21Instinto cazador
Instinto cazador
El disparo retumbó en la galería y el retroceso me sacudió los brazos. No bajé el arma. Volví a alinear el punto de mira con el centro de la silueta, contuve el aire durante un segundo y apreté el gatillo otra vez. Después otra. Y otra más.
Los cascos amortiguaban parte del estruendo, aunque no conseguían silenciarme la cabeza, que era precisamente el motivo por el que llevaba casi una hora allí encerrada.
Había probado a entrenar con Draco, a correr hasta quedarme sin aire y a llenar informes absurdos que podría haber terminado en veinte minutos. Nada funcionaba .
Cuatro días.
Hacía cuatro días que Valentino me había besado en mitad del puente de Sant’Angelo y mi cerebro seguía comportándose como si hubiera ocurrido hacía cinco minutos.
Disparé de nuevo.
El proyectil impactó algo más arriba de donde pretendía y fruncí el ceño. Bajé el arma, solté el aire por la nariz y observé la diana con fastidio. No estaba concentrada. Y disparaba peor, algo que mi padre me había repetido tantas veces que casi podía escuchar su voz detrás de los cascos.
« Primero respira. Después dispara ».
Cerré los ojos un instante. Respiré. Y apareció Valentino. Abrí los ojos de golpe.
—¡Maldita sea! —murmuré con enfado.
Coloqué de nuevo la pistola en posición y disparé varias veces contra la silueta con más rabia. No sabía qué me molestaba más: recordar cómo me había sujetado de la cintura, cómo su mano había terminado en mi nuca o el hecho de que durante aquellos segundos yo no había querido apartarme.
Eso era lo peor.
No había habido miedo. Tampoco una amenaza, un arma o una situación que pudiera utilizar para engañarme a mí misma con alguna explicación medianamente razonable.
Había sido yo. Yo había agarrado su camiseta, me había puesto de puntillas y lo había besado como si llevara una vida esperando que lo hiciera.
Y después se había marchado.
Apreté la mandíbula. Eso también me molestaba. ¿Por qué? No tenía ni idea.
Quizá porque había sido Valentino quien se había apartado primero.
Quizá porque me había dejado allí plantada entre la niebla, con Draco a mi lado y el corazón reaccionando como no tenía ningún permiso para hacerlo.
O quizá porque, durante una fracción de segundo, había sentido algo parecido a una despedida.
¡Y eso era absurdo! No había nada de lo que despedirse.
Él era un delincuente al que llevaba años investigando y yo una agente de la Guardia di Finanza que iba a casarse con Gennaro dentro de menos de dos semanas. Ese era el orden de las cosas. Uno bastante sencillo, de hecho .
Dejé el cargador vacío sobre la mesa y cogí otro. Mis manos se movieron de manera automática. Inserté el cargador, comprobé el arma y volví a levantarla mientras intentaba concentrarme únicamente en lo que tenía delante.
Centro de masa, respiración, presión y disparo. Esa vez acerté. El siguiente también. Sonreí apenas un poco. Mucho mejor.
Continué hasta que el cargador volvió a quedarse vacío y bajé los brazos. Me dolían ligeramente los hombros, pero era un dolor reconfortante, mucho más fácil de entender que todo lo demás.
Coloqué el arma sobre la mesa, retiré los cascos y el ruido de la galería regresó de golpe. En el puesto de al lado, uno de los agentes descargaba su pistola mientras otro recogía casquillos del suelo. Me aparté un mechón de pelo de la frente y miré nuevamente la silueta agujereada.
No estaba mal. Supuse que podía aplicarlo a casi todo lo que ocurría en mi vida.
Cogí una botella de agua y bebí varios tragos largos. Había dormido poco durante esos días, aunque no por Valentino. Me lo repetía desde la mañana. No por Valentino.
La boda, el operativo, la Mano di Caino, las mentiras que había soltado delante de Leandro, el hecho de que Gennaro supiera perfectamente que algo no cuadraba y que, encima, llevara sin verlo esos cuatro días...
Tenía suficientes motivos como para dormir mal sin tener que incluir a un mafioso de ojos verdes en la lista.
Sin embargo, cuando me despertaba de madrugada, no era Gennaro quien aparecía en mi cabeza.
Ni la boda.
Ni siquiera mis padres y su justicia.
Era una boca descendiendo hacia la mía entre la niebla.
Cerré la botella con más fuerza de la necesaria.
—Se acabó.
Una agente del puesto de al lado me miró. Me giré de nuevo hacia la mesa y comencé a recoger mis pertenencias. Era oficial: empezaba a hablar sola. Guardé el arma, dejé los cascos en su sitio y, cuando terminé de abrochar la funda, oí la puerta de acceso abrirse a mi espalda.
No presté atención al principio. Hasta que reconocí los pasos.
Me quedé quieta y la respiración se me aceleró.
Gennaro.
Y, por alguna razón que no me gustó nada, supe antes de girarme que no había ido allí para verme disparar.
—Bea.
Tragué saliva. El tono ya lo indicaba todo. Parecía enfadado, dolido y, tal vez, también un poco resentido. Me giré para mirarlo con una sonrisa triste.
—Hola, Gennaro.
No estaba bien. Me lo decía aquella barba de tres días, su mirada apagada, los hombros hundidos y la mandíbula que intentaba no apretar.
—¿Podemos hablar un momento?
« Cuatro días sin vernos y ni un hola. Fantástico, Beatrice. Fantástico ».
Asentí con la cabeza y salí detrás de él.
No tardó en apartarme la mirada e ir un paso por delante, como si no quisiera que permaneciera a su lado mientras caminábamos.
Me sentí fatal, pues en mi fuero interno era consciente de que la culpa solo la tenía yo.
¿Podía dejar de flagelarme por todo? Por favor y gracias.
Abrió la puerta de su despacho, se llevó una mano a la frente y, tras pasársela por ella con desesperación, colocó los brazos en jarra sin mirarme.
La rigidez de su espalda no me gustó. Respiré con dificultad, cerré la puerta despacio y miré por encima de mis pestañas para comprobar que Leandro no nos quitaba la vista de encima.
A mí con muy mala cara.
¿ Qué le había hecho yo? Tener problemas con el general era lo que me faltaba .
—¿Dónde estabas ayer por la tarde?
Su pregunta me dejó fuera de órbita. Sellé los labios y me quedé fija en él, sin entender a qué venía ese control repentino. El problema fue cuando se giró, y en sus ojos dejé de ver ese gran enfado que lo había llevado a la sala de tiro para ver la más absoluta decepción.
—En casa —musité.
No añadí que había estado guardando todo el mapa que había creado con la red de Valentino y la Mano di Caino, sino que me había volcado hasta las cuatro de la mañana en seguir buscándole la pista a los componentes de la banda.
Y casi había dado con los domicilios de todos.
Tampoco iba a contarle que había recopilado información de las tres mafias que le pisaban los talones a Valentino para entregarle esa información en bandeja.
Sí, ya sabía que lo sucedido en el puente había sido una despedida clara, pero yo no quería deberle favores a nadie. Le había salvado la vida a Draco, y eso se pagaba. O era lo que quería creer.
—En casa... —repitió. Sus brazos cayeron laxos a ambos lados del cuerpo—. ¿Sabes dónde estaba yo?
Si era una adivinanza, no estaba para bromas, aunque sí quería saber qué lo había llevado a aquel estado. Evidentemente era yo, o tal vez era algún trabajo y suponía cuestiones que no sabía.
—Gennaro... —Di un paso hacia él.
Y frené, porque se alejó inmediatamente. Me quedé estática al ver cómo se retiraba.
—¿Sabes lo que ocurrirá dentro de una semana y media? ¿O también tengo que recordártelo?
Entreabrí los labios y cerré los ojos con fuerza. «Oh, joder».
—Mierda —susurré.
No supe si me escuchó maldecir o no, porque él siguió, aumentando su cabreo:
—Quizá debamos plantearnos si esto es lo que queremos.
—Gennaro... —Extendí una mano en su dirección para pedirle disculpas, para que me dejase hablar.
—Está claro que si se te olvida el día que tienes que ir al restaurante para ultimar los detalles, lo mismo también se te olvida el día que vas a casarte.
Intenté acercarme de nuevo. No me dejó.
—Escúchame...
—¿Qué quieres que escuche, Bea? ¿Más excusas? —atacó.
—¿Por qué no me llamaste?
—¿Ahora soy tu secretario? —Se apuntó con el dedo en el pecho, enervado.
Le pedí calma con las dos manos extendidas hacia él.
—No, y lo siento, pero solo digo que...
Me interrumpió:
—¿Te parece normal que llevemos cuatro días sin saber nada el uno del otro? ¡Ni un puto mensaje, Bea!
—No me has llamado, yo no sabía si estábamos ocupad...
De nuevo, me cortó:
—¡¿Que yo no te he llamado?! ¡Esto es el puto colmo! ¿A ti se te han caído los dedos?
—¡Déjame hablar! —le grité sin querer, ahora con los puños apretados a ambos lados del cuerpo.
Se pasó una mano por la boca, dejando ver así el estrés de la situación, después cruzó aquellos hermosos brazos en su pecho y respiró agitado. No recordaba haberlo visto tan fuera de sí nunca. El ceño lo tenía sumamente fruncido y no me quitaba los ojos de encima.
—Adelante. A ver qué vas a soltar por esa boca.
Me sonó a frase con doble sentido y en mi mente volví a repetirme una sola cosa: Gennaro sabía que había mentido.
Di una vuelta de lado a lado por el despacho, me llevé las manos a la cintura y respiré agitada.
No deseaba seguir mintiéndole, pero tampoco sabía por dónde empezar.
¿Cómo iba a contarle lo que había ocurrido con Valentino?
Aquello debía de omitirlo. Eso era mejor enterrarlo y dejarlo en el olvido.
Si tenía que consumir a alguien, sería a mí.
Pero el resto de las situaciones... podía adornarlas.
—He estado reorganizando información y se me ha ido el santo al cielo. Pensaba contártelo, pero no he tenido oportunidad de...
Una risa sardónica me detuvo. Giré el rostro hacia él y su mirada me aniquiló.
—Eres una mentirosa.
El cuerpo se me aflojó y temí desmayarme.
—¿Qué...?
—Nos has mentido a todos. ¿Sabes que lo que has hecho puede suponer la expulsión inmediata del cuerpo?
—Yo... No sé de qué estás... —tartamudeé.
Dio un paso adelante, acercándose de manera peligrosa.