Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 24Tu desayuno favorito #4
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24Tu desayuno favorito #4

No esperé una respuesta y me marché con Angelo a mi lado. Sentí sus ojos clavados en mi espalda durante buena parte del camino hasta encontrarme con Enzo, quien había conseguido situarse estratégicamente cerca de una de las barras.

—No sé cómo pudiste mezclarte con esa gentuza —añadió Angelo y se limpió las mangas de pelusas invisibles.

Giré la cabeza con media sonrisa.

—Yo también me alegro de verte.

Dante se apoyó en la barra de manera abrupta.

—Confirmo conversaciones. Rizzo acaba de mandar a uno de ellos a cancelar algo que tenían previsto para esta madrugada. Los tenemos.

Enzo chasqueó la lengua con chulería. Palmeé la espalda de Angelo cuando la conversación comenzó a caldearse con sus idas y venidas sumadas a las pullas de Alessandro, y me giré en busca de mis minutos de soledad.

No iba a demorar mucho nuestra marcha, sobre todo para que aquellos idiotas no cambiaran de opinión.

—Voy a por otra copa —me excusé.

—Pero si estamos en la barra. —Escuché a Dante cuando me alejaba varios pasos.

Recorrí parte de la terraza con la copa anterior todavía en la mano. La música había aumentado y varias parejas ocupaban el espacio que habían dejado libre frente a los jardines. Malaspina continuaba recibiendo felicitaciones como si llevara tres horas cumpliendo años.

Yo ya estaba cansado de estar allí, y eso que hacía menos de una hora que habíamos llegado. Quería ir al astillero, llamarla para contárselo, verla por última vez, terminar con aquello y encerrarme en mi casa a coger otra buena cogorza, sin saber por qué.

El problema era que con el alcohol revivía con más intensidad ciertos momentos que eran los que deseaba borrar de mi mente. En los que estaba con ella.

Apuré la copa hasta el final.

Y fue entonces cuando algo más llamó mi atención.

Una figura acababa de aparecer al otro extremo de la terraza, mezclándose entre varios invitados que llegaban desde el interior de la villa. La miré sin demasiado interés y estuve a punto de apartar los ojos.

Era rubia, alta por culpa de unos tacones que debían de ser una tortura, y llevaba un vestido que consiguió que regresara la mirada antes de que mi cerebro pudiera impedírmelo.

Era negro. Ajustado. Elegante hasta que uno reparaba en la abertura que ascendía por una de sus piernas y convertía la elegancia en algo altamente peligroso. La espalda quedaba prácticamente desnuda y aquella melena rubia le caía por encima de los hombros en ondas perfectas.

No sabía quién era, pero había algo en ella que... Fruncí el ceño, confuso cuando una corriente eléctrica me atravesó los dos antebrazos y fue acrecentándose hasta llegar a mi estómago.

La mujer avanzó unos pasos y se detuvo junto a la entrada de la terraza.

No buscó una cara conocida. Tampoco hizo lo que hacían el resto de los invitados cuando llegaban a un lugar como aquel: localizar una copa, admirar la casa o comprobar quién podía verlos.

Miró las salidas, después la seguridad y luego el jardín.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

No. No podía ser.

La observé con más interés. La forma de mantener los hombros rectos, el modo en que cargaba ligeramente el peso sobre una pierna mientras fingía contemplar la fiesta. Aquella puta costumbre de mover los ojos antes que la cabeza cuando quería estudiar algo sin que pareciera que lo estaba haciendo.

Sentí un vuelco tan violento en el puto estómago que bajé lentamente la copa.

No podía ser.

La rubia giró el rostro. Y entonces la vi.

—Me cago en mi puto padre...

Los ojos de aquella mujer recorrieron el jardín y terminaron exactamente donde no quería que terminaran: en Rizzo, después en el resto de la antigua banda de la Mano di Caino. Y esa mirada de la caza regresó con fuerza.

La habría reconocido aunque se hubiera rapado la cabeza, se hubiera pintado la cara de verde y se hubiera presentado vestida de monja.

Beatrice.

Mi lupina.

—No me jodas...

No sabía cuándo había llegado, pero las palabras de Dante las sentí tan claras como la dirección de mis ojos: hacia ella. Mi hermano permaneció callado durante un par de segundos y yo apreté tanto la mandíbula que me dolió. ¿Qué coño hacía allí?

La respuesta era demasiado evidente. Lo mismo que había hecho en Mesina. Lo mismo que había hecho en mi astillero.

Meterse donde nadie la había llamado porque su instinto policial era bastante más grande que su jodido sentido de la supervivencia.

Y estaba increíblemente preciosa.

Ese fue el pensamiento que más me enfureció.

Porque después de pasarme dos días convenciéndome de que follármela solucionaría el problema, después de descubrir que había conseguido exactamente lo contrario y después de montar toda aquella mierda para entregarle a cuatro hombres con la esperanza de cerrar de una vez cualquier deuda que pudiera mantenerla en mi vida, Beatrice Costa acababa de aparecer delante de mí con una peluca rubia, unos tacones de infarto y un vestido que consiguió que recordara con absoluta precisión qué había debajo.

Su olor.

Su sabor.

Se suponía que aquella noche iba a sacármela de la cabeza para siempre.

Y la muy hija de puta acababa de entrar por la puerta para reventar todos mis planes.