Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 22Un depredador #3
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22Un depredador #3

Y entonces mi obra maestra se quedó suspendida en el aire, con las piernas y los brazos elevados y recogidos hacia arriba, las manos muy próximas a los pies, pareciendo una V cerrada. Pendía de aquella estructura exactamente a la altura que yo quería.

Donde la encajaría con precisión sobre mi polla.

Noté el pantalón abultado, las manos temblorosas de nuevo y una adrenalina que pocas veces lograba recorrerme las venas.

Una emoción que solo conseguía la zorra que tenía colgada.

Y eso iba a terminarse.

—¡¡Socorro!! ¡¡Ayuda, por favor!!

—Puedes gritar lo que quieras. Nadie va a venir a salvarte.

—¡Valentino, para! ¡¡Valentino, por Dios, para!! ¡Escúchame! ¡No es lo que piensas!

Pero yo no quería explicaciones. No quería saber nada. Ella había entrado allí para matar su curiosidad. Yo iba a darle de su propia medicina. A enseñarle que la curiosidad mató al gato. A dejarle claro quién mandaba en ese astillero y, por supuesto, a sacármela de la mente como fuera.

Extraje el cuchillo de la cinturilla del pantalón, lo elevé y vi cómo abría los ojos mientras negaba con la cabeza frenética. Su pelvis se movió hacia arriba, en otro intento por que el arma no se acercase a ella.

—Valentino, ¡ deja de hacer tonterías y detente! ¡Esto ya lo habíamos hablado! ¡No puedes tocarme! ¡¡Valentino!!

—Si te mueves, te cortaré el coño, lupina. Tú decides.

Coloqué una mano en su vientre, la empujé hacia abajo y ella pareció dejar de respirar cuando acerqué el cuchillo de caza.

El corte fue limpio, casi preciso, y rasgó toda la tela de su pantalón hasta el culo, abriéndolo por la mitad.

No contento con eso, tiré el arma al suelo, metí las manos entre los bordes de la tela y los rasgué hasta encontrarme con su ropa interior, también rota por algunas zonas.

La destrocé.

De un tirón seco y enérgico.

Me disocié por un momento cuando lo vi. Su coño estaba mojado, rosado, deseoso, pese a los lamentos de su dueña, quien cada vez mostraba menos resistencia y había dejado de dar bandazos en el aire para clamar una rendición por mi parte que no llegaría.

Tragué saliva, me acerqué de una zancada y hundí la boca en él.

Tuve que cerrar los ojos para contenerme. Para no devorarla hasta matarla, cuando noté cómo arqueaba la espalda y dejaba caer el peso de su cuerpo. ¿Cómo podía negarme lo evidente? Y pensé que, paso a paso, aquello calmaría mi ansiedad de poseerla.

Todo lo contrario. Fue acrecentándola tanto que los nervios me pudieron y, mientras permanecía con la boca pegada a su coño, me desabrochaba el pantalón para liberar a la bestia, a la que cubrí con el preservativo que me había guardado en el bolsillo.

Mordí su sexo. Lo mordí con tanta rabia que gritó con fuerza y se sacudió.

—Pides ayuda cuando estás deseándolo, agente Costa —ironicé separándome.

Pulsé el botón de la máquina para que descendiera unos centímetros. Muy pocos.

—Valentino, no lo hagas, por favor, no lo hagas...

Aferré uno de sus muslos con una mano, coloqué mi verga en su entrada y, sin apartarle la mirada, le dije:

—Ya le has sido infiel a tu tenente, lupina. Ahora vas a pedirle clemencia a tu rey.

Y sin esperas, me introduje en ella de una brutal embestida que supe que le provocaría un gran dolor.

No estaba preparada para mi tamaño y tampoco lo había hecho con la calma que precisaba para no hacérselo.

Había ejecutado el movimiento a sabiendas de que al día siguiente le dolería, de que, con seguridad, en el proceso comenzaría a sangrar de manera mínima, como ocurriría cuando la profanara por detrás.

Un grito de dolor llegó a mis oídos. Ese fue el detonante para que mis ojos no se apartaran de los vaivenes bruscos.

De mis acometidas mortales. De cómo entraba y salía de ella sintiendo un placer tan intenso que me desbordaba, pero que conseguía mantener a raya para no correrme como un chiquillo al escucharla pedirme que parase.

Apreté la mandíbula, sediento por dejarme llevar.

—¡Va... len... tino! —clamó por los abruptos movimientos—. ¡Me duele! ¡Por favor, para! —Sonó a lamento.

Y mientras decía aquello, yo notaba cómo sus paredes me absorbían, cómo su cuerpo se contraía, cómo se dejaba caer sobre las mismas cadenas, las cuales apretaba con vehemencia. Cómo sus nudillos se tornaban blanquecinos por la fuerza con la que se aferraba a ellas.

Cómo escuchaba sus putos gemidos camuflados por las olas del agua.

Vi las primeras manchas de sangre en el condón.

No lograba apartar la mirada de nuestra perfecta unión.

No estaba siendo delicado. Me estaba comportando como un jodido animal y, pese a eso, un jadeo ahogado se escapó de sus labios.

Me volvió loco escucharlo de su garganta, que permitiera que ese sonido fluyera tan fuerte como las olas furiosas que golpeaban el muro.

Cómo yo la golpeaba a ella sin piedad. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Hasta que se corrió descontrolada y tiró de las cadenas, provocando que fuese imposible disimular que acababa de tener el mayor orgasmo de su vida, con un cabrón al que le había suplicado que no lo hiciera.

La cabeza se me fue cuando, al abandonarla, escuché cómo un quejido anhelante se escapaba de sus labios con los últimos rescoldos del orgasmo.

No logré pronunciar una sola palabra, pues aquello habría roto la poca calma que me quedaba y habría tenido que matarla por atreverse a disfrutar siquiera de esa forma.

No lo medité. Pulsé el panel y la hice descender hasta dejar su cuerpo mucho más cerca de la plataforma.

Me acerqué a la parte delantera y liberé la cincha que mantenía apresadas sus muñecas.

El torso se le venció hacia atrás en cuanto sus brazos quedaron libres, todavía con las piernas recogidas arriba y sostenidas por la otra sujeción.

Aprecié aquel pecho subir y bajar demasiado deprisa y, sin quitarme los ojos de encima, pese a sus mejillas ardiendo de la vergüenza, me miró suplicante:

—Detén esta locura, Valentino.

No hice caso de su súplica sin aliento. Sujeté su cuerpo antes de que continuara balanceándose y lo giré con brusquedad hasta obligarla a apoyar las manos sobre la rejilla de la plataforma, mientras sus tobillos permanecían elevados detrás de ella.

Después ajusté la altura del polipasto para tensar únicamente la sujeción de sus piernas y dejarla exactamente como quería.

Introduje los dedos en su sexo, impregnándome de su esencia y encontré pequeñas manchas de sangre. Su cuerpo se estremeció, y se tornó rígido en cuanto los deslicé hacia la parte trasera.

—Valentino. —Se revolvió y reí de manera macabra.

—¿Tienes miedo, lupina?

—No lo hagas. Valentino, así no..., yo..., yo no...

Acerqué su cuerpo a mi falo y coloqué la punta en la entrada de su trasero, ignorando lo que había querido decir. Me daba igual ser el primero en enterrarme allí.

Ella iba a recordarlo toda su puta vida.

—La próxima vez que decidas tocarme los cojones, te follaré delante de tu tenente Caputo.

—¡Valen...!

No tuvo tiempo de terminar de pronunciar mi nombre.

La empalé como un salvaje. Y supe con toda certeza que había tenido que reventar de dolor.

Lo supe por su lamento, por el aullido, por la rigidez de su cuerpo cuando comencé a bombear con tanta intensidad que creí que la partiría y se desmayaría por el sufrimiento.

Y, sin saber el motivo, me encontré llevando una de mis manos a su clítoris para masajearlo.

Continuaba demasiado excitado. Hinchado. Grande. Expectante. Tanto que no tardó en recuperar el deseo que la corrompía lentamente por dentro. Le gustaba. Le gustaba porque su cadera se movió de manera involuntaria hacia atrás, buscando más fricción pese al dolor punzante.

Pese a que yo seguía y seguía follándomela como un desalmado.

Y, por segunda vez, su espalda se arqueó, sus dedos perdieron el contacto con la rejilla y se rindió al placer que la arrolló, que la sepultó en una vorágine de lujuria oscura y desmedida. De esa que Beatrice llevaba dentro y no sabía controlar.

Le di más, por supuesto que le di más. Ya no sabía si castigándome a mí u otorgándole a ella todo lo que quisiera.

¿Qué diablos me ocurría? Las ganas de liberarme estaban consumiéndome, y cuando noté que empezaban a fallarme las fuerzas y que no conseguiría otro asalto de ese calibre con la misma intensidad, decidí darlo por finalizado.

Ya no aguantaba la retención de mis propios gemidos, de mis jadeos. De los gruñidos que cada vez eran más sonoros. De los claros indicativos de que me gustaba tanto que no sabría parar hasta que se desmayara.

Salí de su cuerpo a regañadientes, pulsé el mando y fui haciendo descender sus piernas hasta que dejaron de quedar suspendidas. Cuando sus rodillas alcanzaron la plataforma, liberé la última cincha y su cuerpo terminó vencido sobre la rejilla.

La rodeé, me coloqué de frente y me arrodillé delante de ella sin saber el motivo. Le levanté la cabeza.

Había excitación, agotamiento, rabia, enfado, lágrimas de lamento y un deseo incontrolable que brillaba en sus ojos, ahora más oscuros y rasgados que nunca.

Con una mano me deshice del preservativo, lo dejé a un lado para tirarlo después y con la otra me fui a su boca para delinear con mi pulgar su labio inferior, embelesado por aquella belleza antinatural.

Sus manos permanecieron apoyadas en las rejillas de la plataforma y, sin apartarme la mirada ni por un instante, murmuré hechizado:

—Me tienes de rodillas, lupina.

No quise encontrarle el doble sentido a lo que acababa de soltar por la boca. No lo pensé porque eso habría sido aceptar algo que me haría caer en picado.

De lo que sí fui consciente fue de su silencio, de su boca entreabierta. De cómo estiró su cuello, reptó con su cuerpo y llegó hasta mi polla erecta, sin romper el contacto visual, hasta que se la metió en la boca.

Hasta el fondo.

Hasta que la última gota se perdió en su garganta.