Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 21Instinto cazador #3
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21Instinto cazador #3

Mis pasos se frenaron. Al principio no pensé nada extraño.

Estaba en un astillero. Allí se trabajaba con combustibles, aceites, disolventes y una cantidad importante de materiales inflamables.

Lo normal habría sido seguir caminando y olvidarme.

Mi problema era que llevaba muchos años siendo policía.

Entrecerré los ojos y observé cómo la carretilla se introducía en el interior. Uno de los operarios movió varios bidones y durante unos segundos pude ver parte del etiquetado. Un pictograma de líquido inflamable con un código.

Me acerqué dos pasos sin ser consciente y Draco avanzó conmigo.

El olor llegó inmediatamente y lo reconocí. Draco también pareció percibirlo porque olfateó el aire varias veces antes de volver la cabeza hacia mí.

Gasolina.

Me quedé inmóvil.

No era alcohol ni disolvente ni ninguno de los productos industriales que intenté colocar rápidamente en mi mente para quitarle importancia. Era gasolina.

Mucha.

El trabajador que me había atendido continuaba de espaldas y los demás parecían demasiado ocupados para fijarse en mí. Bajé la vista hacia las carpetas, obligándome a recordar por qué había ido hasta allí.

Para entregárselas y marcharme. Ni más ni menos. Después volvería a por Gennaro cuando se le pasara el enfado e intentaría arreglar el desastre que acababa de provocar. Ese era mi plan.

Sin embargo, caminé hacia la salida y no llegué.

Mis ojos regresaron a la zona de carga cuando la puerta industrial empezó a cerrarse. Alcancé a ver los últimos bidones desaparecer en el interior y algo en mi cabeza comenzó a golpear con fuerza.

¿ Por qué estaban almacenados allí ? ¿ Qué cantidad había ?

¿ Para qué necesitaba un astillero tantos litros ?

« Porque es un astillero, Beatrice », me recordé , sin querer sacar más conclusiones precipitadas.

Y porque Valentino llevaba años apareciendo alrededor de transportes marítimos que nunca conseguíamos relacionar con nada, aunque yo supiera que su mundo se movía entre las drogas .

Apreté las carpetas contra el pecho.

—No —murmuré dándome ánimos para no sucumbir a mi instinto cazador.

Draco alzó la cabeza al escucharme. Aquello no era asunto mío. Ya no.

Di varios pasos más y entonces vi al mismo trabajador de antes dejar una tarjeta identificativa sobre la mesa. La había llevado colgada del cuello hasta ese momento y se la quitó para ponerse una mascarilla y unos guantes antes de dirigirse hacia una embarcación que reparaban.

Mis malditos ojos se clavaron en la tarjeta.

Después en el tipo.

Después otra vez en la tarjeta.

Sentí esa sensación que conocía tan bien... La que empezaba en el estómago y terminaba arrastrándome hacia una investigación incluso cuando mi cabeza me ordenaba mantenerme apartada. Era más que curiosidad, era ese instinto cazador que había apartado segundos antes a base de manotazos.

« Beatrice, no lo hagas ».

Era obsesión profesional. «Hazlo. Hazlo», me dijo mi bruja, con ganas de cizañar.

Volví a mirar la puerta por la que habían entrado los bidones. Había un lector electrónico a su derecha.

—La tarjeta... —susurré.

Draco rozó mi mano con el hocico y bajé la vista hacia él.

—Ya lo sé.

Me sostuvo la mirada.

—No me mires así, muchacho.

Evidentemente, siguió mirándome. Y..., y... Me encaminé hacia la mesa.

El hombre continuaba de espaldas, inclinado sobre uno de los laterales de una embarcación junto a otros dos trabajadores.

No tuve que hacer nada espectacular. Dejé las carpetas unos segundos sobre el banco, fingí revisar el teléfono y aproximé la mano con naturalidad hasta cubrir la tarjeta con la carpeta superior.

Cuando volví a cogerlas, la identificación desapareció con ellas.

Mi corazón empezó a latirme tan fuerte que tuve la sensación de que todo el astillero podría escucharlo.

Draco caminó a mi lado mientras me marchaba.

No corrí. Tampoco miré hacia atrás para aparentar la normalidad con la que había entrado.

Caminé hasta mi coche, abrí la puerta trasera para que Draco subiera y dejé las carpetas en el asiento del copiloto.

Entré y solo entonces metí la mano entre ambas y saqué la tarjeta.

La giré: nombre, fotografía, número de empleado y el logotipo de Cantieri Navali Sabello.

Apoyé la cabeza en el reposacabezas.

¿ Qué estaba haciendo? La respuesta era sencilla: exactamente lo que llevaba haciendo desde que tenía veinte años. Meter las narices donde algo no cuadraba hasta encontrar una explicación .

Volví a examinar la tarjeta. No podía entrar en ese momento. Había demasiada gente, demasiadas miradas y ni siquiera sabía qué accesos permitía la identificación. Además, Valentino podría regresar en cualquier instante.

Miré a Draco por el retrovisor. Estaba sentado detrás, atento a cada uno de mis movimientos.

—No. —Ladeó la cabeza y yo tomé una decisión. Era una floja—. Tú esta noche no vienes.

Guardé el plástico en el bolsillo interior del bolso y arranqué el coche.

Esa noche volvería sola.

Únicamente para comprobar qué había detrás de aquella puerta .

Y me conocía lo suficiente para saber que acababa de mentirme.