Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 26Matar a los que podáis
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26Matar a los que podáis

Matar a los que podáis

Había perdido la cuenta de los pasos que había dado de un lado a otro mientras esperaba. Menos mal que me juré y perjuré que no volvería a aquel astillero.

Y allí estaba otra vez.

Con una peluca rubia que me picaba como si tuviera pulgas, un vestido que apenas me permitía caminar con dignidad, unos tacones que empezaban a incrustárseme en los pies y Valentino apoyado sobre una mesa de trabajo, fumándose un canuto con tranquilidad mientras sus hermanos lo miraban muchísimo.

Encima llevaba su pistola en la mano. Todo muy acorde con mi ética policial.

Dante y Alessandro no habían dejado de cuchichear algo que no lograba entender mientras Enzo, mucho más silencioso, parecía contestarles con la mirada.

¿Era eso posible? No necesitaba girarme para saber que estaban pendientes de nosotros, ya que se encontraban casi en la entrada, al lado de un barco en reparación.

Llevaban toda la noche haciéndolo y empezaba a sospechar que mi desgracia se había convertido en el entretenimiento oficial de los Sabello.

La estancia donde nos encontrábamos era mucho más pequeña que la nave principal. No había maquinaria enorme ni pasarelas sobre el agua. Solo paredes gruesas, el barco en cuestión, una mesa metálica, varias sillas, un banco de trabajo al fondo y una única puerta de acceso.

—¿Qué es este sitio? —le pregunté a mi captor sin medias tintas.

Se tomó su tiempo en soltar el humo y contestarme.

—Una habitación.

Lo fulminé con la mirada.

—Ah. Pensaba que era una pista de aterrizaje.

Dante se rio ruidosamente. Valentino ni siquiera pestañeó.

Me acerqué a una de las paredes y la examiné con más atención.

Total, no tenía nada que hacer y los nervios estaban comiéndome por dentro.

El revestimiento no era el mismo que había visto en el resto del astillero.

Tampoco la puerta, que era demasiado gruesa.

Sentí una punzada desagradable en el estómago.

—Está insonorizada.

No fue una pregunta, sino una afirmación.

Lo miré perpleja y rememoré uno de los elementos que también habían impulsado a que fuera a por él.

No supe si fue porque me quedé fija en sus ojos, si porque podía leer mi mente o qué, pero se fijó en mi escrutinio y esperó paciente.

¿Cómo podía tener ese control en todas las situaciones?

—Ver tu expediente no fue lo único que me hizo señalarte —musité.

El gallinero se detuvo a mi espalda y ya no supe si debía continuar con la conversación delante del resto o no. Imaginé que, de no ser así, los echaría de la sala.

—Ilumíname —ironizó.

Mis zapatos parecieron un refugio seguro donde cobijar la mirada durante unos instantes. Los suficientes para rememorar aquel recuerdo que tanto daño me hacía.

—Cuando... cuando mi padre estaba agonizando —tragué saliva y elevé la barbilla con los ojos brillantes—, su última palabra no fue «Te quiero».

No hubo bromas, aunque tampoco una pregunta adelantada. Tardó, también como si vaticinara lo que iba a confesarle.

—¿Cuál fue?

Tomé aire, lo expulsé y cabeceé despacio. Me llevé la mano a la dichosa peluca, tiré de los enganches y conseguí quitármela. Cerré los ojos en ese proceso, digiriendo el malestar que me ocasionaba recordarlo.

—Sabello.

La tensión vibró en el ambiente y mi atención se clavó íntegramente en él. No hubo un gesto, una broma ni un comentario fuera de tono. Aquello no era para reírse. Aquello había sido un puto asesinato en toda regla.

—Y descubriste que la Mano di Caino entró en la promoción, ejecutó la masacre y uniste piezas investigando a medias. Ya sabemos que hay una mano negra detrás y no te veo investigando eso antes de meterte en astilleros que no te interesan —atizó Valentino.

Lo ignoré por completo. No me convenía pensar en la obsesión que me había pillado por encontrar lo que escondía Valentino, en mi instinto cazador. En lo que me arrastraba a él de manera compulsiva.

Fallé. Ahí fallé. Porque de no haber actuado así, mi vida no habría estado patas arriba, como él la había puesto. Encima no me habría cuestionado si era culpa mía o suya.

Pero lo averiguaría, de eso no me cabía la menor duda.

—Estoy en ello. —Mentí, apartándole la mirada y retomando el paso. Tiré la peluca a un lado.

—Yo también estoy en ello. Y te puedo asegurar que voy a descubrirlo antes que tú.

Lo miré iracunda.

—¿Para qué ibas a querer saberlo tú? ¿Para que te deba otro favor?

Sonrió cabrón.

—No, lupina. No te equivoques. Lo nuestro termina ahora.

Un «Lo nuestro» con tono anonadado se oyó por detrás. No quise saber ni quién lo habría dicho de los tres cotillas.

—Y, entonces, ¿por qué coño lo quieres saber?

—Para que, quien sea, me explique por qué iba a querer involucrarte en nuestra familia. Y después de eso... —Hizo el gesto de disparar y me quedó claro.

—Me encargaré de tomarte la delantera —siseé, pues no le pertenecía aquello.

—Suerte.

—No te corresponde, Valentino. —Apreté el puño libre.

—Guarda la rabia para cuando lleguen. Vas a necesitarla —zanjó.

Como si todo fuera tan sencillo.

Como si no hubiera pasado trece años imaginando aquel momento de cientos de maneras diferentes.

Como si no hubiera deseado encontrar al hombre que disparó a mi padre y mirarlo a los ojos antes de esposarlo.

Como si no hubiera fantaseado con preguntarle por qué.

Qué coño había hecho Brunello Costa para acabar desangrándose en el suelo de una academia mientras yo intentaba mantenerlo con vida.

Tragué saliva, sin ganas de rebatirle.

El arma empezó a pesarme en la mano.

No sabía qué esperaba encontrar esa noche.

Hasta hacía unas horas mi plan consistía en seguirlos.

Averiguar quiénes eran, dónde estaban y conseguir las pruebas necesarias para abrir una investigación que me permitiera llegar hasta ellos legalmente.

Ahora iban a venir solos. Los cuatro. Y Valentino me los iba a poner delante.

¡Yo no era como ellos! ¿Qué parte no entendía?

Sentí miedo de verdad.

No era mala. No era así. «No eres así».

—No puedo hacer esto... —murmuré.

Nadie rio. Levanté la mirada que había perdido momentáneamente y lo encontré observándome. Ya no tenía la expresión de cabreo permanente que llevaba arrastrando desde que me encontró en la fiesta. Tampoco parecía estar burlándose de mí. Eso me puso más nerviosa.

—Llevo trece años buscando una respuesta —continué, más para mí que para ellos—. Trece putos años que no puedo tirar a la basura así —soné a súplica, pero me dio igual.

Un sonido metálico llegó desde algún punto del exterior. Todos reaccionaron menos yo.

Enzo se llevó inmediatamente dos dedos hacia el oído y Valentino cambió de postura. No hicieron falta palabras para que Dante y Alessandro dejaran de parecer los dos imbéciles que habían estado riéndose todo el rato. Fue instantáneo.

Me fijé en ellos. En los hermanos. Y por primera vez entendí por qué resultaban tan peligrosos juntos. Enzo escuchó durante unos segundos.

—Están entrando.

El corazón me golpeó violentamente el pecho y las manos se me helaron. Miré la pistola que todavía sostenía y, por primera vez desde que Valentino me la había colocado entre los dedos, comprobé el seguro.

Un gesto automático. Profesional. El mismo que había realizado cientos de veces.

Solo que aquella vez no llevaba mi arma reglamentaria y tampoco estaba allí como policía. Eso era precisamente lo que más miedo me daba.

Valentino pasó por mi lado y lo sujeté del brazo en un acto reflejo. Se detuvo sin mirarme y mis propias palabras me sorprendieron:

—No los mates. —Descendió los ojos hacia mi mano y después me miró—. Valentino, dame tu palabra.

No contestó. Sus ojos verdes se clavaron en los míos durante unos segundos que me parecieron demasiado largos. Entonces retiró mi mano de su brazo y sentenció:

—Haz tus preguntas, lupina. Y acaba con esto.

Sus largos pasos me aceleraron. Cuando el resto ya estuvo fuera de la sala, le supliqué:

—¡Valentino, prométemelo!

Y salió sin darme su palabra ni prometérmelo. Me daba igual una cosa que otra, pues sabía que aquello era importante para él. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me apoyé en un lateral de la habitación, con la respiración entrecortada y los nervios cosquilleándome en la piel.

Iba a tenerlos delante. No a todos, pero los suficientes como para que alguno declarara y, después... después... No podía. No podía hacerlo. Por un momento pensé en Gennaro, en qué habría cambiado si lo hubiera puesto al día, si se lo hubiese contado. Ya era demasiado tarde para aquello.

Ya era demasiado tarde para todo.

El sonido de varias pisadas llegó amortiguado desde el otro lado de la puerta y se me aceleró el pulso de inmediato.

Me incorporé, limpié con rapidez las lágrimas que amenazaban con caer y apreté la pistola con más fuerza, intentando recordar que sabía hacer aquello.

Que había interrogado a hombres peores. Que había entrado en operaciones donde un error suponía una bala en la cabeza y no me había temblado ni un músculo.

Pero es que era diferente.

Porque no estaba investigando un delito cualquiera. Estaba a punto de mirar a la cara a parte de los hombres que habían destrozado mi vida.

La puerta se abrió.

Primero accedió Valentino, seguido de Dante y Alessandro, supuse que para darles confianza y conseguir que entrasen. Enzo cerraba el grupo y, entre los cuatro, hicieron pasar a los hombres que había memorizado tantas veces en fotografías que no necesité comprobar quién era quién.

Salvatore Rizzo iba delante, lo reconocí al instante. A su espalda aparecieron los otros tres, algo más tensos de lo que esperaba para alguien que supuestamente había acudido allí por un negocio. No tuvieron tiempo de formular preguntas ni de mirar demasiado a su alrededor.

Valentino cerró la puerta y el chasquido del cierre retumbó dentro de la sala. Rizzo se volvió con confusión y regresó su atención sorprendida hacia mí, que continuaba con la pistola en la mano y mirándolos.

—¿Qué coño significa esto?

Nadie le respondió.