22Un depredador #2
Aquel espacio era mucho más amplio que los almacenes y los talleres por los que había pasado.
El techo se elevaba varios metros y estaba atravesado de un extremo a otro por enormes vigas metálicas sobre las que discurría el puente grúa que utilizábamos para mover motores, embarcaciones pequeñas y cualquier carga cuyo peso hiciera imposible hacerlo de otra manera.
De la estructura descendían cables de acero, cadenas, poleas y varios ganchos que permanecían inmóviles después de terminar la jornada.
Había dos lanchas apoyadas sobre sus cunas de mantenimiento, una de ellas todavía desmontada por la popa y la otra cubierta parcialmente con una lona oscura.
A los lados quedaban plataformas metálicas, carros con herramientas, escaleras móviles y una de las pequeñas grúas auxiliares que utilizábamos para sacar determinados motores de los cascos.
A aquellas horas todo adquiría un aspecto diferente.
Las luces de emergencia apenas alcanzaban determinadas zonas y el resto permanecía sumido en sombras, mientras que, al fondo, uno de los grandes portones que comunicaban la nave con la zona de botadura dejaba una pequeña separación por la que entraba el aire húmedo de la noche.
También el sonido del agua llegaba desde allí. No era fuerte, aunque sí constante, con ese choque suave contra el muelle que se extendía por la nave y se mezclaba con algún crujido ocasional del metal.
Beatrice se quedó quieta varios segundos. Después elevó la linterna. No sabía si tenía miedo o no; el sitio podía parecer lúgubre a esas horas y, de nuevo, me encontré sonriendo, ahora con mi enorme cuchillo de caza en la mano.
¿ Y si me convertía en ese depredador ?
El haz de luz recorrió uno de los cascos, pasó por las plataformas y ascendió hasta perderse entre las vigas y las estructuras del puente grúa. Se fijó incluso en uno de los ganchos suspendidos a varios metros del suelo antes de volver a bajar la luz.
No encontraría nada. En aquella zona reparábamos embarcaciones y poco más.
No había documentos, bidones ni mercancía que pudiera relacionarme con ninguna operación, aunque su puñetero instinto policial continuó obligándola a avanzar entre las lanchas mientras inspeccionaba matrículas, herramientas y cualquier rincón que pudiera esconder algo.
Me pasé una mano por el mentón observándola.
Llevaba horas esperando exactamente aquel momento y, ahora que estaba allí, podría haber abierto el sistema de megafonía y preguntarle qué cojones hacía en mi propiedad.
Podría haberle bloqueado los accesos para que permaneciera allí durante toda la noche hasta el día siguiente para encontrármela de frente y que tuviera que darme explicaciones .
Pero yo no jugaba en esa liga tan infantil.
No quería hacer ninguna de esas cosas.
Lo que quería era bajar.
La idea llevaba todo el día conmigo, engordando a cada hora que pasaba y convirtiéndose en la solución más lógica a aquel problema absurdo que Beatrice me había creado.
Si no podía dejar de pensar en ella porque había dejado algo a medias, lo terminaría.
Si necesitaba saber cómo era tenerla de verdad para perder el interés, lo averiguaría.
Y después de follármela hasta reventarla, saldría de mi mente para siempre.
Ella regresaría con su teniente, yo seguiría con mi vida y aquella absurda obsesión se iría exactamente por donde había venido.
Miré por última vez la pantalla y golpeé la mesa con la empuñadura del cuchillo.
Beatrice acababa de internarse entre las dos embarcaciones, ajena a que no había una sola persona más en todo el astillero y a que el sonido del agua que llenaba la nave podía tragarse perfectamente unos pasos si alguien sabía caminar sin hacer ruido.
Apagué los monitores, abrí el primer cajón para coger un par de envoltorios necesarios, me levanté del sillón y salí del despacho.
La caza acababa de comenzar.
Noté la boca inundada de saliva, las manos comenzaron a picarme mientras caminaba decidido, cogiendo los atajos que me llevarían más rápido a la nave de varada.
Me pegué todo lo que pude a la pared, caminando por las plataformas metálicas casi sin respirar, pese a que el corazón me tronaba en el pecho.
En menos de medio minuto habría llegado.
Abrí con mi huella una puerta de acceso situada en el extremo opuesto al que ella había utilizado. Atisbé su figura agachada junto a una de las lanchas, justo al lado de una de las grúas. Si se levantaba con rapidez, con toda probabilidad acabaría enganchada.
Los ojos me brillaron con perversión.
El acceso se cerró a mi espalda y me escondí con rapidez detrás de una de las columnas cuando se incorporó veloz al escuchar el ruido.
—¿Hay alguien ahí?
Su pregunta vibró en la nave y se mezcló con el oleaje que chocaba contra el muro. Podía oler su miedo en la distancia. Escuchar el latido de su corazón acelerado, como lo estaba el mío.
Desvié un paso hacia la derecha, oculto y pendiente de que no me viera. Si continuaba por la plataforma secundaria, sería imposible que se percatara de mi presencia. Agarré con más fuerza la empuñadura del cuchillo. En diez pasos estaría sobre ella.
El pavor se le pasó y siguió haciendo fotos de la zona, esa vez desde lejos.
Ocho pasos...
Rodeé el frontal y el olor a salitre me perforó las entrañas, como si aquello fuera el siguiente impulso que necesitaba para abalanzarme sobre ella. Como si me diera una fuerza sobrenatural para convertirme en el animal que llevaba dentro.
Cinco pasos...
Una descarga de perversión me recorrió al contemplar aquella cola alta, repeinada y lista para sujetarla y hacerle tantas cosas indecentes que no era capaz de ponerlas en orden en mi cabeza.
Tres pasos...
Me coloqué en las sombras, justo detrás de ella. Fue entonces cuando se envaró, como si algo la hubiera atravesado. Como si la misma electricidad que me había recorrido los brazos a mí la hubiese sentido en su piel. ¿Eso era posible?
Dos pasos...
Dejé caer la mano que portaba el cuchillo, dispuesto a darle el primer tajo.
Un paso...
Ya estaba detrás de ella.
Y lo supo. Lo supo porque sus hombros se tensaron tanto que bien podrían haberse partido.
Su pecho subía y bajaba a una velocidad de vértigo, con el claro indicativo de que había sido pillada. También adiviné que no sería de las que pedirían perdón.
Yo tampoco. Ni permiso.
Se giró veloz, con la intención de arremeter con el primer golpe contra mi cara.
Aquello fue suficiente para que elevara el cuchillo y le hiciera un corte en la palma de su mano derecha.
No se detuvo, sino que trató de arremeterme con la mano libre y lancé otro tajo, cortando esa vez su mejilla derecha.
La alcancé con rapidez cuando se tocó la zona afectada y la reduje hasta colocarla de espaldas contra mi pecho sin darle tiempo a comenzar un enfrentamiento. Me pegué a su oído y musité rabioso:
—Ciao, lupina. ¿Tomando apuntes para tu general?
—¡Suéltame, imbécil! —bramó removiéndose como una lagartija.
Me dio un pisotón y su bota se clavó sobre la mía. Dolió y me mentalicé de devolverle aquel daño de otra manera: psicológicamente. Me acerqué a su mejilla, saqué la lengua como un depravado y lamí la sangre que le caía en una deliciosa cascada por la piel.
—Te voy a follar tan duro que vas a suplicarme que pare.
Dejó de revolverse y me contempló con los ojos llenos de terror, como si aquello hubiera sido un farol y no una amenaza real.
Sonreí cabrón, dándole a entender que no era ninguna broma, justo en el momento en el que la giraba para cogerla del cuello.
Apreté su garganta con saña; ella llevó sus manos a mis antebrazos cuando dejó de tocar el suelo.
Una ira descomunal se apoderó de mí sin sentido. ¿Quizá era porque deseaba que aquello acabase? ¿O era la desesperación de no saber qué me sucedía con ella?
Daba igual. La empujé de malas formas contra el borde de la lancha y aplasté su garganta con más énfasis. Me guardé el cuchillo en la cinturilla del pantalón, alargué la mano y alcancé una de las cinchas de izado que colgaban del puente grúa.
—¡Va... len... tino...! —Intentó coger aire. No se lo permití.
Desde el primer día que me detuvo sabía perfectamente dónde apretar para que las fuerzas le fallasen, por muy entrenada que estuviera.
Elevó sus piernas para golpearme y las aparté de inmediato al colocarme entre ellas. Me acerqué a su rostro y susurré entre dientes, poseído:
—Has venido a buscarme. Y me acabas de encontrar.
Cada vez golpeaba con menos fuerza mis antebrazos.
Cada vez le costaba más respirar, y era debido a que iba aumentando la presión para atarla a la grúa.
Atrapé su muñeca con la primera cincha y la aseguré al gancho, para después ejecutar el mismo movimiento con la otra.
Sin meditarlo, la solté del cuello y escuché la bocanada de aire que tomó.
Me fui a sus tobillos con brusquedad, los aseguré con la segunda cincha y fijé la sujeción al otro gancho, viendo que retomaba las fuerzas casi al instante, como una fiera, y se revolvía de nuevo intentando soltarse de una prisión imposible.
—¡Bájame ahora mismo de aquí! ¡Valentino! ¡¡Ayuda!! ¡Ayuda!
Alcé la vista hacia el puente grúa que atravesaba la nave varios metros por encima de nosotros.
Del polipasto descendían las sujeciones que mantenían sus muñecas y sus tobillos elevados, muy próximos entre sí.
Cuando accionara el mecanismo, las cuatro extremidades subirían casi juntas y todo el peso de su cuerpo quedaría vencido hacia abajo, con la pelvis como punto más bajo, el torso arqueado y la cabeza cayendo hacia atrás.
Alcancé el panel de la maquinaria y pulsé los botones para subirla a la altura justa. Donde quería tener su cuerpo. Beatrice gritaba tanto que se rasgó la garganta y tosió sin control mientras las cadenas temblaban por los constantes vaivenes de su cuerpo.
No serviría de nada. No iba a conseguir romperlas.