Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 19Instinto de protección #3
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19Instinto de protección #3

Vi a Enzo girar la cabeza hacia mí antes incluso de que Dante fuera a contestar a lo que había dicho Donna y supe lo que iba a decir. Videncia. Eso era lo que teníamos los Sabello. Me adelanté:

—No.

Levantó las manos en el aire.

—No he dicho nada.

Donna lo miró primero a él y después a mí. Dante, que para eso tenía un radar de vieja cotilla, sonrió y lo reprendí con una mirada furibunda.

—Cierra la bocaza, o te la cierro de un puñetazo —lo amenacé.

Enzo se cruzó de brazos y apoyó un codo en la mesa. Donna pasó de ser mediadora a observadora. Pero no fue Enzo quien tomó la palabra, sino el hijo de su padre de Dante.

—La Guardia di Finanza tiene acceso a todo eso, ¿no?

—Y nosotros no somos la Guardia di Finanza —ladré.

—Pero conocemos a alguien que sí. —Elevó y bajó ambas cejas en un movimiento socarrón—. Empieza con B y termina por E. A ver si lo adivinas, San Valentino.

No dejó de hacer el movimiento con las cejas y juro que deseé sacarle el cuello por la ventana.

No quise pensar en ella, aunque fue lo primero.

Se me aparecieron aquellos ojos marrones entre la niebla, sus manos sujetándome la camiseta y la boca que llevaba tres días intentando arrancarme de la cabeza.

Me había apartado de Beatrice por algo, y a los pálpitos siempre había que hacerles caso, según Tiziano.

Mi problema era que yo no quería escuchar el pálpito. No deseaba ponerle un nombre.

—Buscad otra manera. Nosotros no nos mezclamos con la poli.

Me giré para volver a inclinarme sobre el compartimento del motor, así por lo menos los perdería de vista. Donna no se pronunció. Enzo resopló despacio antes de llamarme:

—Valentino...

No respondí.

—No tienes que ir tú. Puedo pedirle los expedientes por las malas sin que se entere nadie y...

Me giré como un basilisco y miré a Dante.

—No.

Mi voz salió más gutural de lo que pretendía y el silencio que se quedó después me puso de peor humor. Dante dejó de sonreír. Enzo siguió mirándome como si quisiera abrirme la cabeza y comprobar qué tenía dentro, pero fue Donna la que llamó mi atención.

No hizo nada especial. Apenas un gesto con la boca y una relajación mínima en los hombros, como si acabara de quitarse un peso de encima. Cualquiera habría pasado por alto aquel movimiento.

Yo no.

La miré, aunque ella fingió interesarse por algo en la pantalla del teléfono.

—Si no quieres acudir a la agente Costa, buscaremos otra vía. —Donna guardó el teléfono en el bolsillo trasero mientras mencionaba aquello de manera desinteresada.

Fue un tono camuflado de lo que verdaderamente sentía.

« Agente Costa ». No sé por qué me molestó escuchar su apellido en boca de Donna, pero lo hizo. Y el simple hecho de no encontrar un motivo lógico para la molestia consiguió que apretara más las muelas.

—Lo haremos a la vieja usanza. Así aprenderán a respetar y a pensárselo antes de intervenir en los negocios de los demás —bramé.

Me agaché, recogí la llave que había tirado antes y volví hacia la Tempesta. No iba a discutir más por una policía a la que ya había sacado de mi vida y a la que iba a sacar también de mi cabeza.

Seguro.

—Uhhh, sangre, sangre. ¡Me gusta! —soltó victorioso el psicópata de Dante.

De reojo, capté la sonrisa de Donna mientras lo observaba. También hacían buen equipo cuando se juntaban.

—Dante, sigue tirando de los intermediarios. Donna, que las Gaviotas no pierdan de vista esos camiones. Quiero saber dónde paran, cuánto tiempo permanecen dentro, quién entra y quién sale. Enzo, busca a alguien que pueda meterse en las sociedades sin llamar la atención.

Me incliné sobre el compartimento del motor. Durante unos segundos no escuché nada y supe que seguían allí mirándome. Me crispaba incluso no verlos.

—¿Algo más, capitano ? —Dante no pudo evitarlo.

Gruñí como respuesta y volví al motor. Hundí los brazos entre las piezas, obligándome a pensar únicamente en la lancha. No iba a buscarla. No tenía por qué verla. Y si para averiguar quién estaba detrás de las sociedades teníamos que remover media Italia, removeríamos media Italia.

Ellos manejaban la ley.

Nosotros llevábamos toda la vida aprendiendo a vivir al margen de ella.

—Pues vamos a ello —musitó la rubia y escuché sus pasos alejarse. Fue la primera en salir.

Cerré los ojos al notar la presencia de los otros dos allí. Suspiré, dejé la llave caer a plomo y les pregunté con sequedad:

—¿Qué?

—Te recuerdo que tienes que darte una ducha, cambiarte y que en... —Enzo hizo una pausa e intuí que estaba mirando su reloj de oro—. En una hora y veinte tenemos que estar en Catania.

—Y si no nos vamos ya, cuando lleguemos la vieja nos encuentra en el palo —apostilló Dante.

—Y en bolas, tronco.

—Y en bolas. Con todo el rabo dándole las buenas tardes. ¡Ug! Le da un infarto.

—A la mamma te la cargas —aseguró el rubio y me reí al imaginar la escena.

—Il papà se iba a poner como una fiera desbocada. Con lo mal que le cae la abuela.

Saqué la cabeza hacia atrás con la sonrisa todavía instalada en el rostro. Los miré y a los dos cabrones les brillaron los ojos. Solté un bufido, me limpié las manos con el trapo guarro y les pregunté:

—¿Llegamos tarde a posta?