26Matar a los que podáis #3
Elevé el arma y volví a apuntar su cabeza. ¿Qué me diferenciaba ese gesto de ellos? Estaban de rodillas, desarmados, sin opciones para defenderse. Ni siquiera les habían atado las manos porque eran conscientes de que las posibilidades de salir de allí eran nulas.
—Puede que uno de nosotros. Puede que alguno de los que ya están muertos. La banda se disolvió hace años.
Miré a Valentino.
Él no se movía, aunque yo sabía que estaba pendiente a cualquier movimiento fuera de lugar.
Al igual que también indagaba en mi cabeza, pese a no estar dentro de ella.
La fijación no me había dejado barajar ni siquiera la posibilidad de aquello, de que...
no hubiera una respuesta para vengar sus muertes .
Regresé la atención a los cuatro, con el corazón tronándome demasiado. Con la respiración errática y el miedo de haberles fallado en cada poro de mi piel.
—Decidme quién fue... —musité en un lamento. Nadie habló—. Decidme quién disparó a Brunello Costa y a Carmen López.
El silencio fue tan largo que solo llegó a nosotros el sonido del agua, de aquel mar tan embravecido como lo estaba yo. Y debía controlarme, porque no era así. Yo no era como ellos. «No eres como él», me repetí mentalmente, dejándomelo grabado a fuego para no cometer ningún error.
Bajé el arma, otra vez. Apreté el puño libre y grité en un desgarro que me abrió la garganta:
—¡¡¡Decídmelo!!!
Rizzo tragó saliva, el hombre de su derecha bajó los ojos, el tercero negó lentamente y el cuarto empezó a mover una pierna con nerviosismo. Ahí lo vi. No era arrogancia. Tampoco desafío. Era la certeza de no saber responder a una pregunta.
A un interrogante que se quedaría flotando en el aire para siempre.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. De tantas que el dolor me atenazó con la misma ferocidad que la verdad. Me arrastró corriente abajo, con ganas de sepultarme y no dejarme salir de la oscuridad.
Nunca sabría quién apretó el gatillo.
Nunca sabría por qué los mataron a ellos.
Nunca conocería la verdad.
Y ese era el peor castigo que vivir una vida llena de mentiras y suposiciones.
Elevé la pistola, la sujeté con las dos manos, dispuesta a... ¿a qué? ¿A decirles que se venían detenidos conmigo? ¿Cómo iba a llevarme a cuatro personas detenidas en mi coche? ¿Cómo iba a plantarme en el cuartel sin pruebas? ¿Cómo los dejaba escapar?
No iba a disparar. No podía hacerlo. No a cuatro hombres indefensos, de rodillas, por muy asesinos que fueran. Yo era policía. Y me daba igual tener que repetírmelo cien veces.
Pero fui mucho peor que eso.
Fui una cobarde. Una aprovechada.
Miré a Valentino, con las lágrimas derramándose de mis ojos. No en un intento de darle lástima; intuía que no me tendría ninguna. Lo hice para que viera la dicotomía que se había formado en mi cabeza. El cortocircuito de querer y no poder.
Él no tuvo tantas dudas como yo .
Sin quitarme los ojos de encima, avanzó hasta llegar a mí y me quitó el arma de las manos sin brusquedad.
—Valentino... —la súplica por parte de Rizzo no se hizo esperar.
La garganta se me cerró cuando vi que Dante y Alessandro se retiraban a los laterales, cada uno a un extremo. Valentino seguía mirándome; yo continuaba llorando.
—Esto se termina aquí, lupina —sentenció.
Juro que quise impedirlo; sin embargo, las extremidades no me respondieron, como si acabaran de entrar en un estado de shock permanente.
Rizzo comenzó a levantarse del suelo. No le dio tiempo a mucho más.
—Valentino, vamos a olvidarl...
¡ Pum !
No giró ni la cabeza para disparar. Entreabrí los labios por la impresión. Por aquel dominio. Por la seguridad y el pulso de Valentino al disparar, sin titubear. El cuerpo de Rizzo cayó de espaldas en una postura antinatural, con un tiro en la frente.
Valentino movió el cañón una milésima.
¡ Pum !
El segundo disparo me provocó un brinco en el estómago, seguido del lamento del hombre al que acababa de alcanzar.
Y yo no hacía nada.
Lloraba más.
« Eres policía ».
Apuntó al tercero sin apartarse de mi lado. No le dio tiempo a intentar una huida, tampoco al cuarto, pues ambos trataron de alcanzar la salida que custodiaba Enzo mientras miraban a su ejecutor.
No lograron dar más de dos pasos. Valentino apretó el gatillo dos veces, con apenas un segundo de diferencia.
¡ Pum ! ¡ Pum !
Los dos cayeron al instante.
Con los ojos bien abiertos, contemplé los cuatro cadáveres en el suelo, cada uno con un disparo en la frente.
Comprendí de inmediato que nadie los echaría de menos al día siguiente.
Que todo seguiría su curso y que, si en algún momento alguien los reclamaba, el mundo no habría perdido más que a cuatro escorias.
El mundo.
Yo había perdido definitivamente la oportunidad de saber quién había encargado aquella orden. Ahora no sabía por dónde tirar para encontrar a esa persona que había contratado el trabajo.
Tampoco sabía por qué mi padre había mencionado el apellido de los Sabello antes de morir y, viendo lo que mis ojos tenían delante, ¿quería saberlo? ¿Quería poner en riesgo mi vida más de lo que ya lo había hecho?
¿ Había llegado el momento de rendirse ? ¿ De apartarse de Valentino, de correr en dirección contraria, ahora que me daba la oportunidad ?
Yo creía que sí.
Creía.