25Ética policial #2
Me sorprendí. ¿De dónde habían sacado a aquellos hombres y por qué parecían irreales? Era imposible que pasasen desapercibidos y el resto de los mortales no babearan como lo hacía yo.
—¡Señor Sabello! —Volví mi atención estupefacta al cumpleañero, quien caminaba acompañado de su esposa y dos mujeres más.
—Malaspina. —Cabeceó en su dirección y aceptó su mano. Creí que Valentino se la partía porque la del tipo desapareció en su manaza—. Feliz cumpleaños.
—No sabe la alegría que me ha dado verle. No todos podrán decir que han tenido a un Sabello en su cumpleaños. —Parecía eufórico.
La que supuse que era su mujer sonrió en mi dirección como si yo fuera también el florero de Valentino. Las dos chicas que acompañaban al hombre, mucho más jóvenes que él, no dejaban de comerse a Valentino con los ojos.
El armario empotrado que me tenía presa me aferró con los dedos y apretó con más fuerza cuando intenté separarme un poco.
—Me pareció acertado —comentó tajante.
—¡Claro! Esto de tener negocios hace especial a cualquiera. ¡Claro que sí! —Puse cara de desagrado de manera inevitable y Malaspina me miró mal y rio histriónico. Le había sentado mal mi gesto—. ¿Una señorita de compañía?
Mierda. Acababa de convertirme en su foco y, encima, me había llamado puta.
Era evidente que había visto mi careto. Valentino pareció crecer dos palmos más y aquello me generó una sensación extraña.
Por un lado, temí por mi vida y por cómo fuese a dejarme.
Era su oportunidad perfecta de humillarme.
O descubrirme. Y si me descubría en una fiesta como aquella, pues...
—Es mi mujer.
Dejé de respirar, aunque no permití que se me notara en la cara. Apreté los labios cuando Malaspina tartamudeó como un alcahuete y los tonos de su rostro oscilaron entre el rojo, el blanco y el amarillo.
—Ah..., oh... Dios... yo..., discúlpeme, se... señora...
—Sabello. Señora Sabello.
Valentino hundió aún más los dedos en mi cadera. Ya no sabía si me faltaba el aire por lo que había afirmado o porque iba a sacarme el hueso con los dedos.
—Dis... disculpe. No sabía que se había casado. —Dio un paso atrás arrepentido al ver la cara de Valentino, que pasó de la cordialidad a «te voy a sacar los ojos».
—No suelo publicar mi vida privada en los medios.
Malaspina sonrió con pavor, dio otro paso atrás, inclinó la cabeza hacia los dos y se alejó después de añadir brevemente:
—Disfruten de la fiesta.
Valentino no se movió. Ni siquiera pestañeó.
Y estuve a punto de pedirle que me soltara o iba a generarme dos agujeros tan grandes como los de sus dedos.
Sin embargo, no me dio tiempo cuando me empujó para que caminara hacia un lateral del jardín, continuó sin levantar sospechas y llegamos a la zona de unos cipreses con columnas decorativas, apartados de la fiesta.
Contempló el sitio por encima, me soltó y se giró como un diablo hacia mí:
—¿Qué coño haces aquí? —ladró—. ¿No has tenido bastante ya?
Abrí los ojos y el astillero volvió a mí. La grúa también. Y lo vi reflejado en su mirada. A él también lo atravesó aquel pensamiento.
Me aparté como si quemara y golpeé su pecho con brutalidad para que se alejara. Necesitaba respirar. Necesitaba estar lejos de su presencia.
—¡No tengo que darte explicaciones de nada! ¿A qué ha venido eso? —Me referí al término usado para referirse a mí.
« Es mi mujer ».
Entreabrí los labios por el simple recuerdo de su voz al pronunciarlo tan contundente. Dio una zancada para quedar sobre mí, con ese aire todopoderoso que desprendía.
—¿Una mujer sola en una fiesta? Das mucho el cantazo, agente Costa.
Lo golpeé de nuevo, nerviosa porque se apartara y bajara la voz.
—¡Cállate, idiota! ¿A ti qué te importa lo que me pase y lo que tenga que hacer? —Lo golpeé de nuevo cuando se acercó—. ¡Déjame en paz!
La mano que tenía en el aire se quedó suspendida cuando la apresó con fiereza, tiró de la muñeca y me pegó de un fuerte tirón a su pecho. Me estampé contra un muro de hormigón, levanté la cabeza y la respiración se me fue de paseo cuando me lo encontré a un palmo de mi boca.
—No vuelvas a golpearme. No vuelvas a pegarme, o no tendrás un corte en la mano. —Clavó su dedo en mi herida y exclamé un pequeño gemido de dolor—. Te cortaré la muñeca para que no la uses más.
Como una masoca, elevé la barbilla, apreté los dientes y siseé:
—Suéltame, pedazo de animal.
—¿Quieres que te enseñe lo que hace un animal? —Me quedé clavada en su mirada. No me dio tiempo a responder—: Marcar.
Y no me esperé lo que hizo.
Descendió la boca hasta mi escote, se lanzó a la piel visible del pecho izquierdo y clavó sus dientes de tal forma que ahogué un grito de dolor. Las rodillas me fallaron, su otra mano me sostuvo de la cadera e intenté con todas mis fuerzas golpear su nuca para que soltase el agarre.
Me mordió. Como un puto caníbal. Me absorbió la piel con tanta vehemencia que me quedé sin respiración por el profundo dolor agudo, y cuando sentí que lo que descendía por mi piel no era saliva, me soltó satisfecho y me separé trastabillando hacia atrás, con la mirada perdida y el miedo corriéndome en las venas.
—Eres un monstruo... —musité, sin dejar de retroceder.
Su boca tenía sangre. Sangre que lamió.
—No vuelvas a insultarme, lupina, o será peor.
Fui a darme la vuelta. A correr, pese a que había clamado al cielo que no lo haría. Me apartaría de aquel demente como fuese, de la manera que fuera, pero otros brazos igual de fuertes me apresaron y, al alzar la vista, me encontré con la seriedad de Enzo.
—¿Se viene? —le preguntó Enzo directamente a él.
—Sí. Que Dante y Alessandro se marchen en su coche.
—¡No voy a darte mis putas llaves del coche! ¡¡Porque no voy contigo a ninguna parte!! —bramé, perdiendo los papeles.
Enzo me quitó el bolso y lo movió en el aire. Acababa de perder mi pistola en aquel bolso.
—Tarde, ragazza 9 .
Valentino dio un paso hacia mí; Enzo señaló hacia la izquierda, indicándole dónde lo esperaba.
Negué con la cabeza cuando el hombre que aparecía en mi mente sin permiso avanzó hacia mí, fui a retroceder y, en el momento de darme la vuelta, me pisé el vestido, con tal mala suerte que fui a caer de bruces.
Las enormes manos de Valentino no tardaron en cogerme en volandas de la cintura para evitar el impacto. Lo miré, a un palmo del suelo y suspendida entre sus brazos.
—Deja de montar un drama. Esto te interesa.
—No voy a creerme tus pamplinas. No hay nada que me interese de ti.
Dudó. Se calló y al final lo soltó:
—Disfrutaste tanto como yo en el astillero, lupina. No quieras engañarte.
¿ Por qué me leía la mente ? ¿ Y por qué yo le hablaba con aquella mala leche ?
¿ Era porque había vuelto a verlo ? ¿ Porque quería que ocurriera de nuevo ?
¿ Porque necesitaba esa sensación de peligro con él ?
¡ Joder, joder, joder! Encima acababa de reconocer que él lo había disfrutado . « No, por Dios, no ».
Apreté los dientes sin contradecirlo, me levantó, me dejó de pie y tiró de mi cintura con brutalidad.
No me soltó hasta que llegamos al coche.
Cerré los ojos abatida, miré la fiesta por última vez y vi a Enzo con la mirada clavada en mí.
¿Qué estaba diciéndome? ¿Había temor, duda, algo que yo desconocía?
Angelo se detuvo a nuestro lado, se despidió del resto de los Sabello y le lanzó un saludo militar a Valentino en la distancia. Lo escuché pronunciar un claro «Suerte», que con total probabilidad iba dirigido a mí.
—Sube. —Me abrió la puerta.
Lo fulminé con la mirada y di un breve zapatazo en el suelo.
—Subo —rumié entre dientes y obedecí.
Me pegué hasta casi fusionarme con la ventanilla del cochazo que aquella panda de mafiosos tenía.
Había espacio de sobra, y deseé con todas mis fuerzas que Valentino se montara delante.
«Mentirosa», me dijo la bruja mala, y automáticamente se subió y cerró.
Enzo se colocó al volante. Yo solté un resoplido imposible de contener.
Nos pusimos en marcha en absoluto silencio, pese a que la tensión podía cortarse con un cuchillo. Los ojos de Enzo oscilaban de su hermano a mí de vez en cuando. Al ver que no hablaba, fui yo la que decidió abrir la bocaza:
—¿Vas a matarme?
—Tengo motivos suficientes.
No se giró para mirarme. Yo tampoco, aunque podía ver su reflejo perfectamente en la ventanilla. Íbamos los dos en la misma posición.
—Establecimos una tregua —le rebatí con altanería.
—Que tú rompiste al hurgar en mi astillero.
Me mordí la lengua hasta que me hice sangre. Tras una breve pausa que intentó frenar mi enfado, lo solté en un murmuro encabronado:
—No sé yo quién salió ganando en tu astillero.
Entonces sí se giró lentamente, con muy mala cara y una ceja enarcada.
—¿Había un ganador?
El corazón me resonaba tanto en los oídos que creí que Enzo, tan pendiente y cotilla, estaba escuchándolo también, aparte de nuestra conversación.
Me temblaban hasta las pestañas, pero aun así no lograba contener la lengua.
Lo miré. Igual de altiva que él.
Y me crucé de brazos para evitar una respuesta que diera más detalles de los necesarios, aunque viendo la sonrisa mal disimulada de Enzo, ya sabría de qué iba la historia.
Habíamos perdido los dos, sin duda. Yo, porque había puesto mi vida patas arriba.
Eso no iba a confesárselo. Y él... ¿él por qué iba a perder?
«Porque se ha puesto de rodillas delante de ti».
Ese pensamiento desapareció tan rápido como vino.
¿Con cuántas no se habría puesto de rodillas semejante espécimen?
Esa pregunta también la borré deprisa, sobre todo cuando el dolor punzante de mi pecho reclamó atenciones.
Me había mordido. El hijo de puta me había mordido. Y me había marcado.
¿ Cómo coño iba a explicar aquello? Ya no había maquillaje que pudiera cubrir las marcas, las señales, las... barbaridades que Valentino me había hecho. Debía ir al día siguiente a una farmacia en busca de cualquier crema que cubriera lo suficiente .
—¿Vas a contarme ya por qué me interesa respirar tu mismo aire?