25Ética policial #3
De nuevo vi la sonrisa de Enzo. A su hermano parecía molestarle mi presencia, porque puso cara de pasa amargada, fijó la vista al frente y se acomodó.
—Voy a ponerte delante a los cuatro pavos que quedan de la ex Mano di Caino.
El pulso se me aceleró más. Me incorporé para verle la cara.
—¿Que has hecho qué?
—En una hora los tendré en el astillero. Tú decides qué quieres hacer con ellos.
Me puse atacada. ¿Qué iba a hacer con ellos? No tenía pruebas, ¡no tenía nada! ¿Cómo iba a incriminarlos?
—Esto no puedo hacerlo así... —musité, empezando a agobiarme.
—Y yo no quiero volver a verte en mi vida ni tener nada que ver contigo.
Giré la cabeza hacia él de golpe.
—¿Has hecho esto para no verme más? —le pregunté ofendida.
—Sí.
No supe qué contestarle. No al momento, pero pronto se me pasó, como cada vez que estaba con él. Parecía no aprender a tenerle miedo. Descrucé mis brazos.
—Era tan sencillo como no cruzarte.
Enarcó mucho una ceja.
—¿Te recuerdo quién se cruzó con quién hace dos días?
—Tú me metiste en el camión. —Cambié de tema, a la defensiva. No podía ni quería seguir pensando en el astillero.
—No estoy hablándote de ese día .
—Pues yo sí . Tampoco fui yo la que se presentó en tu casa.
—Sí, sí que fuiste. A hacerme un registro sin motivos. —Fue subiendo el tono.
—Mataste a un compañero —cizañé y me sentí mal.
—Porque tú estabas esperándome. —Se movió lo justo para estar más cerca. Me crucé de brazos de nuevo, intentando protegerme.
—Yo estaba trabajando, ¡neandertal!
Entrecerró los ojos por el insulto, miré de reojo a Enzo, quien aguantaba una sonrisa, y regresé mi atención al hombre que perdía los papeles sin darse cuenta.
—¡No voy a seguir con esto! Tienes dos opciones: o decides tú —hizo una pausa y el coche se detuvo— o decido yo.
Abrió la puerta para bajarse y salí detrás de él a toda prisa, sin importarme que el resto de sus hermanos me vieran. Aceleré el paso cuando se perdió en el interior del astillero, hasta que lo alcancé y me coloqué delante de él, sin dejar de caminar de espaldas.
—¡Soy policía! —Lo señalé con el dedo en alto.
Me miró como si fuera un piojo.
—Felicidades.
Abrí la boca en una gran exclamación. Se reía de mí.
—¡No puedo actuar como tú! —me desesperé—. ¡Yo no soy como tú!
—No voy a ir a tu cuartel a denunciarte, tranquila.
Me dejó estupefacta.
—¿Te estás riendo de mí?
—No.
Seguí avanzando hacia atrás, comprobando que dos personas más se sumaban a nuestro espectáculo de mierda.
Genial. Dante y Alessandro se habían puesto, uno a cada lado de Enzo, y la situación les parecía tan divertida como al que nos había acompañado durante el trayecto.
Miré a un Valentino imperturbable que ni siquiera me observaba de reojo.
—Tengo unos valores —continué, tratando de convencerlo de que lo que pretendía hacer no era lo correcto.
—Pues te los saltas —contestó con cansancio y rudeza.
—No voy a tirar por la borda mi trabajo ¡porque a ti se te antoje hacer esto! ¡Yo no te lo he pedido! —me crispé.
Caminó más rápido. No sabía adónde quería llegar y a mí me iba a dar un infarto.
Apresuré el paso, ahora alcanzándolo de lado, destrozándome los pies con los tacones y a punto de perder los estribos.
Del astillero en sí no quería ni hablar, porque si miraba a cualquier grúa, recordaba algo que no debía.
Se detuvo de manera abrupta, el pie me bailó y casi me caí sobre una de las pasarelas que iban directas al agua. Contuve el aliento al creer que la hostia sería tremenda; sin embargo, una mano me sostuvo del codo y me quedé suspendida en el aire por segunda vez. Su gruñido sonó en toda la nave.
Tal vez sí estaba más pendiente de mí de lo que me imaginaba.
—Uhhh, casi tenemos patito al agua —bromeó Dante.
Me dieron ganas de tirarle un zapato a la cabeza. Fui más lista y focalicé toda mi atención en el hombre que me enderezaba para que no me partiera la crisma, dejaba de mirarme como si quisiera convertirme en ceniza y colocaba la mano en un lector.
—Valentino. —Se metió en otro acceso que daba a una sala gigante—. ¡¡Valentino!! ¡No pienso ir contigo!
—Muy bien —respondió sin mirarme—. Ya sabes dónde está la salida.
Apreté los puños a ambos lados del cuerpo, plantada en la puerta y ocupando todo el espacio para que los tres que estaban a mi espalda no pudieran pasar. Escuché un carraspeo que ignoré, centrada en saltar sobre el tío que seguía avanzando como si los cadáveres no le pesaran.
Fui tras él. Claro que sí.
—¡No lo entiendes! —le grité, llegando a su lado. No me hizo caso y tiré de su brazo para que se detuviera. Resopló como un toro—. Necesito saber quién disparó a mis padres.
Acercó la frente a la mía, amenazante.
—¡Pues les preguntas! ¡Que tienes la boca para más cosas!
De nuevo, boqueé como un pez por su doble significado. Apreté los dientes, lo aniquilé con la mirada y lo amenacé, tan chula. Como si no estuviera en una clara desventaja.
—No vuelvas a insinuar...
Y ahí se quedó mi frase. Porque los tres espectadores que teníamos solo necesitaban un cubo de palomitas.
—¿Qué? —me vaciló.
La que se pegó a él fui yo:
—Eres un desgraciado. —Me rechinaron los dientes de la rabia.
—Vale.
La garganta me ardió con tanta fuerza que solté un bramido de impotencia y abrí las manos a la vez, con el fin de que la ira se esfumara por algún sitio.
Lo mataba. Juraba que lo mataba. Y durante un segundo fui feliz imaginando que se caía y se partía la cabeza por insolente, maleducado y soberbio.
Que era un puto soberbio. ¡Dios! ¡Qué enfadada estaba!
—Suéltate la melena, socia.
Alessandro pasó por mi lado con su comentario bromista, Dante y Enzo se rieron y Valentino ya iba por una de las pasarelas que desembocaba en una zona aislada, al final de donde nos encontrábamos. No. No y mil veces no.
No era así. No funcionaba como ellos y no iba a hacer lo que le diera la gana a aquel orangután.
Me armé de valor, adelanté a los tres graciosillos de turno y alcancé, por no sabía ya cuántas veces, al cabecilla. Tiré de su brazo con fuerza y provoqué que se frenara y me mirara. Cogió mucho aire y hablé antes de que se pusiera como un energúmeno. Lo que era.
—No pienso hacerlo. Voy a recabar las pruebas suficientes para ir a por ellos, detenerlos y meterlos en la cárcel —me convencí—, pero no pienso hacer esto a tu manera. No, no y no.
No dijo nada de inmediato. Solo me miró durante lo que me pareció una eternidad.
—¿Has acabado tu discurso motivacional?
Me cagaba en sus dioses...
—Mira, Valentino... —Mi arranque de prepotencia se vio interrumpido por el suyo, con un paso adelante incluido para darle más soporte a su imponente cuerpo.
—Mira, lupina. Esos tíos van a llegar aquí en... —Miró a sus hermanos.
—Veinte minutos —declaró Dante.
—Veinte minutos. Tú vas a coger esto —se sacó una pistola de la espalda, cogió mi mano y me la colocó en ella—, les vas a hacer la pregunta de los cojones y te vas a ir a tomar por culo a tu casa, con tu tenente.
Y no vas a volver a cruzarte en mi vida porque ya no habrá ningún motivo para hacerlo. ¿Entendido?
Así que era cierto. ¿Lo había organizado todo por eso? ¿Para no cruzarse más conmigo? Las preguntas se me quedaron todas en el aire cuando escuché a Dante preguntar por lo bajo:
—¿Alguien lo ha visto encadenar tantas palabras juntas en la vida?
—Mmm... No —dijo Enzo.
—¡¡No soy una asesina!! —le vociferé, obviando al resto y sus comentarios.
—¡¡Pues tómatelo de otra manera!! ¡Olvida tu puta ética policial!
Le di un empujón, hasta las narices de sus formas. Me lo devolvió, con mucha menos fuerza de la que me esperaba.
—¡No voy a hacer lo que tú me digas!
Me sujetó de malas maneras del brazo, le di un manotazo para que me soltara y aquello provocó un arranque de furia por su parte. Casi no tocaba con los pies el suelo, pues me levantó de un apretón hacia arriba e iba de puntillas.
—¿Y perder los papeles de esa manera? Con el temple que tiene —añadió Enzo.
—En la vida, vaya —aseguró Dante.
Valentino se giró, yo lo hice como pude, pese al dolor punzante de su agarre, y dijimos a la vez:
—¡¡Callaos!!
Y Valentino retomó su caminata, conmigo como prisionera.
Que Dios me pillara confesada con lo que ocurriría esa noche.