Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 22Un depredador
64%

22Un depredador

Un depredador

La había visto.

Lo había hecho porque el día anterior había salido despavorido de Catania, una vez terminadas las bienvenidas y las tonterías por parte de Giulia.

Sobraba decir que había evitado a il papà durante lo que restó de día, pese a que él se había empeñado en buscar momentos a solas conmigo.

No me apetecía hablar con él. No quería continuar en el bucle de las chorradas y darle más motivos para avergonzarme de manera absurda.

Ya mejor no hablábamos de la que se había organizado con las trastadas de Alessandro. Tal y como había previsto, todas habían funcionado, y Piero se reafirmó en su comentario de que tendríamos que haberle cortado los tobillos.

No hubo castigos, pero sí un momento en el que tuvimos que perdernos en el huerto del papà, con él incluido, para reírnos a costa de la nanna .

Para rematar había terminado en mi templo: en el astillero.

Rodeado de lo que me hacía olvidar. Sin embargo, allí se había presentado una de las personas que no me sacaba de la cabeza.

¿Era obsesión? Quizá si terminaba lo que había empezado como un juego...

se acababa la absurdez de pensar en ella a todas las malditas horas.

Quizá solo tenía que follármela.

Cuantas más vueltas le daba, más lógica encontraba en aquella solución, porque el sexo nunca me había supuesto un problema. Lo hacía, disfrutaba y después cada uno regresaba a su vida sin necesidad de darle un significado que no tenía.

Con Donna había funcionado así durante mucho tiempo y jamás me había despertado preguntándome dónde estaba, qué hacía o con quién.

Pero con Beatrice me encontraba recordando su olor en momentos que no venían a cuento, imaginando aquellos labios cuando estaba metido dentro de un motor e incluso preguntándome si yo estaría en su cabeza también.

Eso último me tocaba especialmente los cojones. No sabía por qué. Y tampoco tenía intención de averiguarlo.

Había empezado como un juego en el que mi única finalidad había sido llevarla al límite, corromperla y demostrarle con quién se estaba metiendo.

El problema era que ahora no sabía quién estaba jugando con quién, porque desde el beso en el puente había sido incapaz de conseguir que desapareciera de mi mente.

Quizá si me acostaba con ella serviría para devolver las cosas a su sitio.

Para verla como lo que era: una mujer. Una más.

Esa teoría me gustaba.

Me acomodé y observé las pantallas de seguridad que ocupaban buena parte de una de las paredes del despacho.

El reloj del ordenador marcaba las doce y cuatro de la madrugada y, a aquellas horas, el astillero se encontraba completamente vacío.

No quedaban operarios en los talleres ni mecánicos terminando motores, ni siquiera los encargados de mantenimiento que algunas noches prolongaban el turno cuando teníamos una entrega importante.

Incluso los hombres que acostumbraban a controlar los accesos habían recibido la orden de marcharse antes de tiempo.

Según yo, porque quería estar tranquilo. Como les había indicado desde que llegué esa mañana, por si alguien preguntaba por mí. Parecía haber presagiado que Beatrice se presentaría allí.

La había visto esa tarde desde las cámaras. Como si algo hubiera tirado de mí para que girase la cabeza mientras desarmaba la Tempesta. Había observado cómo llegaba con el saco de pulgas, cómo preguntaba por mí y cómo, cuando le dijeron que no estaba, se preparaba para marcharse.

Hasta que una de las puertas del almacén se abrió delante de sus narices.

Su reacción me había bastado. Se quedó mirando los bidones más de la cuenta, retrocedió, volvió a observarlos y terminó haciendo exactamente lo que habría hecho cualquier policía a la que la curiosidad le podía más que la inteligencia.

Robó una tarjeta.

Podría haberla detenido antes de que saliera de allí.

También podría haber anulado la identificación en cuanto la vi desaparecer con ella entre las carpetas, pero no hice ninguna de las dos cosas porque conocía aquella mirada.

Era la misma que había visto en Mesina cuando decidió saltar de su embarcación a la mía para atraparme, sin importar que tuviera que enfrentarse a un tipo que le sacaba una cabeza y media y que podría partirla por la mitad .

La mirada de la caza.

Pero lo que mi lupina no sabía era que yo era un depredador.

Y estaba convencido de que regresaría.

El problema era que habían pasado demasiadas horas y empezaba a plantearme si me había equivocado.

A las nueve me hizo gracia seguir en el despacho pendiente de los accesos.

A las diez terminé revisando por tercera vez unos informes que no necesitaban revisión.

A las once salí a dar una vuelta por la nave, comprobé la Tempesta, regresé al despacho y me sentí el gilipollas más grande de Italia al descubrir que volvía a mirar las cámaras.

Incluso pensé que quizá estaba con Caputo y no pensando en regresar al astillero.

Tal vez no era la policía que había creído adivinar.

Me estaba preguntando sobre qué clase de mierda tenía en la cabeza cuando uno de los monitores emitió el aviso de apertura de un acceso lateral.

Me incorporé de inmediato.

La cámara tardó unos segundos en enfocarla.

No necesité ver su cara para reconocerla.

Beatrice apareció vestida de negro junto a una de las paredes exteriores, con el cabello recogido en una coleta alta.

No llevaba al perro, algo que agradecí profundamente después de las veces que el animal había intentado arrancarme un brazo, y caminaba con aquella precaución suya de quien sabía que estaba entrando en territorio enemigo.

Sonreí sin darme cuenta.

—Sabía que vendrías, lupina —murmuré, pese a haber dudado por un momento.

La vi comprobar ambos extremos del edificio antes de sacar la tarjeta del bolsillo.

No había nadie que pudiera descubrirla, aunque ella no lo sabía y eso parecía hacer la situación mucho más emocionante.

Acercó la identificación al lector y esperó hasta que la luz roja cambió a verde.

Después abrió la puerta lo suficiente para colarse por ella y desapareció del ángulo de la primera cámara.

Cambié a la siguiente.

Las luces generales estaban apagadas desde hacía horas y solo había dejado encendidas las de emergencia, así que los corredores aparecían bañados por una iluminación escasa que dejaba buena parte de las esquinas sumidas en la oscuridad.

Beatrice sacó una linterna pequeña y avanzó con lentitud, deteniéndose en alguna ocasión para escuchar un ruido que no iba a llegar, porque el astillero estaba muerto.

Solo estábamos ella y yo.

La idea me produjo una satisfacción que preferí no analizar.

Aquella tarjeta pertenecía a uno de los trabajadores de mantenimiento y podía abrir más puertas de las que debería, pero ninguna que pusiera realmente en peligro nuestros negocios.

Le daría acceso a los talleres secundarios, almacenes, vestuarios, zonas técnicas y a la nave de varada.

Ni mi despacho ni los accesos privados respondían a una identificación corriente.

Para esos necesitaba mi huella y, más abajo, la seguridad aumentaba hasta el punto de que ni la mitad de los trabajadores sabían siquiera que existían más instalaciones bajo sus pies.

Por mucho que investigara, Beatrice no llegaría hasta allí. Antes la sacaría yo mismo.

La seguí hasta que apareció en la cámara del almacén y abrió la puerta. Su cuerpo se detuvo nada más cruzarla, como si hubiera encontrado exactamente lo que esperaba y, al mismo tiempo, no hubiera querido encontrarlo.

Los bidones continuaban allí.

No los había movido porque hacerlo habría sido bastante más sospechoso que dejarlos en su sitio, y tampoco eran una prueba de nada mientras nadie pudiera demostrar qué hacíamos con ellos.

Un astillero trabajaba con combustible. Que nosotros tuviéramos una cantidad superior a la habitual era otro asunto, pero uno que ella tendría que demostrar después de explicar cómo había conseguido esa información.

Se le iban a quitar las ganas de investigar durante un tiempo.

Beatrice se acercó al primero y enfocó la etiqueta con la linterna.

Después se inclinó para inspeccionar otro, y cuando pasó al tercero ya no necesité verle la expresión para saber que había confirmado sus sospechas.

Sacó el teléfono y comenzó a hacer fotografías mientras yo negaba con la cabeza, casi divertido por la dedicación con la que registraba cada detalle.

Gasolina. Eso era todo lo que había encontrado.

Ni una ruta, ni un destino, ni un comprador ni una sola prueba que relacionara los bidones con los movimientos que tanto se empeñaba en investigar desde hacía años.

Solo gasolina almacenada en un lugar en el que legalmente podía haberla.

Creí que, después de aquello, tendría el sentido común suficiente para marcharse.

Me equivocaba. Guardó el teléfono y salió otra vez al corredor.

—Claro que sí... —murmuré apoyando la espalda en el sillón.

Porque Beatrice no podía ver una puerta cerrada y quedarse con las ganas de saber qué había detrás.

Se dirigió hacia una de las zonas restringidas, acercó la tarjeta al lector y la luz permaneció roja.

Lo intentó una segunda vez. Después tiró del picaporte, inspeccionó el lector y volvió a pasar la identificación, como si la insistencia pudiera cambiar los permisos del sistema. Negué con la cabeza.

—Por ahí no vas a entrar.

Lo curioso fue que pareció escucharme, porque desistió y continuó por el pasillo hasta encontrar otro acceso unos metros más adelante. Esa puerta sí estaba incluida entre las autorizaciones del trabajador al que había robado la tarjeta. El lector se iluminó de verde y Beatrice no dudó en abrir.

La nave de varada apareció al otro lado y cambié de cámara para no perderla.