Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 20Giulia Rossi #2
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20Giulia Rossi #2

Se volvió de cara a su marido como un vendaval y señaló a su suegro.

—¡Dile algo!

Tiziano se frotó las muñecas mientras il papà le desataba los tobillos, agarró la camisa y añadió por encima del ruido que empezaban a hacer los del gallinero:

—Tú puedes con eso y con más, bambina. Todos los nabos son iguales.

Apretó los labios e intuí que estaba a punto de echarse a llorar.

Piero la sujetó por los hombros, la puso de frente a la fila trasera y Adara miró al cielo de nuevo.

Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una navaja que Tiziano le había regalado tiempo atrás.

Un «Uuuhhh» colectivo se escuchó en todo el jardín.

—Cuidado, que viene a rajarnos —se burló Dante.

—Pues yo no me fiaría de que me hiciera otra raja en el culo —opinó Alessandro.

—Ahora vas a tener vista panorámica de tres melocotones. —Enzo rio como una hiena y Romeo lo siguió.

—No tengo todo el día. La nanna 8 está entrando en el camino.

Proferimos un resoplido general, incluido el mío, y Adara se adelantó con Piero a su lado, argumentando que no pensaba mirarlos de frente y que, si se caía y le pasaba algo al bebé, los mataba con sus manos por haber llegado tarde.

Comprendí, pues, que seguía del lado de su suegro y que no iba a echarle la culpa de haberla obligado a desatarlos.

El pañuelo de Adara continuaba alrededor de mi cintura y lo agradecí, pues la niebla no dejaba de meterse y se te calaba en los huesos. La niebla. La misma que nos había acompañado hacía tres días en el puente. Debía obligarme a dejar de pensar en eso.

En ella.

Mis hermanos fueron pasando por mi lado con miradas que se compadecían de mí, pero me sudaban las pelotas. No eran suficientes. Ellos se iban al infierno de la mamma, como lo llamaba Tiziano por el calor que hacía con la calefacción, y yo me quedaba a la intemperie.

Hasta que el diablo con piernas se plantó delante de mí, metió las manos en su traje de tres piezas, sacó el reloj del bolsillo y se colocó un puro en la boca.

—¿Cómo tienes las neuronas de espabiladas?

No le respondí. No iba a entrar al trapo de su nuevo enfrentamiento. Hice un gesto con los ojos que le indicaba claramente que dejara de tocarme los huevos.

La nanna apareció por el camino de entrada con esa elegancia suya que siempre me había molestado.

Era una mujer menuda, demasiado bien conservada para los años que tenía y con una espalda tan recta que parecía incapaz de encorvarse aunque la atropellara un camión.

El cabello completamente blanco le caía hasta poco más abajo de las orejas, peinado hacia atrás con unas ondas suaves que no se le movían ni con una ventolera, y llevaba los labios pintados, los ojos perfectamente maquillados y un traje negro que seguramente costaba más que alguno de los coches que Alessandro había estampado.

No usaba bastón. Tampoco aceptaba ayuda. Giulia caminaba despacio porque le daba la gana, no porque no pudiera hacerlo más rápido, con la barbilla ligeramente elevada y esa expresión de superioridad envidiable para el resto del mundo.

La seguí con la vista hasta la entrada de la casona, donde nadie había salido a recibirla. Yo por lo menos hacía más de diez años que no sabía nada de ella. Ni siquiera me acordaba de cuándo había sido la última vez que nos habíamos visto.

Seguía siendo guapa, eso no podía negárselo. Tenía la piel marcada por los años, unas manos finas cargadas de anillos y unos ojos que parecían analizarte antes incluso de haberse detenido delante de ti. De joven debía de haber sido espectacular. De mayor se había convertido en algo bastante peor.

Giulia Rossi era una de las pocas personas sobre la faz de la Tierra que conseguía que todos los Sabello nos pusiéramos de acuerdo en algo: nos caía como el puto culo.

Il papà reparó en ella y puso mala cara. Claro ejemplo de que también le caía mal. Muy mal.

—A lo que iba —dijo con desagrado y se volvió a mí—. ¿Las neuronas?

—¿No saludas a tu suegra? —lo vacilé y se acercó bastante a mí.

—¿Quieres que te meta la navaja por el agujero del culo, Valentino?

—Eres un agresivo.

—Las neuronas. —Me aniquiló con la mirada.

Me quedé en silencio durante unos instantes. Al final me pudo más sacarlo de sus casillas:

—Las mías están perfectas y no patinan. ¿Las tuyas?

Apretó la mandíbula visiblemente.

—Has sido tú el que has hecho que todos lleguen tarde, ¿verdad?

No mostré ningún gesto que me delatara. ¿Cómo lo sabía?

¿Tan bien me conocían mis padres para adivinar esas cosas desde lejos?

Il papà continuó con el puro metido entre los labios y esa mirada afilada que no necesitaba de muchas palabras para saber que estaba esperando una confesión.

Me limité a sostenerle la mirada con la misma tranquilidad, porque si algo había aprendido en cuarenta y cuatro años era que reconocer una trastada delante de él solo servía para que el castigo se extendiera otras dos horas.

—No sé de qué hablas.

Soltó una risa seca por la nariz, se llevó dos dedos al puro para apartarlo de la boca y señaló mi cabeza con él.

—Todavía estoy esperando que se te ocurra llamarme para hablar de lo que sucedió la última vez.

—Yo no tengo nada de qué hablar. Eres tú el que me tiene manía.

—¿Que yo te tengo manía? —Me observó de arriba abajo y volvió a meterse el puro en la boca—. ¿Por qué dices eso?

Iba a mandarlo a la mierda cuando escuché las pisadas sobre el jardín y desvié la atención hacia el lateral de la casona.

La mamma apareció junto a Giulia y no tuve que esforzarme para diferenciar dónde terminaba una y empezaba la otra.

Antonella caminaba con aquella elegancia tranquila que había conservado siempre, pendiente de su madre pero sin atosigarla, mientras que Giulia lo hacía como si hubiera pisado la finca la semana anterior y no llevara una eternidad sin dejarse ver por allí.

Il papà enfocó el mismo punto al que yo miraba y su mandíbula se tensó.

Fue breve, pero lo vi. También noté cómo daba una calada más larga de lo necesario al puro y cómo soltaba el humo hacia un lado con el rostro endurecido.

Si a nosotros nos caía mal, él directamente habría disfrutado viéndola regresar por el mismo camino por el que había llegado.