Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 20Giulia Rossi #3
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20Giulia Rossi #3

Me habría reído de no ser porque la mamma ya había reparado en nosotros. Sus ojos llegaron primero a il papà y después al palo. Su expresión cambió de inmediato.

—Claudio...

Esa única palabra llevaba incorporada una conversación entera. Él se hizo el loco.

—¿Qué?

La mamma se adelantó y dejó atrás a la nanna .

—¿Todavía sigue atado? —le preguntó entre dientes.

Ahí entendí que había soltado a todos antes menos al hijo al que no podía ver: a mí.

—Ha llegado tarde.

—Ya lo sé, pero...

—Pues entonces no hay más que hablar. Demasiado que he soltado al resto.

La mamma cerró los ojos durante un segundo, tomó aire y retrocedió hacia Giulia. No discutió. Antonella conocía a su marido lo suficiente para saber que enfrentarse a él cuando se le metía una de aquellas normas en la cabeza era como discutir con una pared cubierta de explosivos.

Giulia, en cambio, frenó a varios pasos de mí.

Me miró. Mucho.

La vista recorrió mi rostro, los hombros, el pecho y siguió descendiendo hasta el pañuelo que me salvaba de enseñarle el rabo a mi abuela. Alzó de nuevo los ojos con una expresión crítica.

—Dios mío... —murmuró.

No sonó emocionada.

— Buongiorno, nanna.

Giulia se volvió hacia mi madre e ignoró deliberadamente a mi padre. Aquello me molestó.

—¿Este es Valentino?

Fue mi padre el que respondió:

—No va a ser el jardinero.

La mamma le dedicó una mirada de advertencia antes de decirle:

—Sí, mamá. Es Valentino.

Giulia volvió a observarme de arriba abajo y apretó los labios.

—Está enorme.

—Siempre ha sido grande —puntualizó la mamma.

—Ya. Pero parece que ha seguido creciendo hacia los lados.

Me mordí el interior de la mejilla. Il papà emitió un sonido de desagrado, alzó ambas cejas y volvió a fumarse el puro con toda la tranquilidad del mundo. Giulia era de las que no necesitaba ayuda para tocarte los cojones.

—Tanto músculo tampoco puede ser bueno, Antonella. El cerebro necesita energía.

Miré a il papà con incredulidad y él puso cara de asco sin ocultarlo. Mi cerebro estaba perfectamente.

—Tiene energía, mamá, no digas eso —la reprendió la mamma.

—Imagino. —Asintió sin ningún convencimiento—. ¿Este era el que tenía problemas en el colegio?

El estómago se me encogió por puro instinto y mi gesto cambió sin que pudiera impedirlo. La mamma también lo hizo. Y, asombrosamente, il papà. Apretó tanto el puro que pensé que lo partiría en dos.

—Mamá... —Antonella emitió un tono de advertencia.

—No me extraña que los niños se metieran con él. Ya era demasiado grande para su edad, ¿verdad? Los niños pueden ser crueles con lo que consideran diferente. Supongo que en la adultez pasará igual. Claro, que teniendo el padre que tiene... —La mirada de desprecio hacia il papà fue mordaz.

Antonella se colocó ligeramente delante de ella, sin llegar a interponerse entre ambas miradas, aunque reconocí el cambio en su postura. La mamma podía ser dulce hasta límites insospechados; también sabía cortar cabezas sin necesidad de levantar la voz.

—Ya está, mamá.

—No lo estoy insultando. —Giulia soltó aire por la nariz y, quizá aburrida de mí, se centró por fin en il papà.

Ahí sí cambió todo. El desprecio se le dibujó en los ojos con tanta facilidad que parecía haberlo guardado intacto todos aquellos años.

No hubo ningún intento de disimular lo poco que se soportaban.

Lo recorrió de arriba abajo con una mueca que no llegaba a ser de asco porque Giulia tenía demasiada clase como para dejar que algo así se le notara abiertamente. O eso se creía.

—Sigues igual, Sabello.

Il papà dio una calada con chulería. Mentalmente lo animé a que le clavara la navaja en la frente y me enorgullecí de él.

—Tú también.

—No era un cumplido.

—El mío tampoco.

La mamma se pasó una mano por la frente e intentó intervenir:

—Por favor...

Giulia miró hacia mí otra vez y señaló el palo para preguntarle:

—¿Todavía haces estas barbaridades con tus hijos?

—Cuando se lo merecen.

La vieja suspiró, se giró hacia la mamma, que estaba con cara de circunstancia, y añadió:

—Nunca entendí qué viste en él.

El silencio que cayó fue menos divertido.

Il papà no cambió el gesto, aunque vi cómo la mano que sostenía el puro se quedaba inmóvil.

La mamma no respondió al instante. Se acercó un paso a su marido, colocó una mano con naturalidad en su antebrazo y contempló a su madre sin perder aquella elegancia que compartían, aunque por dentro fueran completamente distintas.

—Yo sí.

Claudio giró el rostro hacia su mujer. No hizo falta que dijera nada para ver cómo se le había bajado parte de la mala hostia por lo que había dicho la zorrupia de su suegra. Para ver el amor que los dos se profesaban desde lo más profundo.

Giulia resopló, se acomodó uno de los anillos y decidió que ya había tenido suficiente de nosotros. Se dirigió hacia la casa con la misma parsimonia con la que había llegado, dejándolos atrás.

—¿Cuándo dices que se va?

La pregunta de mi padre me hizo sonreír de manera inevitable.

Menudos días les esperaban a aquellos dos, porque estaba seguro de que los planes de Alessandro no iban a fallar.

Ni uno.