Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 20Giulia Rossi
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Giulia Rossi

Los acontecimientos sucedieron tal y como habíamos previsto. Bien era cierto que nos habíamos ido riendo todo el camino como capullos por la trastada y, para más inri, habían ido a recogernos al aeropuerto Romeo y Alessandro, los habíamos liado y habíamos llegado todos veinte minutos tarde.

Algo imperdonable.

Il papà ya estaba allí, plantado en la puerta como un diablo. Solo le faltaba la cola para dar más miedo. Era un gesto muy típico de Tiziano, quien también llegó tarde. Nadie supo por qué motivo hasta que estuvimos en el palo casi todos.

Y ya llevábamos una hora allí.

Piero y Claudio nos miraban sin entender nada, con los abrigos oscuros y unas enormes bufandas que cubrían sus rostros casi por completo.

Hacía un frío que pelaba. Reparé en el desaparecido de los hermanos y descubrí varias marcas violáceas no solo en los pómulos, sino también en las manos que tenía cruzadas por delante del vientre.

—¿Has llegado tarde porque sabías que estos mamones llegaban tarde? —se repitió Piero, mirando a Tiziano como si le faltase una neurona.

No le faltaba, le patinaba. El capu le enseñó todos los dientes.

—Claro. ¿A ti no te han enseñado que hay que apoyar a la familia en cualquier circunstancia?

La cara de Piero era de ingenuidad. Se metió una mano en el bolsillo del pantalón, entrecerró los ojos y me contempló.

Yo estaba al lado de Tiziano y, a mi otro lado, Romeo; detrás, el resto de la plantilla.

No paraban de cotorrear como gallinas. Enzo se reía muy fuerte, Dante empezó a parecer una tetera sin sentido, Alessandro no dejaba de soltar pulmonías y Piero siguió a lo suyo: dar por culo.

—Sois subnormales de verdad.

—¿Los yoguis no tenéis un código de respeto? —Ese fue Romeo.

No moví un músculo de la cara, aunque me dieron ganas de reírme con fuerza, como Dante, que iba a explotar, pero a mí no me llegaba la onda ni el motivo de su risa.

—Te voy a dar un puñetazo —blasfemó Piero, sin pizca de gracia.

Romeo sonrió con cara de bendito. Era mentira, porque Romeo tenía de todo menos fama de bendito.

—La mamma te va a matar.

Esa frase de la boca de Enzo me hizo prestar más atención. Sobre todo cuando Tiziano intentó girar la cabeza para buscar al pequeño de los Sabello.

—¡Tú! ¿Qué has hecho, desgraciado?

No lo vi, pero juraría que sonreía como un condenado.

—Se le van a quitar las ganas de volver a la vieja.

Y eso era una sentencia sobre la que nadie volvió a preguntar cuando mi cuñada Mia salió al jardín y se detuvo al lado de un Claudio que había terminado un cigarro y se había encendido otro, en silencio, mirándonos sin vernos y con la cabeza en otro sitio.

Él mantenía una relación especial con Romeo, a quien había pillado unas cuantas veces contemplándolo con tristeza.

Estaba hecho un desastre.

—Oye. —Mia tocó el antebrazo de Claudio y, aunque trató de no levantar la voz, la escuché—. Vamos a mi habitación. Voy a maquillarte un poco las marcas, o vas a tener que dar muchas explicaciones.

Mis ojos se quedaron clavados en Claudio. Agradecí que no se fijara en mi escrutinio. Aceptó la proposición de Mia y se marcharon de allí sin objetar nada. Debía enterarme de lo ocurrido, preguntarle a Enzo o interrogar a Romeo, a quien sí busqué con la mirada. Él me rehuyó.

Iba a enterarme como fuera. Y lo primero que haría sería meterme en el ring .

Traspasé la atención a la mamma, quien con cara de preocupación se asomó por el lateral de la casona, nos miró a todos y negó con la cabeza.

Il papà se había puesto rojo de la furia, pero le había bastado con levantar la mano y señalar la zona de los palos para que todos acudiéramos allí como un rebaño de ovejas.

Y la mamma había suspirado muy fuerte, cansada de nosotros.

Solo por eso me arrepentí un poco de haber llevado mi malvado plan a cabo.

—Pero ¿se va a morir? —preguntó Enzo tan normal.

—Hombre, si tenemos suerte, sí —opinó Dante.

—Somos unos suertudos. ¡Claro que se muere! —dijo Tiziano con ese entusiasmo que a veces asustaba.

—Lo mismo se asfixia con el tarro de harina que le va a caer en la cabeza cuando entre a su habitación —añadió Alessandro con una risa idiota.

—O le cae el tarro en la cabeza de punta y se le clava en el cerebro —manifestó Romeo.

Piero los contemplaba como si no los conociera, con los ojos muy abiertos y sin parar de negar. Pero yo sabía que dentro de esa cabeza había un pensamiento más macabro y no acusatorio. Lo conocía de sobra.

—¿Y no habría sido más fácil que le pusierais un cable de acero en el suelo? Se habría cortado los tobillos.

Todos explotamos en carcajadas. Sabía yo que el abogado se las traía.

Adara asomó la cabeza por la puerta de la cocina, mirando al cielo para no vernos en pelotas y palpando el marco de la puerta para no partirse los dientes.

—Como descubra quién ha sido el cabecilla de las bromas, vais a necesitar un bastón para andar —apuntó y las risas se apagaron de inmediato.

Mi cuñada no conocía a Giulia Rossi, pero nosotros sí. Y esa mujer era peor que Satanás.

—Que alguien ayude a mi ángel caído del cielo. Tiene una barriga enorme y no queremos accidentes —pidió Tiziano, claramente al único que no estaba atado a un palo.

Piero se adelantó y la sujetó del brazo para acercarla al capu.

La mirada de mi hermano se deshizo tanto que no creí que hubiera una persona en el mundo que amara con aquella intensidad tan desbordante.

Ni siquiera me planteé cómo podía existir ese sentimiento que lo consumía cada vez que Adara se acercaba a él.

Tiziano empujó el culo para darle un restregón. Ella rio.

—Eres un descerebrado. —Adara sonrió y lo abrazó—. Dios, estás helado.

Lo arropó con el pañuelo de punto que tenía echado sobre los hombros y la escuché intentar calentar su pecho.

—¿Vienes a darme calorcito, bambina? Ya sabes que esto crece rápido y tenemos público.

La escuché reír de nuevo y le pellizcó el abdomen. Tiziano se quejó de manera fingida y a mí se me instaló una sonrisa de imbécil en la cara. Como la que tenía Romeo. Como la que tenía el resto, imaginé.

—Llevo una hora con Renato. Ya tengo todos los puntos cerrados en un radio de diez kilómetros. —Levantó la cabeza y lo contempló. A Tiziano le brillaban los ojos con devoción—. Te vas a quedar muerto con la guía que he creado.

Él solo la miró .

Ella estaba orgullosa. De ella, sí, pero de él sobre todo. Eran el tándem perfecto.

Y un pensamiento intrusivo se me coló. Yo también admiraba la manera de pelear, el coraje de responder, el no amilanarse y el aguante con mis miradas que tenía Beatrice.

No.

—Vas a ser la donna perfecta, mi bambina.

Lo besó con aquella pasión que traspasaba los límites, se separó y dio unos pasos a la derecha para llegar a mí.

Aguanté la sonrisa al ver que se quedaba en mi costado, extendía el mismo pañuelo por delante de mis partes bajas y le daba la otra esquina a Piero para que le diera la vuelta.

Casi se me escapa un suspiro por el reconfortante calor.

Miré a Tiziano antes de desviar mi atención a ella. El cabrón ya se reía.

Me posó una mano en el antebrazo y lo frotó.

—Madre mía, vais a coger una pulmonía.

—Pues no veo yo que ese pañuelo esté encima de mí —renegó Dante.

Adara hizo un gesto con la cabeza, como si estuviera restándole importancia, y me miró.

—Oye, hace mucho que no pasas por casa. —La contemplé con fijeza—. No te veo, no hablamos. ¿Por qué no vienes un día y te preparo un buen café? Así podrías estar un rato con las niñas —dijo casual.

—No caigas —susurró Alessandro—. Es para encasquetarte a las criaturas y pirarse con su marido.

Tiziano rio.

—¡Oh, cállate, Alessandro! Estás más tiempo en mi casa y en la de tus padres que en la tuya —le dijo ella.

—Es porque es su favorito —cizañó Dante—. ¿Habéis visto cómo se llama la niña? Valentina. No se llama Danta.

—Ni tampoco Romea —argumentó el ofendido.

—Danta. Es horrible —bisbiseó Tiziano.

—Pero Romea es bonito —aseguró Romeo, sin convencimiento.

—Pues Alessandra le hubiera pegado más que Valentina.

—O Enza. —Adara puso los ojos en blanco y sonreí. Era bonita incluso con ese gesto—. Me merecía que se hubiera llamado Enza.

—El nombre de las bambinas era decisión de los padres —dictaminó Piero, muy serio.

—Lo dices porque tú no te merecías que se llamara Piera. Qué feo. Piera —repitió Dante, dañino.

—Tú te lo merecías mucho —ironizó Piero dirigiéndose a Dante y le soltó una risa sarcástica.

—Cuando me suelte il papà te pego.

Adara me apretó el antebrazo que no había dejado de frotar y negó con la cabeza para después hacer un gesto que me instaba a darle una respuesta. Tenía unos ojos verdes muy distintos a los míos, pero tan cautivadores que no me extrañaba que el capu estuviera enamorado de ella hasta las trancas.

—Iré.

—Y no seas tan parco en palabras, si puede ser. —Rio de manera suave y la imité—. Estos castigos van a mataros.

Me puso la mano en el pecho helado. Tiziano fue a soltar alguna de las suyas, pero se calló cuando el padre de todos apareció dando largas zancadas por el jardín.

—¿No apruebas mis castigos, carusa ?

—Yo no he dicho nada. —Corrió a contestar ella y lo enfrentó—. Pero hace un frío de mil demonios.

—Pues que hubiesen llegado puntuales. —Adara suspiró—. Y por esa cara, vas a ayudarme a desatarlos a todos menos al que le has puesto el pañuelo.

Solo necesitaba una excusa para alargar el castigo.

—¡¿Yo?!

—Y a tu marido lo desato yo. Ahora vas a trabajar la vergüenza de verlos a todos sin ropa. —Pasó por su lado como un gobernante.

A Adara se le subieron los coloretes a las orejas.

—Claudio —lo llamó sin temor, pero sin girarse. Si lo hacía, le veía el pitorro a Dante, a Enzo y a Alessandro—. ¡No es justo!

—Tampoco es justo que te pongas de parte de ellos.

—¡Pero si no he dicho nada! —clamó con los puños apretados y me miró buscando ayuda.

—¿Lo dices en serio? —le pregunté con sarcasmo en un susurro y lloriqueó.

—Y Romeo tampoco. Que ya le has visto el rabo —apuntó el cabrón del papà, detrás de Tiziano.