Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 24Tu desayuno favorito
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24Tu desayuno favorito

Tu desayuno favorito

Cómo me dolía la puta cabeza.

Llevaba dos días cogiendo una cogorza tras otra, con Enzo sentado en el butacón de mi lado, en mi chalé, como si fuéramos dos marujas pero sin el cotilleo. Ni siquiera hablábamos de temas importantes. Solo decíamos tonterías, a veces ininteligibles porque se nos pisaban las palabras.

Lo había mandado a su casa la noche anterior en un taxi. Quería mi soledad, el silencio y beber a solas hasta ahogarme. El motivo estaba claro: no me sacaba de la cabeza a Beatrice. Ni siquiera habiéndomela follado como un salvaje.

Menudo plan de mierda había tenido. Me creía más inteligente. Y Enzo había soportado estoicamente el chorro de insultos que me había soltado a mí mismo por imbécil. Me los merecía todos.

Me bebía una copa; la veía en el líquido, le daba una calada al canuto; se me aparecía en el humo, me acostaba; soñaba con ella. ¿Acaso estaba volviéndome loco? Y Enzo no había comentado nada.

Nada de nada.

Como si escucharme fuera suficiente, cuando lo primero que tendría que haber hecho era pegarme una buena paliza por tirarme a una poli de la que debía haberme alejado lo más lejos posible.

Le di un golpe a la almohada cuando me desperté de la mala hostia.

Levanté la cabeza con el ceño fruncido y olisqueé el ambiente.

Si había mandado a Enzo a su casa la noche anterior, ¿por qué olía a café recién hecho y a comida?

¿Quién coño había en mi casa? Me levanté como un resorte, cogí el arma de la mesita y no me molesté ni en ponerme el batín.

De reojo, vi cómo el teléfono parpadeaba con un mensaje de Enzo.

No lo abrí.

Fui a la puerta, quité el seguro de la pistola y presté atención. Alguien trajinaba en mi cocina. ¿Quién se movía como Pedro por su casa en la mía? Mis padres tenían llaves, pero no solían acudir sin llamar antes.

Atravesé con sigilo el pasillo, el arma bien apretada en la mano y los pies en movimiento con la incertidumbre tronándome en el pecho. Descendí las escaleras despacio, elevé el cañón de la pistola hacia el sonido de los cacharros y me quedé petrificado mucho antes de verlo.

Fue por el olor.

Olía a tortitas de ricotta y limón.

Y solo había una persona que preparaba esa receta en mi casa.

—Tápate el rabo, que se te va a resfriar. —Se colocó las gafas de ver—. Y deja de apuntarme, cabrón. Que estoy haciéndote tu desayuno favorito.

—¿Qué putas haces en mi casa? —espeté con dureza, bajando el arma lentamente.

Me miró por encima de las gafas, sin separarse del fuego. Le dio la vuelta a la tortita y me apuntó con la espátula. Se había quitado la chaqueta de su traje de tres piezas, remangado la camisa blanca y parecía... tranquilo.

—Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.

—Eso es muy Tiziano —musité.

—Claro. Y Tiziano es mi hijo, caruso . Aligera, que tengo hambre y llevo una hora en la cocina.

Pero no me moví del sitio. No hasta que no me lanzó una manzana del bol de fruta y la cogí al vuelo. Me instó con la cabeza para que espabilara. Retrocedí sobre mis pasos hasta la habitación, confuso porque il papà estuviera allí y...

Llevaba años sin comer aquellas tortitas. Apreté los dientes a la defensiva. A ver qué quería ahora.

Me puse un pantalón de chándal como única prenda, alcancé el móvil y leí el mensaje.

Enzo:

He estado pensándolo. Creo que tengo otra manera de que acabes con esto.

Me han mandado una invitación para la fiesta de cumpleaños de Cesare Malaspina. Van tus excolegas. Es esta noche.

Mis ojos se fueron a la pared del dormitorio, aunque no estaban allí.

Estaban en el astillero, conmigo de rodillas, quieto, mientras una morena de ojos rasgados me lamía y ponía a prueba el poco control que me quedaba después de haberme comportado como un depravado.

Tragué saliva con fuerza, me pasé una mano por la cara sabiendo que tenía que cortar con aquella puta obsesión.

Sí. En medio de todas esas cogorzas ya le había puesto un nombre.

Estaba obsesionándome con Beatrice. Y eso no podía ser. No quería que fuera.

Se lo había confesado a Enzo; él solo había asentido y yo no me había tragado una mierda de su asentimiento. ¿Qué era lo que no me decía? ¿Qué era lo que yo no quería ver? No iba a hacerme más preguntas.

Apreté la mandíbula al notar un escalofrío recorrerme desde lo más profundo.

Ni siquiera era capaz de apartar el recuerdo de su boca sobre mí.

Ni siquiera era capaz de olvidar el dolor que sentí en el pecho cuando me marché del astillero y volví a dejarla tirada allí con tal de que se sintiera una basura.

Porque la habría recogido del suelo y la habría marcado hasta que su puto Gennaro se enterase de que me pertenecía. A mí.

No podía pensar así. No era nada mío. No quería que fuera nada mío.

—¿Necesitas que suba a ponerte los calzoncillos?

La ironía en la voz del papà me movió con urgencia y le contesté un escueto mensaje a Enzo:

Valentino:

Reúne a Dante y Alessandro. Iremos.

No cuentes más de lo necesario.

Era una gilipollez intentar engañar al resto. Sabían más de lo que decían y al final todos encajábamos piezas aunque nos callásemos. Pero no quería admitir en voz alta que estaba obsesionado con una poli. Era de necios.

Salí de la habitación y me encontré a il papà subiendo las escaleras con mala cara. Alzó una ceja al verme y soltó:

—Estarías cagando para no contestarme.

Asentí, aguantándome la risa. Él sí sonrió mientras se daba la vuelta.

Iba pisando los escalones con una seguridad que asustaba.

Quizá de ahí habíamos sacado sus hijos aquella bravura para enfrentarnos a las adversidades, y tal vez sí tenía más genes de aquel hombre de los que quería admitir, pese a que nos lleváramos medio bien.

—¿Por qué sabe más el diablo, Valentino? —me preguntó y puse los ojos en blanco.

Por supuesto era una pregunta trampa. No iba a andarme con rodeos, porque guardar silencios con il papà podía desembocar perfectamente en un navajazo. Y ahora no estaba la mia mamma para defenderme.

—Por viejo que por diablo —le contesté con desgana.

Extendió una mano para que me sentase a la mesa, como si aquella fuera su casa.

Miré el salón, lo tenía hecho un desastre, entre las botellas, las colillas y las pesas, que las había dejado todas tiradas.

En mis momentos de no borrachera me había reventado a hacer ejercicio, solo con el fin de ver si así podía sacármela de la cabeza.

No había resultado efectivo.

Exacto, en la mesa había tortitas de ricotta con limón, pistacho y miel. Mis favoritas, junto a una taza de porcelana con el café justo y recién hecho. Lo miré con dudas, sin sentarme.

—¿A qué se debe este banquete?

—Soy tu padre. ¿No puedo hacerte el desayuno?

—¿Le has echado matarratas?

—Si no te has muerto con todas esas botellas, todos esos porros y la cantidad de kilos que has cogido con las pesas, yo creo que ni la lejía te mata.

Me tembló el labio por aguantarme la sonrisa. Él me contemplaba muy serio, pero yo sabía que estaba deseando reírse. Los ojos le brillaron de aquella manera especial que los ponía más verdes. Más especiales. Lanzó un breve vistazo para que me sentase.

—La silla no tiene púas. Todavía.

La miré por si acaso.

Aun así, mi atención íntegra estaba en la torre de tortitas, la cual hacía años que no probaba. Había sido algo muy nuestro. Tan nuestro que casi lo había olvidado.

Ese desayuno había recogido mis lágrimas, mis hipidos cuando me habían golpeado en el colegio, cuando me habían insultado, cuando había sacado malas notas porque estaba más pendiente de que nadie me pegara un chicle en la ropa que de cualquier otra cosa.

Cuando no quería que se rieran de mí y deseaba con todas mis fuerzas que dejaran de llamarme gordo.

Y había sido il papà quien había estado ahí, cuidando de mí, tanto como la mamma.

Pero entonces nació Lionetta, y lo hizo muerta.

Su fallecimiento no tuvo la culpa, o tal vez sí, de que aquella tradición entre un niño y su padre terminara.

Después de eso los entrenamientos con él y Francesco, su hombre de confianza, se volvieron más agresivos, más diarios, más extremos.

Se nos olvidó lo que era ser niños para convertirnos en asesinos. Y lo odié, porque ni con esas supe defenderme.

—Te cambio un día al mes de tus tortitas favoritas por la verdad.

Todavía no las había probado. Me recosté en la silla, crucé los brazos en el pecho y lo miré.

—¿Quieres chantajearme con la comida, papà? —le pregunté con sarcasmo.

Soltó el aire, tiró el tenedor de malas formas sobre la mesa y se apoyó en la silla, sin colocarse en la posición defensiva que yo tenía. Los ojos le brillaron.

—Solo quiero ayudarte.

Enarqué ambas cejas y reí sardónico.

—Ayudarme... —repetí con cinismo.

—Si todos nos ponemos un chip, no es para ir desactivándolo cuando se nos antoja. Es porque estamos en...

—Constante peligro —terminé por él la frase estelar, solo que aumentando el tono—. Ya lo sé. Lo dices siempre.

Se quedó en silencio, observándome. No alteró el tono y durante un instante estuve a punto de ceder. Un instante que no sucedió.

—¿Y se puede saber por qué no puedes contarme las cosas?

—Porque no es asunto tuyo —sentencié con dureza.

Desvió la atención, dolido, hacia su montaña de tortitas. No la había tocado tampoco. Mi comportamiento estaba siendo nefasto, era consciente de ello.

—A diferencia de ti, lo que les pase a mis hijos, para mí sí es asunto mío —dijo sin mirarme—. Si influye en que puedan hacerles daño, sí es asunto mío. Y cuando tú has dado dos vueltas...

—Tú has dado cincuenta —lo corté de nuevo—. ¿Algo más, papà?

Apretó los dientes y contempló el frente, con los ojos más cristalizados que antes.

Noté en su expresión que le costaba respirar y me sentí un miserable, pero ¿y todo el daño que yo había sufrido?

¿Por qué tenía que olvidarlo sin más? ¿Porque me hiciera unas tortitas absurdas sacadas de internet y me gastara dos bromas? No.