Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 25Ética policial
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Ética policial

La peluca me picaba.

Aquella era la conclusión más importante que había sacado después de pasar casi cuarenta minutos arreglándome frente al espejo, intentando convertirme en una mujer que no se pareciera en nada a Beatrice Costa.

Me llevé una mano hacia el pelo por puro reflejo y la detuve a mitad del movimiento. No podía tocarla.

Elia había conseguido una peluca de esas que parecían tener un cuero cabelludo propio y que costaban lo suficiente para que hubiera preferido no preguntarle de dónde la había sacado.

El rubio miel caía en ondas por debajo de mis hombros y transformaba mi rostro más de lo que habría imaginado, especialmente después de añadir un maquillaje distinto al que usaba de manera habitual.

Había marcado más los ojos, suavizado ligeramente mis cejas y cambiado incluso la manera de pintarme los labios.

No era irreconocible. Pero tampoco tenía que serlo para todo el mundo.

Me toqué la zona del corte. No se veía en absoluto, aunque la piel se me había estirado de manera alarmante. Lo suficiente para que se me quedara una buena cicatriz en la cara.

Me fijé en mi reflejo una última vez antes de bajar del coche y tiré con cuidado de la tela del vestido para colocarla en su sitio.

Negro, largo y ajustado hasta límites que empezaban a hacerme cuestionar mis decisiones, con la espalda prácticamente al aire y una abertura lateral que llegaba demasiado arriba cada vez que daba un paso.

Los tacones tampoco ayudaban. Podía correr con ellos si era necesario, porque había hecho cosas bastante peores durante mi entrenamiento, aunque esperaba sinceramente no tener que demostrarlo aquella noche.

« Entras. Los localizas. Observas. Sales », me repetí como un mantra de seguridad.

Apagué el motor y permanecí unos segundos con ambas manos sobre el volante.

Me hubiera sentido más respaldada si Draco me hubiese acompañado, pero no era plan de aparecer en una fiesta privada de gente importante con un dóberman operativo pegado a la pierna sin conseguir que alguien me preguntara qué narices hacía allí .

Además, después de todo lo ocurrido, una parte de mí quería saber que estaba seguro, lejos de cualquier estupidez en la que yo decidiera meterme.

Lo había meditado mucho. De hecho, había pasado horas en Cefalú antes de regresar a Roma intentando convencerme de que debía regresar a mi vida, a mi boda, a Gennaro y a la persona que había sido antes de que Valentino apareciera para destrozar cada parte de mí que yo creía conocer.

Y ahí estaba. Delante de una villa en la via Appia Antica.

Camuflada y a punto de infiltrarme sola en una fiesta porque cuatro nombres relacionados con la banda que había roto mi vida aparecían en una lista de invitados.

Recogí el pequeño bolso del asiento del copiloto, donde llevaba una pistola pequeña, cogí el abrigo y salí.

El aire de la noche golpeó las zonas de piel que el vestido dejaba al descubierto y agradecí que el coche estuviera lo bastante cerca del acceso como para no tener que recorrer media Roma con aquellos tacones.

Me coloqué el abrigo largo de vestir. Desde allí ya podía ver la iluminación de la propiedad de Cesare Malaspina, la fila de vehículos que continuaba llegando y a varios miembros de seguridad repartidos frente a las enormes puertas de hierro.

Había buscado información sobre él antes de salir de casa.

Empresario, negocios portuarios, logística, hoteles, relaciones con demasiada gente relevante y una vida entera apareciendo en fotografías al lado de personas a las que yo jamás habría invitado ni a tomar un café.

No encontré ningún vínculo directo con la Mano di Caino.

Eso no significaba nada, y Elia tampoco había podido asegurarme de que Malaspina tuviera relación con ellos.

Solo que varios de los nombres que yo llevaba meses cruzando aparecían entre los invitados y que cuatro coincidían con miembros de la banda que todavía seguían vivos.

Me detuve un instante antes de alcanzar la entrada. Si conseguía seguirlos... No podría detenerlos esa noche ni interrogarlos. Solo averiguar qué hacían allí, con quién hablaban y adónde se dirigían después.

« Y avisarás a Gennaro », me recordé , pese a que me dolía que no me hubiera contestado a los wasaps que le había mandado.

Tampoco me había cogido el teléfono las dos veces que lo llamé , siendo yo la que había dado su brazo a torcer después de lo ocurrido.

Había sido prudente y había esperado a que transcurriera el tiempo suficiente para que regresara a Palermo .

De ninguna manera podía descubrir las marcas que había en mi cuerpo.

Me acerqué al primer control y le enseñé la invitación digital que Elia me había enviado. El hombre la comprobó, miró la pantalla y después a mí. Durante esos segundos mantuve una tranquilidad que no sentía, agradeciendo haber pasado tantos años entrando en lugares a los que no pertenecía.

Me devolvió el teléfono y atravesé las puertas sin mirar atrás.

Le entregué el abrigo a la chica del guardarropa.

El camino que conducía hacia la villa estaba flanqueado por cipreses y pequeñas luces colocadas a ras del suelo.

A medida que avanzaba, la música se hacía más intensa y empezaban a distinguirse las conversaciones, las risas y el sonido constante de coches deteniéndose detrás de mí.

Reconocí el dispositivo antes incluso de alcanzar la vivienda.

Dos hombres en el acceso. Otros cerca del aparcamiento. Personal privado en el vestíbulo y, probablemente, cámaras suficientes para reconstruir la noche completa si algo salía mal. Esperaba no tener que robar ninguna tarjeta esa vez.

El pensamiento me atravesó sin permiso y la imagen del astillero llegó con él.

Mi mano se cerró alrededor del bolso.

« No, Beatrice ».

Había molestias que no habían desaparecido del todo, pero me negaba a analizarlas mientras caminaba hacia una fiesta con tres centímetros de tela separándome de enseñar media pierna. No era el momento ni el lugar. Ni el hombre, porque Valentino no estaba allí.

Acepté una copa que me ofreció una camarera.

No porque tuviera intención de beber, sino porque una mujer sola en una fiesta llamaba menos la atención con algo entre los dedos que recorriendo las habitaciones como una inspectora.

Avancé hacia el exterior siguiendo al resto de los invitados y el jardín fue todavía peor.

La piscina, las barras, las mesas altas y los sofás estaban repartidos por diferentes zonas con suficiente gente como para que una redada allí provocara varias dimisiones antes del desayuno.

Pasé la vista por encima sin detenerla en nadie más de lo necesario y me obligué a mantener una expresión relajada. Había dos salidas visibles desde aquella posición, más seguridad, tres hombres en el jardín y otro junto a la terraza. También vi muchas cámaras en todas las esquinas.

Entonces busqué a los hombres que había memorizado hasta la saciedad y no tardé en dar con ellos. Salvatore Rizzo fue el primero. Se encontraba junto a uno de los laterales del jardín, a varios metros del resto, aunque los otros tres no quedaban demasiado lejos.

Mi corazón galopó con tanta fuerza que tuve que respirar despacio para no exteriorizarlo.

Allí estaban. Después de trece años. Después de cientos de horas investigando nombres, fechas, movimientos y expedientes incompletos.

Y uno de ellos podría ser quien disparó a mis padres.

El aire dejó de entrarme correctamente cuando la secuencia apareció en mi cabeza.

Mi madre cayendo. Mi padre con sangre en la boca.

«Sa... be... llo...». Parpadeé recordando ese detalle.

¿Por qué me habría dado mi padre su apellido entonces?

¿Qué relación tenía con ellos si no era esa?

Valentino no estuvo allí, lo habíamos aclarado y las fechas cuadraban; también me había encargado de constatarlo con Elia.

Tenía las pruebas que el propio Valentino me había dado.

Y, aun así, aquel apellido continuaba pegado al recuerdo de la última respiración de mi padre, convertido en una herida que no sabía dónde colocar.

Cogí aire y obligué a mis piernas a continuar. Debía observarlos, descubrir con quién hablaban y esperar a que alguno cometiera el error de separarse. Quizá pudiera ponerme lo suficientemente cerca para escuchar una conversación sin llamar la atención.

La cruda sensación de estar siendo observada me cortó la respiración. La nuca se me erizó y el vientre me crepitó sin sentido y, cuando fruncí el ceño, confusa, una voz a mi izquierda me sobresaltó:

—Esto no es una fiesta de disfraces, Beita. —Giré la cabeza muy despacio—. ¿Te has perdido?

Me quedé sin palabras al ver a Dante. ¿Qué coño...? ¿Y cómo me había reconocido? Fui a separarme con los nervios a flor de piel, a ignorarlo sin querer saber si había alguien más con él, cuando una enorme presencia acaparó mi lado derecho y pensé que me desmayaría.

—Dante, prepara el coche. Nos vamos en cinco minutos.

Tiró de manera posesiva de mi cintura y me pegó a él. Yo no podía respirar. Sus ojos me atravesaron como si quisiera asesinarme, aunque solo fui capaz de apoyar una de mis manos en su costado por la fuerza que había ejercido para juntarme a él.

¿ Cómo..., cómo...? Era un monumento en toda su esencia.

Un dios al que alabar. Un hombre por el que era imposible no derretirse pese al cartel luminoso de peligro que llevaba escrito en su frente.

Estaba, simplemente, guapísimo . La garganta se me cerró tanto que no conseguí articular una jodida palabra, como una auténtica idiota .

—Ahí viene —añadió Alessandro al pasar por nuestro lado, junto a... ¿Ese era Angelo Fachini? ¿Qué hacía con ellos en la fiesta?

El muy asqueroso me sonrió; yo hice un gesto de desagrado.