Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 27Mi lugar seguro #3
82%

27Mi lugar seguro #3

Cogí aire, me metí en el interior de la cama, pese a que la calefacción estaba a tope y él se encontraba sin camiseta. Gennaro se acomodó a mi lado y apagó la lámpara.

Ninguno hizo nada. Yo permanecí bocarriba; él también. Éramos dos prometidos a punto de casarse comportándose como adolescentes castigados después de una pelea.

—Esto es incómodo de cojones —renegó.

Giré la cabeza y vi su perfil gracias a la poquita luz que entraba a través de la ventana.

—¿El qué?

—No sé ni siquiera si puedo tocarte.

Sentí un pinchazo en el pecho. Me estaba preguntando si podía tocarme, cuando hacía unos días habían profanado mi cuerpo sin pedir permiso.

—¿Por qué no ibas a poder? —cuestioné tragándome el nudo de la garganta.

—Porque llevamos días enfadados, apareces llorando a las cuatro de la mañana, no quieres contarme qué te ocurre y todavía no sé si estamos reconciliándonos o si has venido porque mi colchón es mejor que el tuyo.

—Tu colchón es una mierda —bromeé. Era mucho mejor que el mío.

—Entonces solo queda la primera opción.

Sonreí en la oscuridad y Gennaro giró la cabeza hacia mí. Me acerqué a él, apoyé la cabeza sobre su pecho y él soltó el aire antes de rodearme con un brazo. La otra mano se dedicó a hacerme cosquillas arriba y abajo, sin descanso. Mimándome.

—Te he echado de menos —susurré.

La mano que recorría mi brazo se detuvo y se hizo un silencio extraño. El ambiente cambió y, conociéndolo como lo conocía, sabía que venía una burrada de las suyas.

—Bea. —Un «Jum» salió de mis labios mientras mis dedos se deslizaban por su ombligo—. Si me dices eso, te clavo la banderilla hasta donde pone Italia.

—¡Gennaro! —Reí por su brutalidad y él también.

—¿Qué? ¡Has empezado tú!

—¡Eres un cerdo!

Su cuerpo se movió lo suficiente hasta casi quedar sobre mí, me masajeó la nuca cogiendo parte del pelo, me rascó con los dedos y un breve gemido escapó de mis labios, muy cercanos a los suyos. Los delineó por encima y murmuró:

—Dime, maggiore 10 , ¿cómo nos reconciliamos? —Besó mi cuello y gemí de nuevo—. ¿Te apetece dulce o picante?

Sonreí, me aferré a su cuello y tiré de él para mordisquear sus labios.

—Me apetece estar contigo de cualquier manera, tenente.

Su boca buscó la mía, que ya lo esperaba ansiosa. Se movió despacio al principio, separándose lo justo para respirar antes de regresar, hasta que fui yo quien le sujeté la nuca para impedir que volviera a hacerlo. Deseaba besarlo hasta que me dolieran los labios, hasta que me ardieran.

Gennaro sabía dónde colocar las manos, cómo inclinar la cabeza y qué ocurría cuando sus dedos se colaban entre mi pelo. Sabía que me haría reír en el momento menos oportuno y que probablemente terminaría diciendo alguna estupidez que arruinaría cualquier intento de romanticismo.

Era él. Éramos nosotros.

Y necesitaba desesperadamente recordar que todavía existía un nosotros.

Se colocó sobre mí, tiró de manera desesperada de mis pantalones y arrastró mis bragas a la vez. Ya estaba más que lista para él. Siempre lo estaba.

Enlacé mis piernas a su cintura y golpeé su trasero para aproximarlo, una vez se apartó la ropa que todavía nos separaba. Nos entretuvimos en besarnos, sentirnos y mimarnos como si lleváramos media vida separados el uno del otro.

Yo lo había sentido así.

Cada vez que se acercaba a alguna zona dolorida desviaba sus manos con naturalidad, buscando su nuca, su espalda, cualquier excusa que evitara que reparara en mis movimientos.

Sobre todo en el pecho. Ahí no podía tocarme, porque debajo de la camiseta seguía estando el apósito.

Y debajo del apósito, los dientes de otro hombre.

El pensamiento estuvo a punto de destrozar el momento, así que lo aparté.

No. No quería a Valentino allí. No quería sus ojos verdes ni sus manos ni su voz llamándome lupina.

Aquella cama era de Gennaro. Aquellos brazos eran de mi Gennaro. Y el hombre que me besaba era con el que había decidido compartir mi vida.

Me aferré a él con fuerza, sujeté sus hombros cuando ya nos habíamos restregado tantas veces que el aire me faltaba e intenté evitar a toda costa que su atención se fuese a la mesita de noche. No quería que encendiera la lamparita bajo ningún concepto, por si algún cardenal quedaba a la vista.

Su miembro rozó la entrada de mi sexo y fue entonces cuando aproveché el momento para que no se apartara. Sujeté sus mejillas con ambas manos, lo miré y jadeé en su boca, muerta de deseo.

—Gennaro...

—A tus órdenes —rugió.

Un gruñido por su parte fue suficiente para que se enterrara en lo más profundo de mí con una embestida certera.

Un tirón doloroso me atravesó durante el primer movimiento, pero lo ahogué contra sus labios antes de que pudiera notarlo.

Después de eso, me permití disfrutar como una loca de aquel envite y de todos los que siguieron por culpa de su sucia boca. De una boca con la que iba a casarme.

Del hombre que quería en mi vida.

Al que tendría que explicarle con mucho cuidado lo que había ocurrido.

Al día siguiente la situación iba a tornarse seria. Solo esperaba sobrevivir a él.