24Tu desayuno favorito #2
Arrastró la silla hacia atrás, dejó sobre la mesa la servilleta de tela que se había colocado sobre las piernas y susurró:
—No.
Me sentí como un mierda.
Se levantó, fue a por su chaqueta, cogió su abrigo y encaminó sus pasos hacia la puerta. De repente fui aquel Valentino de trece años, metido en la cama de un hospital que se despertaba por las noches buscando a su padre como un desesperado que nunca lo encontraba; siempre estaba su madre.
—¿No vas a desayunar?
Se colocó la chaqueta del traje de tres piezas mirando hacia la puerta, después se puso el abrigo con movimientos pausados, giró el rostro una milésima hacia mí y añadió:
—Se me ha quitado el hambre.
Y me hundió de una manera que no imaginé al apreciar que en ese lado de la mejilla había algo que brillaba. Había una lágrima. Y Claudio Sabello era el hombre más arrogante sobre la faz de la Tierra. Si lo veías llorar, malo.
Mi orgullo no me dejó levantarme de la silla cuando abrió la puerta y se marchó, dejándome con la mesa llena y el alma rota.
Fue otro motivo suficiente para que apartara el café y agarrara una nueva botella hasta bien entrado el mediodía.
No quería que mis hermanos me vieran con una nueva cogorza.
Ya de por sí, la idea de ir a la fiesta para intentar apagar el fuego con Beatrice me tocaba los cojones, como para tener que aguantar las caras de mis hermanos durante todo el trayecto hasta la propiedad de Malaspina.
Sobre todo si se ponían a hacer suposiciones. Eso les encantaba.
Enzo había tenido la ocurrencia de explicarlo de la manera más sospechosa posible.
Léase con ironía. «Valentino tiene que borrar todas las pruebas que lo incriminen con la Mano di Caino, y la única manera es liquidando a la banda, pero lo vamos a hacer de manera que parezca que es un favor para Beatrice.
Así la poli nos deberá una. Además, ella los está buscando».
Alessandro no había tardado ni treinta segundos en empezar a hacer preguntas como una ametralladora.
No había respondido a ninguna. Y Dante, que era mucho más cabrón porque no necesitaba abrir la boca para tocarme los huevos, se había limitado a observarme desde el otro lado del coche con esa expresión de quien ya sabía que había algo más y solo estaba esperando a que yo cometiera el error de confirmárselo.
No iba a ocurrir.
Ni siquiera entendía por qué coño tenía que justificarlo cuando precisamente era lo que llevábamos haciendo desde el principio: intercambiar información, utilizarla cuando nos convenía y después regresar cada uno a su lado de la línea.
Que en algún momento esa línea se hubiera emborronado hasta el punto de que dos noches antes la hubiera tenido colgada de una puta grúa era un detalle que no necesitaban conocer.
Especialmente Alessandro, a quien le encantaba sacarme de mis casillas y ser un bocazas.
Era la voz de Catania. Más que eso, era la voz de los Sabello.
Si había un chisme, salía primero de la boca de Alessandro.
Luego se quejaba cuando lo llamábamos chivato y él se justificaba diciendo que era por una buena causa.
Causa mis cojones.
Me acomodé el cuello de la camisa mientras el coche reducía la velocidad al incorporarse a la via Appia Antica y decidí concentrarme en lo que nos había llevado hasta allí.
Sesenta y cinco años no se cumplían todos los días y, al parecer, si uno tenía suficiente dinero, contactos y una necesidad enfermiza de demostrar ambas cosas, tampoco podían celebrarse con una cena y una tarta como cualquier persona.
La hilera de vehículos comenzaba bastante antes de alcanzar la propiedad de Cesare Malaspina y ocupaba parte del acceso privado que conducía hasta las enormes puertas de hierro de la finca.
Había seguridad en ambos extremos, aparcacoches corriendo de un lado a otro y suficientes vehículos de lujo como para montar un concesionario.
La invitación de los Sabello consiguió que no tuviéramos que esperar.
Uno de los hombres comprobó nuestros nombres y enseguida hizo una señal para permitirnos el acceso.
No era la primera vez que alguno de nosotros pisaba una propiedad de Malaspina.
Su grupo empresarial tenía tentáculos metidos en media Italia y varios de sus negocios portuarios habían terminado cruzándose con los nuestros a lo largo de los años.
Él sabía perfectamente quiénes éramos. Nosotros también sabíamos quién era él y, como ocurría con muchas relaciones de aquel tipo, nadie preguntaba más de lo necesario mientras las facturas se pagasen a tiempo.
Avanzamos por un camino flanqueado por cipreses hasta que la villa apareció iluminada al fondo, escondida detrás de muros antiguos y jardines que conseguían hacer olvidar por momentos que seguíamos dentro de Roma.
—Bfff. Qué pereza —soltó Alessandro.
—Ahora se te pasa en cuanto entres —le dijo Enzo.
—Siempre os quejáis de las fiestas. ¡A mí me encantan! —añadió con euforia Dante.
—También es verdad que es la única manera de despejarnos un poco —rumió Alessandro.
Yo no me pronuncié. Muy en mi línea. Ahora tenía dos personas en las que pensar. Una era indudablemente mi lupina colgada de una grúa, y la otra era il papà y la decepción que le había provocado.
Había venido en son de paz y yo le había declarado la guerra.
Dante soltó una carcajada y yo abrí la puerta en cuanto el coche se detuvo porque empezaba a plantearme seriamente entrar solo.
Resoplé intentando apartar los pensamientos que me distraerían de mi cometido.
Tenía claro que, poniéndole a Beatrice la Mano di Caino en bandeja, cortaría todo el vínculo existente con ella.
Ya no habría ningún motivo para buscarnos. Ninguno para vernos.
La música se oía desde la parte posterior de la vivienda. Llegamos al vestíbulo bajo la atenta mirada del público. Los hombres nos observaban con respeto, algunos con envidia y asco, sobre todo si teníamos en cuenta que las féminas se deshacían si algún Sabello ponía sus ojos en ellas.
Atravesamos la entrada galantes, con nuestros trajes hechos a medida e impolutos.
El mármol, las lámparas enormes, los cuadros que probablemente valdrían más que alguno de nuestros barcos y una cantidad absurda de flores decoraban una escalera doble que ascendía hacia la planta superior.
Había gente por todas partes, aunque la verdadera fiesta se extendía hacia los jardines, donde habían instalado barras, mesas y varios espacios con sofás alrededor de una piscina que reflejaba las luces de la casa.
—Malaspina debe de haber invitado a medio país —rumió Enzo.
—Claro, pero como no había otra manera de borrar las pruebas de Valen —se burló Alessandro—, pues aquí que venimos nosotros. A dar el callo.
Dante alcanzó una copa de champán de la bandeja de una camarera y le guiñó un ojo. A la chica le faltó desmayarse.
—Yo de aquí me monto una fiestecilla en el picadero luego. ¿Quién se viene?
Enzo puso una cara de «A esta sí me voy a apuntar», Alessandro ya estaba abriendo la boca y yo les corté el rollo:
—Andando.
Gruñeron. Todos a la vez.
Reconocí a dos empresarios antes de alcanzar la terraza, a un político al que il papà había insultado durante una cena hacía años y a una mujer que aparecía constantemente en televisión hablando de economía sin que yo hubiera entendido jamás por qué alguien querría escucharla.
También había actores, algún futbolista y suficientes hombres acompañados de mujeres veinte años menores para confirmar que el dinero no compraba juventud, pero sí permitía alquilarla durante unas horas.
—¿Los ves? —preguntó Enzo a mi lado.
No respondí inmediatamente. Barrí el jardín con la mirada.
No necesitábamos encontrar cuatro agujas en un pajar.
Teníamos fotografías recientes y Dante había conseguido confirmar a última hora que acudirían juntos.
El problema era acercarme sin levantar sospechas.
Yo era el cebo, pero llevaba muchos años sin saber nada de ellos, aunque hubiéramos compartido un pequeño espacio de tiempo haciendo fechorías.
Localicé al primero cerca de una de las barras. Después al segundo. Los otros dos estaban unos metros más separados, hablando junto a una mesa alta con varias copas encima.
—Sí.
Enzo siguió mi mirada. Dante apareció a nuestra derecha con otra copa nueva. Le dio un sorbo y murmuró sin dejar de mirar hacia otro lado:
—El de la chaqueta gris es el que está llevando ahora la voz cantante. Salvatore Rizzo, tu examigo. Los otros no hacen una mierda sin consultarle primero.
—¿Y eso cuándo lo has averiguado? —me interesé, recordando que Salvatore era el último de la cadena.
Dante dio un trago.
—Mientras vosotros estabais admirando las flores.
Eso era precisamente lo que convertía a Dante en un puto peligro. Podías meterlo en una habitación durante cinco minutos y salía sabiendo quién se acostaba con quién, cuánto dinero debía cada uno y dónde guardaban las llaves del coche.
Alessandro se colocó junto a nosotros y cuestionó:
—¿Soltamos al cebo ya?
Enzo le dio un golpe en el pecho para que cerrara la boca y yo volví a mirar a Rizzo. No necesitábamos obligarlos a salir. Vendrían solos. Ese era el punto de todo aquello y, encima, contábamos con un factor sorpresa que les haría tomar la confianza que les faltaba.
Porque nosotros siempre teníamos un plan B.
Cogí una copa de una bandeja que pasó junto a mí, le hice una señal a Enzo, este sonrió y avancé hacia el jardín. Un Sabello aproximándose habría sido suficiente para poner nervioso hasta al hombre más imbécil de Roma, y Rizzo no lo era, por mucho que no hubiera mandado en la banda nunca.
Tenía que reconocerme. Y, tal y como había pensado, no tardó en hacerlo.
Yo no había tenido represalias por salir de la Mano di Caino, ¿quién iba a atreverse?
Il papà se presentó en el garaje clandestino donde hacíamos nuestras reuniones, a punta de pistola y con veinte hombres.
Por aquel entonces la banda la componíamos menos de diez personas y yo no iba a enfrentarme a mi propia familia.
Eso era sagrado.