27Mi lugar seguro #2
Me quedé así unos segundos antes de volver a incorporarme, cambiarme de asiento y prepararme para llegar a mi destino final.
Y, pese a los nervios por nuestro enfado, deseaba verlo, abrazarlo y pedirle perdón.
Que me entendiera, que nos arregláramos.
Que me hiciera olvidar la mierda que llevaba a rastras, aunque fuera una egoísta.
Arranqué y me puse en marcha.
La vivienda romana de Gennaro estaba en el Aventino, en una de esas calles que por la noche parecían pertenecer a otra ciudad.
Había estado allí varias veces, aunque nunca me había detenido a pensar en lo diferente que era de mi pequeño piso en Trastevere.
Había silencio, árboles enormes y muros que escondían jardines privados apartados del ruido de Roma.
El sitio al que iba cuando necesitaba desaparecer de Palermo, de su padre, del cuartel o simplemente de todo. El sitio al que debí acudir desde que sucedió el altercado en el estrecho de Mesina, si nuestro maldito general no hubiera sentenciado separarnos.
Quizá nada habría ocurrido. Quizá.
Reduje la velocidad al doblar la esquina.
Si me encontraba la casa vacía, sabía que guardaba una llave en la balaustrada que rodeaba la vivienda. Ya me encargaría de darle las explicaciones después.
Avancé unos metros más y vi su coche aparcado delante. El corazón me dio un vuelco, aunque sonreí y frené despacio. Durante unos segundos me quedé mirando el vehículo absorta.
Gennaro estaba allí. En Roma.
Miré el reloj en el marcador del coche, atisbando que era demasiado tarde y que seguramente estaría dormido. Sin embargo, por primera vez desde que había abandonado el astillero sentí que respiraba un poco mejor. Y todo era porque con él me encontraba segura. No estaba en peligro constante.
Apagué el motor y Draco levantó la cabeza detrás de mí.
—Parece que tenemos casa esta noche.
Alcancé la bolsa y me bajé del coche con las pulsaciones a doscientos. ¿Era eso posible? ¿Escucharía mi corazón desde el interior? Me contemplé, con un pantalón deportivo negro y una camiseta del mismo color. Parecía que iba a un funeral.
El mío, posiblemente, porque no sabía qué iba a decirle cuando lo tuviera delante. No encadenaba las palabras en mi cabeza, pero era consciente de que debía contarle la verdad a medias.
Saqué a Draco del coche, me colgué la bolsa al hombro y avancé hacia la entrada con una seguridad que desapareció en cuanto alcancé la puerta.
Ahí me quedé plantada, contemplándola.
Podría entrar en su casa sin avisar, pero no me pareció la mejor idea para conseguir que me perdonara. Bastante tenía ya que explicarle como para añadir allanamiento de morada con agravante de prometida imbécil.
Así que llamé y esperé, temblando. Draco se sentó a mi lado.
Escuché movimiento dentro y el corazón se me subió a la garganta. Unos segundos después se encendió una luz y distinguí una sombra aproximándose. Me dieron ganas de salir corriendo. Literalmente. Volver al coche, arrancar y fingir que jamás había estado allí.
La puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo.
Gennaro apareció descalzo, con un pantalón de pijama bajo en las caderas y el torso desnudo. Tenía el pelo completamente revuelto, la marca de la almohada en una mejilla y los ojos entrecerrados. Parpadeó, me contempló, pasó su atención a Draco y después volvió a mirarme.
—Joder, Bea. —Se pasó una mano por la cara—. Si esto es una visita para reconciliarnos, quiero que conste que hay que dar más margen para ponerme guapo.
La comisura de mis labios intentó levantarse.
Gennaro debió de interpretarlo como una victoria porque se apoyó en el marco y abrió un poco más la puerta.
—Aunque has tenido suerte. Dormido sigo estando espectacular.
Y ahí me rompí en todos los trozos que había querido recomponer sin éxito.
Empecé a llorar. Sin avisar. Sin una transición digna que le permitiera entender qué acababa de ocurrir. Un segundo estaba tratando de sonreírle y al siguiente tenía la cara empapada y la respiración entrecortada, junto a unos hombros que se sacudían como si pretendieran partirse.
Toda la chulería desapareció de su expresión y dio un paso adelante cuando la bolsa se me cayó de las manos. Draco se puso nervioso y lloriqueó a mi lado.
—Eh, Bea.
No recuerdo haber dado el paso hacia él. Solo que de pronto tenía la cara hundida contra su pecho y sus brazos me rodeaban con tanta fuerza que lloré con más intensidad.
—Eh, eh... —repitió, arrastrándome al interior. Llamó a Draco con una orden clara y entró. Le dio una patada a la bolsa y cerró la puerta como pudo sin soltarme—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es lo que pasa?
Negué contra su piel.
—Nada.
—Sí, claro. Y yo soy virgen. —Se me escapó una mezcla horrible entre sollozo y risa—. Vale, eso ha sido una risa. Me quedo más tranquilo. Seguimos teniendo posibilidades.
—Oh, cállate —sollocé.
—Y eso ya suena más a mi prometida.
Me apretó más contra él y cerré los ojos. Todavía seguía teniendo esperanzas con él. El llanto se hizo inevitablemente más intenso. Cómo lo sentía. Todo y nada. Cómo me odiaba, me avergonzaba y me perturbaba aquella situación. ¿Cómo iba a controlar mi mente, si era casi imposible?
Eso era lo que había ido a buscar. No una explicación ni una solución porque Gennaro no podía devolverme a mis padres, borrar cuatro cadáveres del suelo de un astillero ni quitarme de la cabeza todo lo que había ocurrido con Valentino.
Pero sí podía hacer aquello. Abrazarme. Ser mi lugar seguro y, por primera vez en semanas, no tuve que estar pendiente de qué pretendía el hombre que tenía delante, de cuál sería su siguiente movimiento ni de qué parte de mí misma iba a destrozar.
Conocía aquellos brazos, su voz, su cuerpo, incluso la manera en la que empezó a acariciarme la espalda con una mano mientras con la otra me sujetaba la nuca.
—¿Estás bien? —preguntó mucho más serio. Negué. No iba a mentirle en eso. Su mano se detuvo—. ¿Quieres contármelo?
Tragué saliva.
—Ahora no.
Noté cómo todo su cuerpo se tensaba y me arrepentí inmediatamente de la respuesta.
—¿Te han herido?
Aquello ya sonaba al teniente Caputo. Me separé lo suficiente para mirarlo. Con los ojos llenos de lágrimas apenas distinguía sus iris, tan hermosos y cautivadores, ahora preocupados por mí.
—Lo siento... —Hipé y vi con claridad que su mirada brillaba.
Me observó durante unos segundos y me apretó contra su pecho de nuevo.
—Yo también lo siento, Bea. Me he pasado de rosca.
Negué con la cabeza, sin ganas de hablar de mi excusa, de la suya ni de recordar qué era lo que nos había llevado a estar dos días sin hablarnos.
Tampoco iba a echarle en cara que no me hubiera contestado a los wasaps ni a las llamadas.
No estaba en disposición de hacerlo y yo me consideraba una mujer con dos dedos de frente.
« Ahora distas mucho de eso », me dijo la bruja que convivía conmigo .
Agradecí tanto que no insistiera que tuve ganas de llorar otra vez.
—Solo quiero estar contigo —susurré sin soltarlo y me pegué de nuevo a su pecho.
Qué bien se estaba allí.
—Pues has venido a una hora estupenda. Tenía una agenda apretadísima.
Lo miré.
—Estabas durmiendo.
—Precisamente. De cuatro a ocho pensaba darme una vuelta por Roma. A ver qué tal está el ambiente.
Solté una risa nasal.
—Idiota.
Sonrió y me encandiló aquella manera de ensanchar los labios.
—Espérate, que a las nueve empezaba mi relación extramatrimonial con la almohada de al lado. Pero eso no iba a contártelo de momento.
—¡Qué imbécil eres! —Reí y lo golpeé en el pecho.
Me sujetó la mano con mimo, la que tenía con el corte, y se la llevó a los labios para besarla. Lo de la relación extramatrimonial me produjo un dolor extraño. ¿Cómo le contaba lo de Valentino? ¡Si es que no podía hacerlo!
—Pero ya no estás llorando.
Me quedé callada por su confesión. Él sonreía de nuevo y ahí vi al Gennaro de siempre. Al que me hacía reír con cualquier tontería, al que me hablaba de cualquier tema y el que me hacía ver la vida de cualquier manera.
—Ven. —Recogió mi bolsa antes de que pudiera hacerlo yo y entonces reparó en Draco, que seguía sentado junto a nosotros observando la escena—. Tú también, bebé peludo abandonado.
Draco nos siguió.
—¡No está abandonado! —me quejé.
—Ha llegado a mi casa a las cuatro de la mañana con una mujer llorando. Servicios sociales debería intervenir.
Le di un golpe en el brazo y Gennaro sonrió satisfecho mientras se dirigía hacia el salón.
Me preparó una tila que no le había pedido y consiguió que me comiera dos galletas mientras él se dedicaba a contarme que Draco estaba muchísimo más contento de ver a su padre humano que yo.
No hablamos de otra cosa y se lo agradecí.
Esa era una cualidad extraordinaria que poseía. Una que me enamoraba cada día más.
Cuando llegamos al dormitorio, encendió únicamente la pequeña lámpara de su mesita y agradecí que la habitación permaneciera prácticamente en penumbra.
Le preparó a Draco su cama, ubicada en el lateral del dormitorio.
Casi siempre estábamos en mi casa o en Palermo, dependiendo de dónde nos requiriera el trabajo, pero teníamos de todo repartido en nuestros hogares para Draco.
—¿Quieres cambiarte?
El pánico se apoderó de mí por un instante. ¿Cómo iba a hacerlo? Aunque los cardenales de los muslos no se veían porque estaban tapados a la perfección, me daba pavor que descubriera cualquier rastro.
Asentí, me senté en el filo de la cama y saqué de la bolsa un pijama de manga larga que me puse sin levantarme más de lo necesario. La camiseta me la cambié de la misma forma, notando sus ojos clavados en mi espalda.
Y fue entonces cuando la tensión flotó en el ambiente. Entre los dos.