrella. Era callado, como yo; sin embargo, cuando decía de abrir esa boca...
—Señorito Valentino, ¿qué le ha hecho a su padre para tenerlo con ese humor?
Me moví en el asiento para mirarlo bien.
—Tengo cuarenta y cuatro años, Francesco. ¿Vas a dejar de llamarme señorito alguna vez?
—No —me respondió sin más, aminorando la marcha—. ¿Y bien?
Bufé.
—¿Te refieres al humor de perros que tiene constantemente?
Meditó su contestación. Hubiera preferido no escucharlo, sobre todo después de lo ocurrido el día de las tortitas que, por cierto, le salieron buenísimas. No me las comí al instante, a mí también se me cerró el estómago, pero sí lo hice después.
—Está alicaído. Gris. No me gusta su aura. Se apaga.
—Pues busca a un chamán amigo tuyo. Lo mismo necesita una limpieza.
Francesco era muy místico y muy de todo.
No me atrevía a asegurar la palabra por miedo a equivocarme, pero, al hilo de lo anterior, cuando éramos pequeños, también pensábamos que era un antiguo brujo del norte de Italia que había aparecido en la casona para echarnos al caldero.
La tontería se nos quitó cuando il papà nos confesó que llevaba con él desde que usaban pañales.
—¡Valentino!
La fuerza en el tono fue suficiente para que elevara ambas manos en señal de no desear buscarme otro problema. Miré por la ventanilla, me toqué la muela con la punta de la lengua y me pasé el dedo por el labio inferior, en un acto de nerviosismo. Se me juntaba todo.
—Hemos discutido hace unos días.
—Y supongo que el orgullo no le ha dejado llamarlo para disculparse —me recriminó.
Francesco ya sabía lo que había ocurrido, para no variar.
—Él tampoco lo ha hecho.
—¿Tiene que ir en busca de usted por segunda vez?
—No lo eché —le rebatí sin elevar el tono.
—Tampoco lo dejó explicarse.
Una cualidad de Francesco era que, daba igual cuántas vueltas le dieras al tema, siempre tenía razón. Y en aquel asunto no iba a ser menos. Il papà había ido a buscarme, lo había tratado con la punta del zapato y ni siquiera me había dignado a mandarle un mensaje sencillo.
Francesco aparcó en la entrada de la casona, detuvo el motor y señaló la parte trasera de la vivienda.
—Está en el huerto. —Abrí, y antes de salir volvió a llamarme de nuevo, sin alterar la voz—: Señorito Valentino. —Me giré para mirarlo—. Arréglelo. Es su padre, y no sabe cuánto tiempo va a poder disfrutar de él.
Me quedé callado con aquella revelación que no supe cómo tomarme.
No porque Francesco fuera un visionario —que de serlo, me lo habría creído—, sino porque había algo en su mirada que me hizo dudar.
Le mostré mi confusión, lo cual no sirvió para nada.
Me echó del coche con un gesto de cabeza y yo obedecí sin rechistar, como cuando era un niño.
Dudoso, tomé aire y me encaminé hacia la parte trasera de la casona sabiendo que los ojos de Francesco continuaban clavados en mi nuca.
Doblé la esquina y respiré aliviado al quitarme aquella presión inhumana; pero se me sumó otra más grande cuando me encontré de frente con il papà, contemplándome con un cigarro en la boca y las manos cruzadas encima de una horca. Me imaginé el cuello clavado allí.
Di gracias a Dios que un destello me hizo enfocarme un poco más a la derecha y me encontré a la mamma bebiéndose una infusión. Sonreí de manera inmediata. Esa mañana estaba espectacular.
La cara me cambió al saber que la vieja estaría pululando por allí.
—Tranquilo, puedes seguir admirando a la mamma. La zorra de tu abuela no está.
—¡¡Claudio!! —lo regañó ella y rio tapándose la boca con la taza.
—Ni Claudio ni pollas. —Clavó la horca en la tierra—. Me conozco la casa de memoria.
Enarqué una ceja.
—No es culpa de nadie que no quieras estar con nosotras, pero sí, estoy harta de la abuela.
La mamma se fue acercando por detrás a él. Recogió con sutileza el gran pañuelo que se había puesto por los hombros y le dio un beso en la mejilla. Il papà la miró, levantó la horca y le dijo arrogante: