24Tu desayuno favorito #3
Bastó un «Mi hijo queda fuera de la Mano di Caino», sin alterar la voz, solo con su simple presencia, para que Vittorio Carbone, su anterior líder, asintiera y, con un breve «Ciao», me despidiera del grupo.
Vittorio había sido la cabeza de la banda antes de que comenzara a desmoronarse. Rizzo no era su sucesor porque alguien lo hubiera elegido; simplemente era el que había conseguido mantenerse vivo.
Era un pelele.
Su mirada pasó por encima de varias personas hasta detenerse en mí y permaneció allí el tiempo suficiente para confirmar que sabía perfectamente quién acababa de entrar en su campo de visión.
Bien. No cambié de dirección.
Me acerqué a uno de los empresarios que conocía de los astilleros, intercambié con él un saludo que se prolongó más de lo que me apetecía y permití que Rizzo continuara observándome mientras fingía no haber reparado en su existencia.
Aquello era algo ridículo, pero los hombres que vivían intentando demostrar cuánto poder tenían solían reaccionar de una manera bastante previsible cuando alguien con más poder se comportaba como si no fueran más que una simple hormiga.
Bastaron pocos minutos para que Rizzo encaminara sus pasos hasta mi posición.
—Sabello.
Me giré lentamente y continué con el intercambio de saludos por nuestros apellidos, como solía hacerse en la banda.
—Rizzo.
Sus ojos cambiaron apenas un instante. Me llevé la copa a los labios.
—Vaya, te acuerdas de mí.
Lo dicho, era un pelele.
—Me acuerdo de muchas cosas.
Lo dejé digerirlo.
Los otros tres continuaban a cierta distancia, aunque ya habían reparado en nuestra conversación. Enzo se encontraba en la terraza coordinando a nuestro plan B, Alessandro había desaparecido de mi vista y Dante se movía por el jardín como si hubiera nacido allí.
—¿Qué trae a los Sabello por aquí? No soléis dejaros ver con tanta facilidad —se interesó.
Directo. Y eso me gustó porque atajó la mitad de mi conversación, la cual no me apetecía en absoluto.
—Estoy buscando a hombres.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca.
—Tienes unos cuantos, por lo que sé. Además de un imperio.
—Los míos llevan mi apellido pegado a la frente aunque no sean familia. Esta vez necesito gente que pueda hacer un trabajo sin que nadie mire inmediatamente hacia nosotros.
La sonrisa le desapareció y yo me enorgullecí de haber encadenado una frase tan larga con alguien tan tonto. Estaba seguro de que un puñetazo en esa boca de dientes torcidos lo mataría. Pero lo que importaba era que ahora sí tenía su atención.
—¿Qué clase de trabajo es ese?
Miré alrededor antes de regresar a él, disimulando. Enzo ya se había quedado solo.
—No está bien hablarlo aquí. Es una fiesta de cumpleaños.
No necesitaba explicarle nada más. Si algo había aprendido tratando con delincuentes durante toda mi vida era que la cantidad justa de información despertaba interés; demasiada despertaba sospechas.
—¿De cuánto hablamos? —preguntó finalmente—. Dispongo de tres hombres más, si es un trabajo pequeño.
Estaba en el bote y, pese a que la banda se había disuelto, él mismo me la había puesto en bandeja.
—Lo suficiente y, con cuatro hombres, bastará.
—Pero eso no es una cifra, Sabello. —Sonrió—. También dicen que no trabajáis con cualquiera. ¿Por qué ibas a buscar hombres aquí?
Lo contemplé de esa forma en la que cualquiera se amedrentaba. Esa en la que podías ver tu reflejo en los iris del otro.
—A vosotros os conozco, ¿no?
La duda flotó en el aire. Había que hacer preguntas en lugar de defenderse para ganar. Aquello pareció gustarle y yo continué con lo que me interesaba:
—Esta madrugada me llega una mercancía al puerto y necesito recuperarla antes de que alcance su destino. No quiero hombres que pregunten. —Me callé para que lo reposara—. Quiero hombres que después olviden lo que han visto.
Rizzo buscó a sus compañeros. Seguí el movimiento con los ojos, pero la atención se me desvió a otra persona que caminaba con una seguridad aplastante y estrafalaria. Tanto como él. Alzó los brazos en el aire y los flecos que llevaba en la zona interior del traje bailaron con el viento.
—¡¡Amigo!!
Angelo Fachini era un viejo conocido y ya casi amigo de nuestra familia.
Un trápala de mucho cuidado que había tenido a bien saber elegir en qué bando se quedaba cuando mi hermano Tiziano lo abandonó a su suerte en medio del monte.
Todavía pensaba que ahí había tenido no un despertar espiritual como el de Piero, sino un despertar de supervivencia.
Rizzo torció el morro cuando Angelo llegó a mi altura y me palmeó la espalda con aprecio. Se colocó el pelo castaño hacia atrás y aniquiló con la mirada oscura a Rizzo. Cuando se lo proponía, pese a que vistiera esos trajes estrafalarios y feos, causaba verdadero terror.
El modelo de ese día había sido amarillo mostaza, con camisa rosa, corbata verde y unos flecos azul eléctrico que le colgaban bajo las mangas cada vez que movía los brazos. Parecía el hijo ilegítimo de un loro tropical con la cortina de un puticlub.
—Pueden ser cinco hombres. —Señaló con un gesto de cabeza a Rizzo—. Por si no te fías de este.
El aludido gruñó. Le di el último empujón que faltaba.
—Tranquilo. Es de confianza.
Rizzo se hinchó como un pavo y preguntó sin medias tintas y sin ocultar su orgullo:
—¿Dónde, Sabello?
Regresé a él. Qué simples éramos a veces.
—En Cantieri Navali Sabello. En el puerto. A las dos.
Arqueó una ceja con desconfianza.
—¿En tu astillero?
—¿Te da miedo? —cuestioné al escuchar la duda en su tono.
—Simple curiosidad.
—Porque la mercancía llega por mar y porque es mi propiedad. —Me acerqué lo suficiente para que no necesitara elevar la voz—. Si quisiera matarte, Rizzo, no necesitaría invitarte primero.
Me sostuvo la mirada y después sonrió. Angelo resopló y murmuró algo en italiano, muy en su línea de quejarse por todo lo que podía. Di un paso atrás y levanté la copa ligeramente.
—A las dos. Si no estáis allí, buscaré a otros. Y sabes que valdrá la pena —le dije, refiriéndome a la cifra.