27Mi lugar seguro
Mi lugar seguro
Salí del astillero sin mirar atrás. Sin pensar, dándome manotazos en la cara para borrar las lágrimas que me caían silenciosas y con el firme propósito de no dudar. No pensaba regresar. No iba a mirarlo más a la cara y no quería saber nada de Valentino Sabello ni aunque se muriera.
Había sido egoísta, sí. No había puesto impedimentos cuando me quitó el arma. No había podido hacer nada para reducirlo antes de que acabara con la vida de los cuatro y..., ahora el sentimiento de culpa me mataba.
La losa que sentí en el pecho me asfixiaba.
Llegué a mi coche, aparcado en la explanada de la entrada a la nave, y abrí la puerta de un tirón seco. Estaba cerrado y mi bolso se encontraba en el asiento del copiloto.
—La venganza no hace que te sientas mejor.
La voz de Enzo no provocó que me girara. Tiré una vez más de la maneta y, sabiendo que no se abriría, recogí el codo para reventar el cristal y abrirlo. Enzo me tendió las llaves cuando se colocó a mi lado.
Lo miré.
—No me he vengado. Ni siquiera era mi intención.
No desvió la atención de mí. Acepté las llaves y abrí; no obstante, me quedé estática cuando dijo:
—Ya. Por eso has mirado a mi hermano. —Instaló un silencio a conciencia—. Para que lo hiciera él por ti.
Me sentí peor de lo que ya estaba. Solté el aire acumulado y tiré de la puerta para separarme de la presencia de Enzo.
—Le he pedido que no lo hiciera —mentí a medias, porque en realidad mi acto sí había querido decir que tomara el control él.
« Cobarde ».
Me monté en el vehículo, sin mirarlo. Enzo no se dio por vencido, sino que tocó la ventanilla, obligándome a bajarla. Se me ocurrió la genial idea de observarlo un segundo. Fue el justo para ver el peligro y la amenaza sembrados en sus ojos.
—No vuelvas a cruzarte en la vida de mi hermano, Beatrice.
Arranqué, pisé el acelerador y salí de allí con el corazón más frenético que antes, más incluso que cuando no sabía el incierto destino que les esperaba a los cuatro asesinos en el interior de aquella nave.
No supe cuánto tiempo conduje sin ser consciente de por dónde iba.
Roma se convirtió en un conjunto de luces emborronadas tras el parabrisas mientras las lágrimas volvían a caerme sin descanso, pese a que me las limpiaba cada pocos segundos con el dorso de la mano.
Tenía que parar. Sabía que debía hacerlo, que conducir en aquel estado era una irresponsabilidad más que añadir a la larga lista que llevaba acumulando durante las últimas semanas, pero detener el coche significaba quedarme a solas conmigo misma y no estaba preparada para escuchar todo lo que mi cabeza quería decirme.
Habían muerto. Los cuatro.
No porque yo hubiera apretado el gatillo, pero sí delante de mí.
Después de que los buscara durante trece años, de que fantaseara con encontrar a la persona que había asesinado a mis padres y de que me prometiera cientos de veces que, llegado el momento, haría justicia.
Qué palabra tan bonita y qué diferente sonaba cuando tenías cuatro cadáveres detrás y ni una sola respuesta que llevarte contigo.
Apreté con más fuerza el volante. No sabía quién había disparado a mis padres. Y jamás lo sabría. Ese pensamiento terminó de romper lo poco que me quedaba entero.
Conduje hasta mi piso sin recordar prácticamente el trayecto, aparqué de cualquier manera y subí las escaleras con tanta prisa que casi me dejé uno de aquellos tacones clavado entre dos peldaños. Cuando abrí la puerta, Draco apareció de inmediato.
No tuve tiempo de decirle nada.
Me arrodillé.
Y lloré.
Lloré como no lo había hecho desde hacía años, abrazada a su cuello mientras él permanecía inmóvil, soportando todo mi peso y empujando de vez en cuando el hocico contra mi cara.
No hubo dignidad ni control ni esa templanza de policía que me empeñaba en llevar puesta incluso cuando estaba sola.
Solo mocos, lágrimas, respiraciones entrecortadas y el dolor de tener la sensación de que había recorrido medio mundo para llegar exactamente al mismo sitio.
Sin respuestas.
—No sé qué coño estoy haciendo, Draco... —Logré susurrar. Me lamió la barbilla—. Ya. Tú tampoco.
Me dio otro lametón.
No sé cuánto tiempo permanecí en el suelo. Lo suficiente para que las rodillas me dolieran y la cabeza me palpitara como si alguien estuviera golpeándome desde dentro. Al final conseguí levantarme, tiré el bolso encima del sofá y fui directamente al dormitorio.
Deseaba quitarme aquella jodida ropa. La peluca se había quedado en el astillero, mi abrigo en la mansión de Malaspina, el vestido olía a perfume, humo y una noche que quería olvidar y, cuando me deshice de él frente al espejo, comprendí que tenía otro problema mucho más grande.
Mi cuerpo parecía un mapa de... marcas.
Me quedé muy quieta.
Había cardenales antiguos mezclados con otros más recientes, distintos tonos, marcas en los brazos, zonas amoratadas en las caderas y heridas que todavía no habían terminado de desaparecer. Algunas apenas llamaban la atención si no sabías dónde mirar.
Otras sí.
Mis dedos treparon y se detuvieron sobre el pecho. Sobre el mordisco.
—Hijo de puta...
La herida era imposible de ignorar. Se distinguía perfectamente la forma de sus dientes alrededor de una zona violácea que había empezado a oscurecerse y, en uno de los puntos donde había roto la piel, todavía quedaba una pequeña costra con sangre que no me había limpiado.
Hacia abajo, se encontraba el resto que había caído, manchando mi pecho.
Sentí una mezcla de rabia y vergüenza tan fuerte que tuve que apartar la mirada del espejo.
¿Cómo coño iba a explicarle aquello a Gennaro?
Cerré los ojos devastada. No podía. No quería.
No conseguiría encontrar las palabras para contarle que un depravado me había puesto las garras encima.
Y mucho menos podía confesarle que me había... me había encantado.
Incluso aquel mordisco. Aquel acto que demostraba una diferencia entre ser una mujer y... ser suya. A la que había marcado. A la que había presentado como su mujer, pero que yo había identificado como algo más posesivo de lo que Valentino había querido aparentar.
No había ido a por los antiguos miembros de la Mano di Caino por nada.
No quería apartarme de su vida porque sí.
No había cogido ese arma por consideración.
Le ocurría exactamente lo mismo que a mí: algo inexorable tiraba de los dos con excusas que hacían que finalmente nos encontráramos. Algo a lo que no queríamos ponerle nombre, aunque yo supiera que comenzaba a convertirse en algo más que una obsesión.
En una adicción peligrosa.
Porque Valentino era altamente adictivo.
Me puse debajo de la ducha y dejé que el agua caliente me golpeara durante demasiado tiempo para olvidar todos esos pensamientos que me martilleaban; no obstante, no consiguió arrastrar ninguna de las cosas que llevaba pegadas por dentro.
Después me vestí con ropa cómoda, metí unas prendas en una bolsa sin saber siquiera cuántos días pensaba quedarme fuera y preparé las pertenencias de Draco.
Debía salir de allí. Irme de mi casa, para que, si por alguna extraña razón Valentino volvía a por mí, no fuera capaz de encontrarme. Alejarme de él como si fuera una adicta al crac. Mantener lejos de mí la droga que me hacía llegar al éxtasis. Lo más lejos posible.
Fue entonces cuando miré el teléfono. No tenía ninguna respuesta de Gennaro. No sabía si seguía en Palermo, si habría regresado a Roma y, sin embargo, por primera vez, tuve claro adónde quería ir: a su casa. Con él.
No porque supiera que estaría allí. Eso no lo sabía y sería todo un milagro si se encontraba en la ciudad; era porque necesitaba estar allí yo.
Antes de salir busqué en el móvil una farmacia de guardia y conduje hasta la primera que encontré abierta.
Entré con la cabeza agachada y agradecí que a aquellas horas apenas hubiera nadie.
No tenía intención de contarle mi vida a la farmacéutica, así que resumí mi situación diciendo que me había dado varios golpes y necesitaba algo para proteger algunas pequeñas heridas y disimular los hematomas.
Salí con media farmacia dentro de una bolsa.
Apósitos finos para las zonas donde la piel todavía estaba abierta, una crema reparadora que podría usar en las heridas cuando correspondiera y un corrector corporal de alta cobertura para los cardenales.
La mujer también me había advertido que no maquillara directamente ninguna zona que siguiera abierta, así que me tomé mi tiempo en el coche.
Primero empecé con las pequeñas heridas y después con el corrector.
Fui cubriendo los tonos morados con paciencia, extendiendo capas muy finas hasta que dejaron de resultar tan evidentes.
Los brazos fueron sencillos; el resto tuve que organizarlo muy bien en el asiento trasero del coche, con Draco echándome el aliento en la cara.
Y ya no hablábamos del pecho. Me quité la camiseta de manga larga que llevaba puesta y miré el escote.
El mordisco seguía ahí. Por mucho producto que aplicara, la forma se intuía si alguien miraba con suficiente atención.
Terminé colocando uno de los apósitos más pequeños sobre el punto donde la piel estaba dañada y trabajé alrededor con el corrector hasta reducir el contraste del hematoma.
No desapareció, pero con poca luz... Tragué saliva. Con poca luz quizá Gennaro no lo viera. Ese pensamiento me produjo otra oleada de culpa, aunque debería evitar que llegara a verlo de cualquier forma.
Estaba preparándome para esconderle a mi prometido las marcas que otro hombre había dejado sobre mi cuerpo, pese a que las ganas por estar con Gennaro me pudieran.
Incluso a sabiendas de que necesitaba estar con él porque sería la única persona que podría calmar mi ansiedad, mi dolor y mi agonía por lo ocurrido.
Porque iba a contarle lo de la Mano di Caino.
Apoyé la cabeza en el reposacabezas.
—Eres una mierda de persona, Beatrice.
Draco emitió un pequeño quejido y se tumbó en mis piernas. Me miró con aquellos ojillos tan hermosos y sonreí.
—No me defiendas, bebé.