Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 23La bola de cera #2
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23La bola de cera #2

Creía en mi trabajo, en la ley y en que había personas a las que alguien tenía que detener antes de que destrozaran la vida de otras.

Había elegido aquel camino por una razón y seguía sintiéndome orgullosa de la mujer en la que me había convertido.

Mi padre había tenido mucho que ver con ella.

Con mi manera de enfrentarme a las situaciones, con esa necesidad casi enfermiza de buscar respuestas y con la certeza de que hacer lo correcto seguía siendo importante.

Y Valentino Sabello representaba demasiadas cosas contra las que yo llevaba años luchando.

La gasolina era la última.

Me puse en pie y entré en la casa.

Había dejado sobre la mesa todo lo que había recogido antes de marcharme: el mapa que había ocupado las paredes de mi casa en Roma, las carpetas y la tarjeta SD.

Me detuve delante de todo y apoyé ambas manos sobre la madera, arrepintiéndome al instante cuando el corte de la palma protestó.

La SD que contenía información sobre el astillero la había revisado otra vez.

Había datos, movimientos, referencias suficientes para confirmar que los Cantieri Navali Sabello tenían mucho más peso dentro de su estructura de lo que cualquier investigación oficial había conseguido demostrar, pero ni una sola mención a los bidones que había encontrado.

Nada sobre gasolina. Y eso era inquietante, porque siempre había flecos, personas que deseaban joderte la vida y hablar, aunque tuvieran miedo.

Tanto tiempo intentando averiguar qué movía, cómo lo hacía y por qué siempre conseguía quedarse un paso por delante de nosotros, y la respuesta había estado almacenada delante de mis narices en un astillero que, sobre el papel, era desesperantemente legal. Podría seguir, claro que sí .

Pero esa certeza apareció tan rápido como la rechacé.

Tenía información, pruebas. Sabía qué debía buscar ahora y conocía suficientes movimientos anteriores como para empezar a cruzar datos hasta encontrar una ruta, un barco, una empresa o cualquier error que hubiera cometido. Pero también sabía lo que ocurriría si continuaba.

Volvería a acercarme a él. Y ya no confiaba en mis motivos para hacerlo.

Aquello fue más doloroso de admitir que todo lo anterior.

Hasta ese momento había podido escudarme en mi trabajo cada vez que Valentino y yo terminábamos frente a frente.

Era una investigación. Una pista. Una operación.

La Mano di Caino. Cualquier cosa servía para justificar que nuestros caminos continuaran cruzándose.

Pero después de lo ocurrido en el astillero ya no estaba segura de diferenciar cuándo perseguía a Valentino porque era policía y cuándo encontraba una excusa para volver a tenerlo cerca. Cuándo algo invisible tiraba de mí.

Y eso me aterraba. Me aterraba engancharme a ese deseo de ser sometida.

Cogí el teléfono. Elia llevaba tiempo ayudándome a moverme por lugares en los que ninguno de los dos debería haber estado metiendo las narices y, si Valentino descubría hasta dónde había conseguido llegar gracias a él, no quería imaginar qué podría ocurrirle.

Bastantes pistas le había dado ya metiéndome en el astillero, sin que me hubiera dejado explicarme.

Abrí el canal que utilizábamos para comunicarnos y escribí un mensaje escueto:

Yo:

Cierra todo lo relacionado con él.

No busques nada más hasta que yo te diga lo contrario.

La respuesta tardó menos de un minuto:

Desconocido:

¿ Ha pasado algo ?

Me quedé mirando la pantalla. Podría contarle una parte; aun así, preferí mantenerlo al margen para que no le ocurriera nada.

Yo:

Nada que debas saber. Hazme caso. Se acabó.

Los tres puntos aparecieron durante unos segundos y desaparecieron. Después regresaron con una frase que me alertó.

Desconocido:

De acuerdo. Pero he encontrado algo anoche, antes de que me escribieras.

Cerré los ojos. El universo también tenía un sentido del humor de mierda. Le dije que no quería saberlo, pero él insistió en que sí. Dejé el teléfono en la mesa y, tras meditarlo, di una vuelta por el salón y aquella curiosidad volvió a hacerse cargo de mis sentidos. Le pregunté, por supuesto.

Elia no respondió inmediatamente y aproveché esos segundos para repetirme que daba igual lo que hubiera encontrado.

Mi investigación terminaba allí. No pensaba volver a acercarme a los Sabello ni continuar buscando información sobre la gasolina, pese a que eso implicara tardar más en descubrir quién me había colocado el expediente de Valentino a posta.

Quién pretendía que me acercara tanto a los Sabello.

Tampoco pensaba volver a poner en peligro a nadie más por una obsesión profesional que empezaba a confundirse demasiado con otra clase de obsesión.

Ya me encargaría yo sola de buscar a los integrantes de la Mano di Caino, sin ayudas, sin intermediarios y sin pedir favores a nadie.

Incumplí mi propósito antes incluso de terminar el pensamiento. Cogí el teléfono en cuanto sonó. Esa vez había un mensaje más largo de Elia:

Desconocido:

Mañana por la noche. Roma. Hay una fiesta privada.

He cruzado la lista parcial de invitados con los nombres que me pediste investigar y aparecen varios relacionados con la Mano di Caino.

No sé qué van a hacer allí, pero no creo que coincidan por casualidad.

Ya sé que tenías las localizaciones pero..., así será más fácil.

Un colega me ha dado una invitación. Aquí la tienes.

Me dejé caer en el sofá con lentitud y volví a leerlo. No podía ser verdad. Salía de una y me metía en otra peor.

Dejé el teléfono junto a las carpetas y me obligué a mirar hacia otro lado, aunque mi cabeza ya había empezado a trabajar por su cuenta.

Una fiesta privada implicaba demasiada gente, movimiento, posiblemente seguridad y, sobre todo, una oportunidad para observar sin que nadie supiera quién era.

No necesitaba montar un operativo. Ni siquiera tenía que informar a Leandro mientras no supiera si Elia había encontrado algo real de lo que tirar.

Podría ir sola, camuflarme, ver a los componentes que quedaban de la banda y marcharme. Así averiguaría cómo se movían, si tenían algo entre manos y cómo podría pillarlos. Ya más tarde informaría a Gennaro para intentar preparar una operación sin que Leandro nos cazase y...

El golpe en la puerta consiguió que levantara la cabeza.

No solo fue eso lo que levanté, pues el corazón pareció querer salir disparado de mi pecho. Me quedé fija en la entrada, sin pestañear y sin saber qué hacer. Busqué a Draco en su enorme cojín. Se había levantado, preparado para un asalto. No ladró, simplemente esperó a que yo le diera la orden.

Nadie conocía que estaba allí salvo Leandro y, hasta donde yo sabía, mi general no tenía ninguna intención de recorrer media Sicilia para comprobar si estaba aprovechando correctamente los días que le había pedido.

Me levanté y atravesé la estancia. El segundo golpe llegó antes de que alcanzara la puerta, más fuerte que el primero, y algo en la insistencia me hizo mirar por una de las ventanas laterales.

Reconocí el coche y mi estómago se encogió.

Era Gennaro.

Suspiré pegada a la madera antes de abrir.

Cuando lo hice, me lo encontré al otro lado, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión bastante menos incendiaria que la última vez que lo había visto, aunque tampoco parecía haber conducido hasta Cefalú dispuesto a fingir que entre nosotros no había ocurrido nada.

Me observó en silencio durante unos segundos y distinguí el momento exacto en el que su atención pasó de mis ojos al corte de la mejilla.

La mandíbula se le tensó pero no comentó nada. Agradecí las mangas largas de mi camiseta, para que también ocultaran los grandes cardenales que me habían salido en las muñecas. Fue entonces cuando fui consciente de la situación.

Gennaro estaba allí.

Y las marcas de mi cuerpo no tenían justificación.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté con brusquedad y Draco apareció enseguida para que le rascara la cabeza.

Soltó el aire por la nariz y desvió la mirada hacia el mar antes de volver a fijarla en mí. Se movió hacia Draco, le prestó atención primero a él y, cuando el peludo ya estuvo satisfecho y lo chupeteó, se retiró a su cojín.

—Mi padre me ha dicho que le has pedido varios días y que te habías venido a Cefalú.

—Hizo una pausa, y aquel pequeño gesto suyo de prensar los labios me dejó claro que la conversación que había mantenido con el general no debía de haber sido precisamente corta—.

También me ha dicho unas cuantas cosas que, según él, debería pensar antes de volver a abrir la boca contigo.

Empecé a sentirme mal. Muy mal.

—¿Y las has pensado? —musité. Los ojos se me cristalizaron con esa capa acuosa tan indeseable.

Me dolía lo que estaba pasando. Me dolía no entenderme y me dolía tener que volverle a mentir. Yo quería a Gennaro, pero era indiscutible que deseaba a Valentino. Y eso me convertía en un ser despreciable. Era consciente.

—Durante todo el camino.

No sonrió. Yo tampoco.

—¿Y? —susurré.

—Que sigo cabreado, Bea. —Esta vez su voz sonó más calmada, aunque no menos firme. Se calló durante unos instantes antes de decir—: Y que sigues habiéndome mentido.

Agaché la mirada.

—Gennaro...

—Pero también sé que te quiero y que dentro de una semana y media se supone que voy a casarme contigo. Así que... —Se llevó un puño a la boca y de nuevo miró al mar—. He preferido venir hasta aquí antes que quedarme en Palermo esperando a ver cuál de los dos es más orgulloso.

Volvió a fijarse en mi mejilla; después descendió hasta mi mano y su expresión cambió a una más dura. Tomé el suficiente aire, abrí la puerta y lo invité a entrar, preparándome para la gran confesión a medias.