21Instinto cazador #2
—¿No sabes de qué estoy hablándote? Pues me voy a dejar de tantas vueltas y te lo voy a decir sin titubear. —La respiración se me cortó cuando mencionó—: Puede que tu santo sea Valentino Sabello.
Solo lo observé. Sin pestañear. Recordándome que debía respirar y no morir.
—¿De qué estás hablando...? —bisbiseé.
Se acercó hasta casi estar a un palmo de mi cara.
—Señalaste a un muerto sin fundamento, cuando te fuiste con Valentino en el camión.
Tragué saliva de manera inevitable, aunque intentando que no lo viera. Negué con la cabeza de manera automática. No para mentirle más, sino para intentar explicarme, aunque sonó a todo lo contrario.
—Gennaro...
—¡No vayas a mentirme otra vez en la puta cara! —Se desquició.
—Déjame que... —Fui a colocar una mano en su pecho y me la apartó de un manotazo.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—A Draco no se lo llevó ningún compañero. Se lo llevó Alessandro Sabello. Pero ¡tú!, confirmaste que se lo había llevado ¡uno de los nuestros!
Cerré los ojos por la fuerza de su voz y una lágrima se deslizó por mi mejilla.
—No es lo que parece.
La ira flotaba por cada poro de la piel de Gennaro, y cuando quise contarle los motivos por los que había ocurrido, la contundente frase que soltó me dejó de piedra:
—No me caso, Bea. Se acabó.
—Gennaro...
Intenté sujetarlo del brazo, pero se soltó con un ademán abrupto, justo en el momento en el que la puerta se abría y Leandro hacía su aparición estelar. Nos contempló a los dos con cara agria y sentenció:
—Estamos en un cuartel. Las peleas de enamorados se arreglan fuera de aquí.
Gennaro ni contestó. Pasó por su lado dándole un empujón con el hombro, dio cuatro voces a los agentes que debían acompañarlo y dictaminó que salían para Palermo en cinco minutos. Nadie osó levantar la cabeza de sus puestos y los que lo hicieron fueron los propios compañeros que se irían con él.
El general me contempló con los labios sellados. Hundí los hombros, sin esperar lo que me dijo a continuación:
—Tranquila, hija. Hablaré con él. Todos nos hemos obsesionado con algún caso. Te entiendo.
Escuchar aquel tono paternalista por parte de Leandro me hizo verlo de otra manera y no como el ogro que acostumbraba a aparentar.
Le sonreí con timidez, tragándome las lágrimas y evitando decirle que la culpa quizá no la tenía la obsesión con un caso en particular, sino un hombre de ojos verdes que me llevaba de cabeza.
Hombre al que pensaba visitar esa misma tarde.
Salí del cuartel sin ver a Gennaro, pese a que lo busqué.
No quería que sus últimas palabras mandasen a la mierda nuestra boda ni mucho menos lo que teníamos.
No así y sin poder hablarlo. No por un calentón.
Yo lo que quería era esa vida con él, independientemente de la mierda y la vergüenza que arrastraba por todo lo acontecido con Valentino.
Eso lo dejaría enterrado, sepultado para siempre, tal y como habíamos quedado en el puente de Sant’Angelo. Iba a entregarle esas carpetas y definitivamente no tendríamos que volver a vernos jamás.
Salí del aparcamiento del cuartel con las dos carpetas en el asiento del copiloto y la sensación de que aquel día se había empeñado en atropellarme una y otra vez.
Draco iba acomodado en la parte trasera, observándome de vez en cuando por el retrovisor como si también él esperara que hiciera algo con el desastre que acababa de dejar atrás.
No llamé a Gennaro. Tampoco le mandé ningún mensaje. Lo conocía lo suficiente para saber que, cuando se enfadaba de aquella manera, lo peor que podía hacer era perseguirlo y exigirle que me escuchara.
Necesitaba que se calmara.
Yo también merecía una dosis de tranquilidad.
Mi atención descendió un segundo hacia las carpetas cuando me detuve en un semáforo.
Había pasado demasiadas horas buscando información de los dos grupos para que ahora me parecieran simples papeles.
I Lupi Rossi y La Fratellanza del Serpente habían aparecido enlazados con sociedades, movimientos de mercancía, talleres, empresas de transporte y nombres que se repetían.
No tenía una respuesta concluyente sobre quién estaba detrás de todo, pero sí suficiente información para devolverle a Valentino parte del favor por haber salvado a Draco.
Después se acababa. Esa era la norma que me había impuesto.
Me había entregado la carpeta de la Mano di Caino y había cumplido su palabra con Draco.
Yo le daba aquello y saldábamos cualquier deuda pendiente entre los dos.
No habría otro puente, ni más conversaciones ni ojos verdes atravesándome como si pudieran encontrar cosas de mí que ni yo misma quería mirar.
Y, sobre todo, ningún beso.
Apreté el volante.
Unos cuarenta minutos después entré en la zona portuaria de Fiumicino y reduje la velocidad al acercarme a los Cantieri Navali Sabello.
Había estado allí antes, claro, aunque siempre desde otra perspectiva.
Investigando movimientos, consultando registros y perdiendo el tiempo intentando encontrar una irregularidad que nunca aparecía.
Sobre el papel, aquel astillero era desesperantemente limpio.
Aparqué cerca de la entrada principal, cogí las carpetas y abrí la puerta trasera.
—Vamos, muchacho.
Draco descendió de un salto y esperó a que cerrara antes de colocarse junto a mi pierna.
No llevaba el arnés de trabajo, solo la correa, y agradecí haberlo recogido antes de ir hasta allí.
Después de todo lo ocurrido en los últimos días, tenerlo cerca conseguía calmar una parte de mí que todavía no había terminado de recuperarse del susto de haberlo dejado atrás durante el operativo.
El ruido me recibió antes incluso de atravesar uno de los enormes portones.
Radiales, golpes de metal, motores encendidos y voces que se cruzaban entre embarcaciones elevadas sobre caballetes.
Algunos trabajadores me miraron al pasar, aunque muchos desviaron la atención hacia Draco antes de continuar con lo suyo.
Llevaba ropa de calle y tampoco había enseñado ninguna placa.
No quería entrar allí como agente de la Guardia di Finanza.
No esa tarde.
Localicé a un hombre de unos cincuenta años que revisaba unas piezas sobre una mesa y me acerqué. Draco se detuvo conmigo y permaneció sentado junto a mi pierna cuando se lo indiqué con un movimiento de la mano.
—Perdone, señor, busco a Valentino Sabello.
El trabajador levantó la cabeza, me observó unos segundos y negó.
—El señor Sabello no está.
Me decepcionó más de lo que debería.
—¿Sabe cuándo volverá?
—No. Puede ser dentro de una hora, o mañana. Con él nunca se sabe .
Torcí el morro disconforme. Miré las carpetas que llevaba abrazadas contra el pecho.
—Si quiere, puedo llevarlas a su despacho. —Tendió la mano en mi dirección.
Dudé. No quería que nadie más revisara la información, pese a que probablemente cualquiera que trabajara para Valentino estuviera acostumbrado a cerrar la boca. Aun así, negué.
—Prefiero entregárselas personalmente. Gracias.
El hombre se encogió de hombros y regresó a sus piezas como si mi presencia hubiera dejado de interesarle.
Estaba a punto de marcharme cuando un pitido agudo sonó a pocos metros.
Giré por puro instinto y vi cómo una de las puertas industriales del lateral comenzaba a elevarse con lentitud.
Dos trabajadores esperaban delante con una carretilla elevadora mientras otro acercaba varias estructuras metálicas desde el interior.
Draco levantó las orejas y dirigió el hocico hacia allí. Le di un pequeño toque en la correa para indicarle que no ocurría nada. Y yo no habría prestado más atención de no ser porque detrás de ellos aparecieron los bidones.
Grandes.
Demasiados.