26Matar a los que podáis #2
Dante se lanzó sobre el segundo antes de que pudiera reaccionar, Alessandro agarró al tercero por detrás y lo hizo caer de rodillas con una violencia que me sobresaltó, Enzo inmovilizó al cuarto contra la pared y Valentino se plantó frente a Rizzo, lo sujetó del cuello de la chaqueta y lo arrastró con una fuerza bestial hasta el centro de la habitación.
No necesitaban hablar. No se daban órdenes.
Se movían como si hubieran ensayado aquello toda la vida.
—¡Sabello! —bramó Rizzo forcejeando—. ¡¿Qué cojones haces?!
Valentino no contestó. Lo empujó hacia abajo y sus rodillas impactaron contra el suelo, al igual que el resto, quienes fueron cayendo como moscas en fila y seguidos de su cabecilla. Sentí que el estómago se me retorcía y por un momento no fui capaz de moverme.
Los miré uno por uno. Cuatro caras. Cuatro hombres vivos.
Y trece años de preguntas acumuladas en la garganta.
Valentino se colocó a mi lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y sin apartar la vista de ellos. Enzo permaneció cerca de la puerta. Dante y Alessandro se situaron detrás, lo suficientemente próximos como para impedir cualquier intento de levantarse.
Me tocaba; los Sabello estaban esperando y me sentí más presionada que nunca, pese a que llevaba buscando aquello durante media vida. Me mordí el interior de la mejilla. Rizzo me observó con detenimiento.
—¿Quién coño eres tú? —escupió con asco.
Avancé dos pasos, sin que me pasara desapercibido que Valentino lo hizo conmigo. Me armé de valor, aparté los nervios a un lado y me convertí en la policía que tanta envidia levantaba.
—Beatrice Costa. —No reaccionó—. Hace trece años que tuviste que escuchar mi apellido.
Nada cambió en su expresión. Me acerqué un poco más y le solté:
—Trigésimo tercera promoción de los Allievi Agenti della Polizia di Stato. Palermo. Junio. Setenta y dos muertos. ¿Empieza a sonarte?
El silencio se apoderó de la sala. Vi cómo uno de los hombres bajaba la mirada. Ahí estaba la primera grieta.
—Eráis la Mano di Caino. Y la formabais ocho miembros. Ocho asesinos —recalqué.
Rizzo tensó la mandíbula y obvió el tema.
—No sé de qué me hablas.
Di otro paso hacia él. Podía comprenderlo: después de tanto tiempo, aquellos indeseables no eran la banda en sí, pero seguían haciendo trabajos en conjunto. Si no, ¿qué hacían allí?
—No me hagas perder el tiempo. Sabes de lo que te estoy hablando.
Nadie contestó. Rizzo volvió la atención hacia Valentino y lo taladró con la mirada. Ese movimiento me confirmó más de lo que cualquier palabra habría hecho.
—¿Me has traído aquí para que me interrogue una sucia policía? —escupió con rabia—. Pensaba que éramos amigos, Valentino.
El nombrado ni pestañeó.
—Las preguntas las hago yo, Rizzo.
Rio y giró el rostro con suficiencia hacia mí.
—Tú no haces una mierda, puta.
Elevé la pistola de Valentino y le apunté.
No había pensado hacerlo, pero mi brazo se movió solo, tal vez impulsado por la ira que corría por mis venas.
No podía alargarlo más. Aquel imbécil daba pocas señales de querer darme lo que buscaba.
El cañón de la pistola quedó frente a su cara y no titubeé, pese a que por dentro la moral me recriminaba lo que estaba haciendo.
—¿Quieres decir que tú no estabas en la promoción?
Rizzo miró la pistola. Después a mí.
—Sí.
Se me paró el corazón con la repentina afirmación.
—¿Sí qué?
—Sí, estábamos allí. —Rechinó los dientes.
Sentí que el aire desaparecía de la sala. Apreté el arma de manera involuntaria y el resto de los hombres me contemplaron con pavor.
—¿Quién dio la orden? —No respondió y me puse de los nervios—. ¡¿Quién dio la puta orden?!
—No lo sé.
Solté una risa nerviosa.
—Claro que lo sabes.
—No.
—Entrasteis en unas instalaciones policiales y matasteis a setenta y dos personas ¿y no sabes quién os dijo que lo hicierais? Vamos, Rizzo, sé cómo funciona esto. —Puse el cañón en su frente—. ¿Quién. Dio. La. Orden?
Tragó saliva sin disimulo, miró a Valentino buscando una ayuda que no llegó y murmuró:
—Nos contrataron.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¡Mientes!
Mi voz rebotó contra las paredes y el cañón se presionó con más fuerza contra su frente. Cerró los ojos un instante. Uno de los otros hombres intervino:
—Nos llegó el encargo por Carbone. Vittorio Carbone —aclaró—, nuestro antiguo líder, pero él nunca revelaba quién mandaba los trabajos o quién pagaba. Simplemente los hacíamos.
El nombre me perforó la cabeza.
—¿Carbone dio la orden? —cuestioné con dudas. Lo que decía no tenía sentido. El líder de una banda criminal no tenía nada en contra de una academia policial.
No tenía sentido.
—Carbone recibió el trabajo —respondió otro, y entonces advertí que todos acababan de ser conscientes de la situación.
Retiré el cañón de la cabeza de Rizzo.
—¿De quién? —El silencio volvió a instalarse entre los cuatro y suspiré con fuerza—. ¡¿De quién?!
Rizzo negó despacio y gritó con arrojo:
—¡No lo sabemos!
Me mordí la lengua y mi rostro se tornó de muy mala hostia. ¿Dónde estaba el límite de mi cordura? ¿Hasta dónde se podía presionar para que respondieran? Miré al techo de la nave, clamando un milagro y una serenidad que precisaba.
—No preguntábamos —añadió el que todavía no había hablado—. Eran las normas.
—¿Y tampoco preguntabais a quién disparabais? —Bajé la cabeza con otro suspiro, esa vez más pesado. Apreté los dientes.
Nadie contestó y yo sentí un nudo en la garganta. Eso no me frenó para retomar la conversación, en vista del silencio:
—Mis padres estaban allí. Brunello Costa y Carmen López.
—Había mucha gente —comentó Rizzo, observándome.
—Mi padre era policía —añadí sin darle tregua—. Mi madre estaba sentada junto a él. Los mataron a pocos metros de mí y quiero que me digas quién disparó.
Silencio. El cabecilla respiró hondo.
—No lo sé.
Avancé hasta el otro extremo, sintiéndome observada por los hermanos, quienes para mi asombro no habían intervenido en ningún momento ni tenían pinta de hacerlo.
—¿Tú disparaste? —le pregunté al que tenía delante, con tono rudo y mirada felina.
—Sí.
La congoja me oprimió la garganta. Era difícil no llevárselo a lo personal, separar que quería una confesión para encarcelarlos de por vida y deseé de corazón que Valentino no ejecutara sus palabras. Nunca mejor dicho.
—¿A quién disparaste? —continué.
—A quien tenía delante.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Apreté los dientes.
—¿Y no recuerdas si eran ellos?
—No.
Me moví hacia el siguiente.
—¿A quién disparaste?
—No lo sé.
El siguiente.
—¿Tú? —Rabié.
—No lo sé.
El último, de nuevo Rizzo, ni siquiera esperó a que preguntara:
—Nadie lo sabe. Estás perdiendo el tiempo. Entramos y disparamos. No había objetivos concretos. No sabíamos nombres. No sabíamos quién era quién. La orden fue: matar a todos los que podáis.
« Matar a todos los que podáis ». Como si sus vidas no valieran... nada .
—Pero alguien mató a mis padres... —murmuré llena de rabia.
—Es posible.
—Uno de vosotros... —Rizzo no contestó—. ¡Uno de vosotros!