23La bola de cera
La bola de cera
Mi pequeño y hermoso santuario. Allí había tenido que salir despavorida el día anterior. Había regresado buscando refugio y, por primera vez, ni aquella casa conseguía protegerme de mí misma.
No se me había ocurrido otro lugar al que ir, quizá porque Cefalú siempre había sido eso para mí: el sitio al que regresaba cuando necesitaba encontrarme de nuevo.
Aquella casa había formado parte de mi vida sobre todo desde que mis padres se separaron y mi padre decidió instalarse en una de las construcciones antiguas del pueblo pesquero que parecían haberse levantado desafiando al mar.
Estaba encajada entre las rocas, con la fachada castigada por el salitre y unas contraventanas de madera que él se había negado a cambiar incluso cuando comenzaron a quejarse cada vez que soplaba el viento.
Desde la pequeña terraza podía ver la playa, parte del puerto y aquel Mediterráneo que por las mañanas parecía empeñado en entrar por las ventanas.
En Cefalú había aprendido muchas de las cosas que todavía formaban parte de mí.
No solo porque mi padre había tenido una paciencia infinita para enseñarme todo lo que despertaba mi curiosidad, sino porque fue en esa casa donde comenzó a tratarme como si ya fuera capaz de comprender el mundo de los adultos cuando todavía me quedaban demasiados años para hacerlo.
Nunca me habló como a una niña estúpida ni intentó apartarme de los problemas que habían terminado separándolo de mi madre. Me enseñó que podía quererlos a los dos sin sentir que traicionaba a ninguno y, sobre todo, consiguió que aquel lugar se convirtiera en algo nuestro.
Mi atención se desplazó hacia la barca que descansaba cerca de la orilla.
Seguía allí.
De madera, pintura roja y blanca y suficientes reparaciones a lo largo de los años como para que ya no supiera distinguir qué partes pertenecían a la primera que construimos juntos y cuáles habían ido sustituyéndose después.
Mi padre se había empeñado en hacerla conmigo cuando yo todavía era demasiado joven para comprender por qué demonios alguien prefería pasarse meses construyendo una barca pudiendo comprarla.
Protesté durante buena parte del proceso y él me aseguró que algún día entendería que las cosas hechas con nuestras propias manos tenían una manera diferente de quedarse con nosotros.
Odiaba reconocer las veces que había tenido razón.
Me abracé las piernas doloridas y amoratadas por algunas zonas y apoyé la barbilla sobre las rodillas mientras observaba cómo el agua alcanzaba las rocas y retrocedía dejando una espuma blanca que desaparecía pocos segundos después.
No había dormido una mierda.
Apenas conseguí cerrar los ojos y, cuando lo hice, mi cabeza decidió que descansar estaba sobrevalorado y comenzó a devolverme imágenes que habría preferido enterrar.
Bajé la mirada hacia mi mano, avergonzada. Los ojos se me llenaron de lágrimas de manera inmediata.
El corte atravesaba parte de la palma y tiraba de la piel cada vez que cerraba los dedos.
Lo había limpiado y cubierto al llegar de madrugada, pero esa mañana terminé quitándome el apósito porque me molestaba.
Pasé el pulgar de la otra mano alrededor de la herida, sin tocarla directamente, y el recuerdo apareció con una facilidad que me hizo apretar la mandíbula.
¿ Cuántas veces iba a hacerme sangrar Valentino ?
Había llorado tanto que creí que no me quedaban más lágrimas en el cuerpo. Por todo y por nada. Por la impotencia y, tal vez, por empezar a reconocer lo que estaba pasando. Y lo había hecho mientras me contemplaba en el espejo de pie de mi habitación adolescente, desnuda.
Había cardenales en mis caderas. Grandes. De unos dedos firmes y fuertes.
Había marcas en mis muslos, en mis cachetes. ¿Cuándo me había sostenido de esas zonas si ni recordaba haberlo sentido? También había marcas donde sus dedos se habían hundido en mi sexo y, al ir al baño, el escozor había sido insoportable. Y había visto sangre.
Aquel animal me había hecho pequeños desgarros en la vagina, como también me había provocado algunas fisuras en el ano. Lo había reconocido de inmediato cuando apenas pude mear. Cuando apretar se convirtió en una agonía.
Las manchas de sangre desaparecieron a lo largo de la mañana, pero el dolor físico seguía, aunque más lo hacía el mental. Porque, pese a todo lo que me había hecho, yo solo era capaz de recordar en bucle una cosa.
Él se había postrado de rodillas. Delante de mí .
« Me tienes de rodillas, lupina ». Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas con el siguiente recuerdo . La escena regresaba como una jodida película. Sin parar.
Mi atención se clavó en sus preciosos ojos, sin titubear.
Después, en su miembro. Gordo. Venoso. Muy hinchado y tan mojado que me relamí.
Más que eso, fue mi cuerpo el que reptó por el suelo hasta llegar a él, sin necesidad de que me lo ordenara.
Y se la chupé. Con tantas ganas y tanta agonía que Valentino ni siquiera se movió una vez.
Permaneció quieto mientras yo lamía toda la base, me la introducía en la boca como una auténtica depravada y chupaba y chupaba sin dejar de mirarlo, ayudándome con mis manos para masturbarlo.
Lo peor de todo aquello no fue ver cómo me cedía el control.
Lo peor fue que sus labios se entreabrieron, sus gemidos llegaron a mis oídos y me sentí victoriosa porque le gustaba.
Le gustaba lo que yo le hacía.
Entonces llegó el momento en el que solo deslizó una mano por mi mejilla, sujetó mi coleta en un puño y apretó las muelas. Lo sentí turgente, a punto de correrse, y tampoco tuve la necesidad de que me dijese nada, porque yo misma me bebí hasta la última gota.
Y me relamí cuando hube acabado.
¿ Quién era yo, Dios mío ?
Miré mis dedos con la garganta comprimida por el llanto.
Todavía recordaba el cable de acero deslizándose sobre ellos la primera vez.
El dolor. La rabia, el miedo. Las ganas de arrancarle la sonrisa de la cara mientras él parecía disfrutar llevándome al límite.
Entonces lo había odiado. O, al menos, eso era mucho más sencillo de afirmar que todo lo que había venido después.
Subí la mano hasta mi mejilla.
La yema de mis dedos recorrió la herida con cuidado.
No necesitaba cerrar los ojos para verlo acercándose ni para recuperar el sonido de su respiración, de su cuerpo contra el mío o aquella forma salvaje que había tenido de apoderarse de cada espacio de mi cuerpo hasta conseguir que todo lo demás dejara de existir.
Porque me había rendido, pese al dolor; me había rendido a un placer que no había experimentado jamás.
Y ese era precisamente el problema.
Que debería estar furiosa. Lo estaba, de hecho. Pero no solo estaba enfadada.
Dejé caer la mano y miré hacia el mar, como si en algún punto entre las olas pudiera aparecer una explicación que llevaba horas sin conseguir encontrar dentro de mí.
Había ido a Cefalú para pensar con claridad, para alejarme de Roma, del cuartel, de Gennaro y, sobre todo, de Valentino, aunque empezaba a descubrir que recorrer cientos de kilómetros servía de poco si después la masoca era yo. No debí hurgar en el astillero. Lo había sabido desde el principio.
Me gustaba Valentino.
Tragué saliva por la admisión.
Quizá llevaba demasiado tiempo evitando utilizar esas dos palabras porque decirlas convertía en real algo que prefería mantener enterrado bajo el deseo, la curiosidad o cualquiera de las excusas que me había inventado desde que aquel hombre apareció en mi vida para desmontarla.
No había forma de esconderme de aquello en Cefalú, en Roma ni en ninguna parte.
Y no se trataba únicamente de su físico, aunque habría tenido que estar ciega para negar que aquel desgraciado parecía haber sido diseñado específicamente para tocarme los ovarios en todos los sentidos posibles.
Me gustaba su seguridad, su arrogancia insoportable con la que caminaba por el mundo como si nada pudiera doblegarlo, la inteligencia que escondía detrás de muchas de sus barbaridades y hasta esa manera tan suya de proteger a los suyos mientras fingía que nada le importaba. Mientras se volvía hermético.
Y también me gustaba algo más difícil de aceptar.
Me gustaba lo que hacía conmigo. Las salvajadas a las que me sometía.
Cerré los ojos unos segundos, ahogué un lamento con mi mano y el astillero regresó de golpe.
La oscuridad, el sonido del agua, sus manos, la sensación de no tener el control y de saber que era él quien decidía hasta dónde llevarme.
Había intentado enfrentarme a esa realidad desde que desperté, buscando una forma menos cruda de explicármela, pero no existía.
Me gustaba que Valentino me sometiera.
Me gustaba sentir aquel poder suyo sobre mí, la incertidumbre de no saber qué iba a hacer a continuación y ese peligro constante que aparecía cada vez que lo tenía cerca.
Lo más desconcertante era que en cualquier otra situación aquello habría despertado todos mis mecanismos de defensa.
Era policía. Había dedicado mi vida a entrenar para que nadie pudiera reducirme, inmovilizarme ni decidir por mí y, sin embargo, con Valentino existía una parte de mí que disfrutaba precisamente cuando conseguía hacerlo.
¿ Qué decía eso de mí ? ¿ Qué decía eso de la Beatrice que se había arrastrado para chupársela sin pensárselo ? ¿ Qué decía de la persona que se había quedado como un trapo viejo mientras él se largaba de allí y me dejaba sola ?
Sola. Y hundida.
Sola.
Era la tercera vez que me dejaba sola, como si no valiera nada. Como si haberse quedado satisfecho fuera suficiente para no mirarme a la cara hasta la siguiente vez.
Como si fuera una... puta.
Las preguntas llevaban persiguiéndome desde que abandoné el astillero arrastrando mis pies, hecha un desastre y tan demacrada que daba miedo verme.
Yo no era como él. No quería serlo.