28Un nuevo secreto
Un nuevo secreto
Apreté el paso hasta que el aire me quemó en los pulmones.
Una semana.
Había transcurrido una puta semana desde que los últimos exintegrantes de la Mano di Caino habían pasado a mejor vida y yo no sabía absolutamente nada de Beatrice.
Bueno, nada... Corrí con más urgencia por el sendero de la casona, en Catania.
Habíamos llegado la noche anterior, de madrugada, y Dios me había librado de quedarme en la casa de mis padres cuando decidí que era el momento ideal de acomodarme en casa de Tiziano y Adara.
Pasar tiempo con Galena y Valentina me despejó y alejó los pensamientos que... que no entendía.
Me había vuelto un neurótico.
La noche de la fiesta salí del astillero, después de esperar a que Beatrice se marchara, y me fui como una rata de allí.
Sin que mis hermanos pudieran hacerme un interrogatorio de los que te sacaban las tripas.
No podía permitirlo. No cuando ni yo sabía el motivo que me había llevado a sujetar el arma para matar a los cuatro tipos.
Al principio me excusé. Era lo más lógico. Me había dicho a mí mismo —y a Enzo al día siguiente— que lo había hecho para evitar que quedaran flecos sueltos. Para ahorrarnos algún tipo de problema. ¿Cómo iba a dejarlos salir del astillero con vida? Eso no era viable.
Y en el fondo me mentía. Me mentía porque había analizado mis movimientos, mi manera de estar cerca de ella cada vez que preguntaba, cada vez que una lágrima escapaba de sus ojos, cada vez que le temblaba la mano de manera involuntaria, aunque supiera controlarlo, demostrando lo buena policía que era.
Tras eso, llegó el segundo día y bien. La ausencia de noticias suyas pareció ponerme de buen humor.
Pareció; no lo hizo. Pero yo me refugié en las rutas, en la organización de la recolecta familiar que se aproximaba, en trabajar hasta horas indecentes, en arreglar la Tempesta porque la fecha se avecinaba; en beber, en fumar más canutos de lo que había fumado en toda mi vida. Y nada me la sacaba de la puta cabeza.
Entonces me reventé en el gimnasio. Horas y horas de entrenamiento hasta sentir agujetas que creía imposibles, sumadas a una resaca que empalmaba con otra mientras mi cabeza maquinaba todo tipo de perversidades.
¿Habría sido mejor despedazarla en el astillero?
¿Tendría que haberla cortado a cachos y habérsela mandado a Caputo en una bolsa?
¿Podría hacer eso para dejar de pensar en las únicas partes de su cuerpo que había probado?
¿Me sacaría de la cabeza sus gemidos ahogados, su placer?
Su altanería. La manera de retarme incluso cuando sabía que tenía las de perder. Su lengua viperina. Sus insultos. Lo tenaz y cabezota que podía ser. Lo masoca, kamikaze y rematadamente sexy.
Y lo mandé todo a tomar por culo con un grito que salió de lo más profundo de mí. Salí de mi casa y comencé a empeorar la obsesión, hasta tal punto que lo mejor que podía haberme pasado era que la mamma me llamara para acudir a Catania.
—Saaan Valeeentinooo.
Cerré los ojos y me mordí la lengua. No era posible. Eran las putas seis de la mañana. Todavía no había pisado la casona y no le había dicho a nadie que había llegado la noche anterior. No respondí, haciéndome el sueco.
—Que no respondas a wasaps o llamadas en una semana es, cuanto menos, alarmante. —Llegó a mi lado—. Que pases de mí con este descaro lo es más.
—No me hables cuando te estoy ignorando —le ladré.
Rio de aquella manera tan macabra. Es que era igual que Tiziano.
—Me ha dicho un pío pío que has llegado anoche y te has callado como los muertos.
Apreté la zancada para perderlo de vista. Como si eso fuera posible. Tomé el camino que conducía a la playa, el de los acantilados.
—Pues dile al pío pío que se meta la lengua en el culo.
Oí otras pisadas a mi espalda. No podía ser verdad.
—Me ha tocado la lotería esta mañana —rumié.
—A ver, Valen, que si llegas en el avión de Tiziano, es normal que alguien se entere.
Fulminé a Alessandro con la mirada. Tiziano podría haber hecho algún comentario, pero estaba seguro de que radio-patio se llamaba radio-Alessandro.
Lo ignoré adecuadamente cuando se colocó en mi otro flanco.
Otras pisadas muy cercanas se oyeron. No, si le había dado por hacer ejercicio a todos esa mañana.
Gruñí y miré a Enzo cuando se colocó al lado de Alessandro, a mi izquierda. Él me atravesó con sus ojos, insultándome sin palabras.
—Yo creo que te ha tocado el primer premio de la Lotteria Italia .
Resoplé sin argumentar nada al comentario jocoso de Dante.
Enzo me observó con una mezcla de preocupación y misterio que me ocasionó una incertidumbre rara.
No iba a tardar más de un minuto de silencio en averiguarlo, porque si algo caracterizaba a Dante era que no tenía ni un mínimo de paciencia y que, de todos, era un loro parlanchín.
—Fíjate que el otro día este y yo nos dábamos un paseíto por Roma, como el que no quiere la cosa. —Enzo chasqueó la lengua con desagrado y me temí lo peor. Dante se refería a él y a Alessandro—. ¿Y adivina a quién vimos?
Suspiré y lo miré con cara de muy mala hostia.
—No me interesa.
—Oh, yo creo que sí —se mofó Dante.
Me quedé en silencio, sin querer aparentar que los nervios empezaban a carcomerme. Joder...
—A ver si te suena —comentó con tono bromista Alessandro—. Una casa romana, así rollo señorial con jardín privado, en una de las zonas más espectaculares de Roma, concretamente en el Aventino...
Fue moviendo los brazos mientras lo decía, como si estuviera en un teatro.
—Y tu cuerpazo musculoso husmeando en la zona —remató Dante.
Apreté la mandíbula tanto que pensé que las muelas me saltarían por los aires.
—Os habréis equivocado de persona.
Cambié de ruta y me introduje en el bosque, dejando a la derecha los acantilados. Dejándolos a ellos atrás.
No. No se habían equivocado.
Claro que había estado allí. Y no solo allí.
Primero había hecho una parada en su casa de Trastevere, había abierto la puerta con mis artimañas y la había buscado por un apartamento vacío.
Después me había encargado de buscar en los sitios exactos de Roma donde teníamos nuestros ojos y nuestros oídos y había hecho dos preguntas hasta averiguar que Gennaro Caputo tenía un casoplón en Roma y otro en Palermo, pero que el teniente de la Guardia di Finanza se encontraba en Roma esos días.
Y había acertado de lleno. Porque ella estaba con él.
No quise ponerle nombre al sentimiento que provocó que apretara el puño tanto que dolió.
Seguí la carrera, intentando obviar el recuerdo de que estaban allí, muy juntos, sentados en el porche como una puta pareja feliz.
Ignorando que me había camuflado entre los setos y después en el coche.
Que había ampliado la cámara del teléfono para verla sonreír en los brazos de su teniente mientras él le entregaba una taza de algo caliente, le daba demasiados besos en la cara como un subnormal y de nuevo la hacía reír. ¿Por qué la hacía reír así?
—¿Te apetecía recorrer también Roma? Así, en plan turista.
Apreté la mandíbula, por no sabía cuántas veces ya.
Sí. Me había apetecido recorrer Roma. Demasiado.
Los había seguido hasta una tienda del centro donde ella salió con una funda de vestido que Caputo se empeñó en cargar como si dentro llevara el puto Santo Grial; después a por unos zapatos, a una joyería y a uno de esos sitios donde te hacían perder una hora decidiendo flores que a los tres días estarían muertas.
Los vi entrar en el restaurante donde celebrarían el banquete, sentarse con el encargado en una de las terrazas con estufas y probar no sé cuántos platos mientras yo permanecía al otro lado de la calle preguntándome en qué momento exacto había perdido la poca dignidad que me quedaba.
Y no había sido lo peor.
Lo peor había sido verla sonriendo. Cogiéndolo de la mano. Discutiendo con él por alguna gilipollez para acabar riéndose treinta segundos después. Preparando su puta boda mientras yo los seguía por Roma como un psicópata.
—No sé de qué coño me hablas —respondí con mal genio.
El silencio se hizo entre los tres, que me habían aguantado el ritmo demasiado bien, y aunque los había querido ignorar, había estado oyendo de fondo cómo cuchicheaban como marujas.
¿ Qué era lo que me pasaba a mí ? ¿ Por qué actuaba como un chiquillo de quince años? Yo no era así . Había hecho todo aquello para apartarme de ella, para olvidar la tontería que nunca tendría que haber empezado .
—¿Qué pasa, mamones?
Cerré los ojos un instante. No podía ser cierto. Me iba, definitivamente. Regresaba a la casa de Tiziano antes de que se sumara otro Sabello más.
—¡Romeo! —exclamó Dante con mucha euforia y elevó la voz—. ¿Cómo tú por aquí a las seis de la mañana?
No lo vi, pero sabía que me miraba mientras recalcaba el tono de idiota.
—Con este, que necesita desfogar y entrenar, creo.
¿ Quién era este ? Me volví, reduje el paso y me encontré con los ojos de Claudio.
Estaba hecho un desastre. Tenía cardenales en los pómulos, en los brazos que ahora llevaba descubiertos y lucía un aspecto más despiadado del que acostumbrábamos a ver.
Si antes poseía aquella chispa de ser el mayor de los Sabello y el más amable y respetable, acababa de convertirse en el más peligroso.
—¿Tú estás bien? —le pregunté de manera innata.
Lo pondría en mi lista de prioridades. Me analizó y soltó:
—¿Estás bien tú?
Nos observamos en silencio, sin dejar de correr, y decidí que había llegado el momento de detenerme.
Éramos demasiados, aquellos hijos de su padre me habían estado siguiendo y tenía que ser un buen estratega para que no se fueran de la lengua.
Miré a Enzo de reojo, pidiéndole ayuda. Este suspiró porque sabía lo que le pedía sin palabras.
—Pues ahora que lo dices —me detuve en seco—, creo que me ha dado un tirón.
Alessandro se había quedado rezagado. Cuando fue a pasar por mi lado, lo alcancé del cuello de la camiseta por detrás con disimulo y casi lo ahogué.
—¡Hijoputa! —Se llevó las manos al cuello por instinto.