Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 23La bola de cera #3
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23La bola de cera #3

No se sentó. Tampoco se lo pedí. Lo conocía muy bien para saber que permanecería en aquella postura desafiante, con los brazos cruzados en el pecho y sin parpadear hasta que terminase.

Y yo tendría que ser muy buena actriz, porque a Gennaro todavía no se le había escapado un mentiroso.

De hecho, ni siquiera hizo un comentario de todo lo que había repartido en la mesa. No me molesté en ocultar nada.

—Después de que soltáramos a Valentino del cuartel, él me buscó.

—Me giré de cara a la mesa para que no viera mi rostro.

Las imágenes de lo ocurrido la primera vez en mi casa llegaron a mi mente como una tormenta.

Por supuesto, omití el detalle de la vez que lo vi en la iglesia—.

Me dio información sobre los componentes que quedaban de la Mano di Caino, para demostrar su inocencia en la promoción en la que me gradué.

Me giré hacia él y le señalé la mesa para que viera que no mentía. Miró las carpetas sin prestarles atención.

—¿Para qué iba a querer un Sabello demostrar su inocencia? Ellos son la ley en Italia. —Su tono fue desconfiado.

Si no mostraba confianza, no me creería. Y la mentira comenzó a hacerse mucho más grande. Como una bola de cera que vas amasando hasta hacerla enorme. El problema es que, cuando esa cera toca el fuego, se deshace. Y no sabía cuánto iba a tardar yo en quemarme.

—Porque unos días antes un contacto me había dado una SD con información que desconocíamos sobre sus negocios. Sobre lo que manejaba Valentino.

Su mirada se tornó recelosa.

—¿Crees que se ha enterado?

—Estoy segura. —Mentí.

—¿Y el contacto?

—De momento está a salvo, aunque ya le he avisado de que no haga más movimientos. Ha sido peligroso y ya sabemos que los Sabello tienen ojos en todas partes.

Me escudriñó durante unos instantes que se me hicieron eternos.

¿Se me notaría en la manera de andar que estaba dolorida?

¿Que tenía la parte inferior reventada gracias al hombre del que hablábamos?

Tuve que esforzarme para que desapareciera de mi mente, pues la rojez empezó a hacer efecto en mis mejillas.

—¿Has encontrado algo? —me preguntó finalmente.

Asentí. Me llevé las manos a la espalda para tener un punto de apoyo en el que sujetarme y comencé a caminar de un lado a otro del salón. Ni siquiera sabía por qué hacía eso, si andar era insufrible para mis piernas y para cada músculo que rebotaba con cada paso.

—Sabes que tengo a Tiziano de mi parte. Eso está a mi favor.

Ahora Valentino se encuentra en el punto de mira con su nuevo puesto en la mafia.

Eso no es nada nuevo en Italia. —Gennaro me prestó suma atención—.

Si falla porque la Guardia di Finanza le pisa los talones, ¿en qué lugar lo dejará eso con su hermano?

Los labios de mi prometido permanecieron muy juntos. Estaba sopesando su respuesta.

—Por eso ha decidido ponerse de tu lado y no en tu contra —murmuró, no muy convencido—. Para no crearse más enemigos.

Me arrepentí de seguir engordando la bola; sin embargo, ya no podía pararla.

—No todo ha sido tan fácil. —Me toqué la mejilla para que sus ojos apreciaran de nuevo el corte—. Hemos tenido nuestras diferencias, aunque al final hemos llegado a un acuerdo.

Movió la cabeza hacia un lado.

—No te sigo, Bea.

—En la SD que te he comentado, averigüé que en el astillero se movían más cosas que barcos. Y entré, Gennaro. —Me mantuve en silencio unos segundos—. Creo que nos hemos equivocado con la droga. Lo que he encontrado en el astillero es gasolina. Mucha. E intuyo que la mueve por los estrechos.

Exhaló con fuerza y se pasó una mano por la frente.

—Me estás diciendo que esas heridas que tienes ¿son porque te ha pillado?

Cabeceé lentamente, convirtiéndome en una mujer miserable, hipócrita y asquerosa. Creyéndome el papel que estaba plantándole a mi futuro marido, lleno de unas mentiras que decían muy poco de los valores que mi padre me había inculcado en aquella misma casa.

Y quise que la muerte me acogiera.

—También ha servido para llegar a un acuerdo.

Para que sepa con quién se la juega. —«Él jugará contigo las veces que quiera, zorra»—.

Él me ayudará a encontrar a los integrantes que queden de la Mano di Caino y yo le entregaré en bandeja las tres mafias que quieren pisarle los talones. Como I Corvi Neri.

No se movió y me asustó. El corazón me latía frenético, no sabía si me había pillado de nuevo, si no se lo tragaba, si me había dejado algún cabo suelto. Gennaro era un hacha y era muy complicado soltarle una mentira y que funcionara a la primera de cambio.

—Por eso te fuiste con él en el camión, para ayudarlos a cambiar su propia mercancía —dilucidó y asentí—. ¿Por qué no me has contado nada? Al final me has hecho mentir a mí también. Tuve que borrar el registro de las cámaras que grabaron a los Sabello e involucrar a un compañero.

La pregunta le salió dolida, aunque lo demás fue un claro reproche que no pude rebatirle.

Dejé mis manos caer a ambos lados del cuerpo y hundí los hombros.

Los ojos se me nublaron por usar aquella farsa como excusa para no contarle que había estado disfrutando como una cerda con otro hombre que no era él, pese a que ese desgraciado me había hecho atrocidades.

—Me he obsesionado con esto —me excusé—.

Tú estabas ilusionado con la boda y yo no estoy dando todo de mí, lo sé.

Decírtelo habría desembocado en otra bronca.

Y lo que menos me apetece es que estemos así —nos señalé—, como si fuésemos dos desconocidos que ni siquiera saben si van a casarse dentro de una semana y poco.

El gesto se le endureció, pero lo vi. Había cedido. Lo supe en el instante en el que sus hombros se relajaron y descendieron una milésima. Cerró los ojos abatido y quise morirme por el daño que le causaría si algún día se enteraba de la verdad.

No, desde luego que me lo llevaría a la tumba, pagando el precio que fuera.

Dio una zancada firme, se plantó delante de mí y recogió una de mis mejillas con una mano. Me acercó a él y me besó sin esperas, con ese anhelo de una persona que sí te quiere. Que te quiere para bien, que desea lo mejor para ti y que siempre buscaría la forma de mantenerte segura.

Sentí la calidez ardiente de su lengua, su cuerpo pegándose al mío con frenesí, con ganas de que nuestras pieles se fundieran en una sola, y entonces el pánico se apoderó de mí. Por más que lo deseara, no debía permitirlo.

—Gennaro... —lo interrumpí cuando sus manos se dirigieron al bajo de mi camiseta. Lo frené a tiempo.

Dios mío, si veía las marcas de mis caderas estaba perdida.

—Déjame que te demuestre lo desconocida que eres para mí, Bea —musitó ronco y mordió el lóbulo de mi oreja.

Jadeé y apoyé las manos en su pecho. Me empujó hacia atrás, mi espalda se golpeó con la pared y su miembro impactó contra mi pelvis.

Vi las estrellas. Se me cortó el aliento y lo disimulé.

No había un dolor brutal, pero sí una molestia que me advertía de que nada debía acercarse a esa zona ni por asomo.

—Gennaro...

No logré reclamar su atención. Sus labios se posaron sobre los míos, siguieron el recorrido de mi mejilla y besaron hasta el último rincón de mi rostro, incluida la herida.

Después de eso, descendió hasta mi cuello y temí porque los dedos de Valentino se hubieran clavado allí cuando me agarró.

¡Mierda! Eso no lo había mirado, aunque tenía la excusa perfecta de habernos liado a golpes.

No me la jugué. Sujeté sus mejillas con ambas manos y elevé su rostro. Sus ojos desprendían un fuego abrasador y me maldije por ello, pues lo deseaba con la misma intensidad de siempre.

Aunque en mi cabeza unos ojos verdes no me dieran un respiro.

—Estoy con la regla. —Me inventé.

—Me da igual.

Fue a deshacerse de mis manos y se afanó en alcanzar mis pantalones.

La respiración se me cortó y lo frené a toda prisa.

Gruñó y se aplastó contra mí. Elevó las manos en el aire para detenerse, después se pasó una por la boca, alterado, y cuando se giró suspiró con fuerza.

La regla no había sido un impedimento anterior para nada y me pareció una excusa de mierda.

—Están siendo unos días regulares. Me duele bastante y...

Lo escuché chasquear la lengua. Se volvió de cara a mí, me contempló sin tiempo siquiera de ocultar la rabia que había crecido en su bonita mirada, besó mis labios de manera casta y añadió:

—Acabo de recordar que tengo que regresar al cuartel. Se me han olvidado unos informes.

—Gennaro. —Me separé de la pared para frenarlo.

—Llámame cuando te encuentres mejor, si te apetece —matizó con desagrado.

—¡Gennaro! —traté de detenerlo cuando abrió la puerta.

Me habría dado tiempo a llegar a la calle y correr detrás de él; pero no lo hice. Era lo mejor para que no lo descubriera. Lo malo de aquello era que yo le había soltado una excusa que había cazado al vuelo y él había utilizado mi misma táctica.

De Cefalú a Palermo había setenta kilómetros.

Nadie se daba ese viaje para recoger unos informes que podría hacer al día siguiente .

Me había pagado con la misma moneda. Y ahora no sabía si el resto de mi historia había ganado credibilidad o también se había venido abajo. Solo esperaba no haber alimentado a la bestia detectivesca que Gennaro llevaba dentro, o lo descubriría todo.

El rugido de su coche fue seguido de un acelerón que me indicó que se iba.

Y tuve la certeza de que perdería algo sin saber todavía cuánto.