19Instinto de protección #2
Sus labios se juntaron en una fina línea. No quise identificar ese movimiento. ¿Era comprensión? ¿Era temor? Cabeceó de manera lenta, sin separar su mirada de mí.
—La besaste en el puente.
¿ Qué iba a contestar a eso ?
Enzo me acompañó a dejar al saco de pulgas y, aunque hubiera niebla, pese a que estuviera en la distancia, lo vio. No me dijo nada en el momento. No hizo falta, también se lo leí en los ojos.
Me restregué con la yema del pulgar la grasa de la mano, en un movimiento muy parecido al que ejecuté en los labios de mi lupina. ¿Por qué demonios pensaba en ella de manera posesiva, si no era nada mío?
No mientras yo no quisiera.
Y empezaba a querer.
—No lo sé.
—No lo sabes, ¿o no quieres saberlo?
Lo miré, como aquel niño perdido que había sido durante muchos años. Perdido, pero Enzo siempre había sabido estar en primera línea y encontrarme. Los demás también, aunque aquel rubio tenía una conexión especial conmigo.
—No puedo ni verla.
Permití que la rabia tomara el control de mis palabras. Era lo mejor.
—Pero la metiste en el camión.
—Fue un impulso.
—Que no sirvió para nada.
Sentía el latido del corazón en los oídos.
—Nos sirvió para frenar a los subnormales de los Corvi.
—¿Cuando la subiste sabías que la guardia vendría detrás?
No pestañeé. Era una táctica también para que se cansase de preguntarme. Si lo miraba fijamente y sin titubear, quizá se amilanaría. De hecho, cuando mantenías aquella mirada, si intentabas verte en los iris de la otra persona, provocabas un gran estado de incomodidad. Casi siempre eras vencedor.
Con Enzo no funcionaba.
No supe qué responderle. ¿Con qué motivo la había subido al camión?
—Tuviste la corazonada de que iba a faltarnos personal. Que veinte no éramos suficientes, con nuestros hombres y todo. Un tío inteligente.
No había ironía en su voz. Estaba camuflada. Yo no era capaz de hablar. No por lo menos de contestarle algo sensato.
—Nos habría servido como moneda de cambio —dictaminé sin convicción.
Enzo usó la táctica de verse reflejado en mis ojos durante más tiempo del permitido. Dudaba si decirme algo o no; lo intuía claramente por su expresión. Aquello nos venía de serie, ya lo creía de casi todos los Sabello.
Lo soltó, por supuesto.
—Hay un sentimiento que tenemos de vez en cuando con las personas.
—No me gustan las palabras sentimiento y persona en una misma frase —lo interrumpí.
Sonrió con tristeza.
—A mí sí. Es bonito.
No le dije nada. No iba a rebatirle que no quería escucharlo ni quería saber a qué se refería. Me digné a callarme mientras ocupaba nuestros silencios con largas miradas y pensamientos invasivos. Alcancé la manga de mi camiseta llena de manchas de grasa y estiré ambas, también en un acto nervioso.
Al rubio se la pelaban mis gestos y mis pocas ganas de hablar.
—Se llama instinto de protección, y lo desarrollamos con las personas que nos importan.
Me dio un mazazo tan grande que no lo vi venir.
Lo sentí en los hombros, en la cabeza que se me embotó de inmediato, en los ojos que se me nublaron por la mala hostia..., en el latido desbocado de mi pecho que se aceleró demasiado, como cada vez que Beatrice se acercaba. ¿Qué había querido decir con aquello?
Entrecerré los ojos, giré la cabeza un poco hacia la derecha y añadí:
—Tú lees muchas novelas románticas.
Soltó un bufido por la nariz en forma de risa y asintió.
—Es cierto. Es uno de mis géneros favoritos.
Negué con la cabeza, con ganas de terminar la conversación que no acabaría en una confesión de ningún tipo, simplemente porque no había nada que confesar, y justo apareció un milagro cuando escuché a alguien subir de manera acelerada.
Era Donna.
Reconocía sus pisadas desde lejos.
—¿Capitano? ¡Estás aquí!
Donna llegó con Dante pisándole los talones y ni siquiera me molesté en responder.
A mi hermano no lo había escuchado, pues era un águila silenciosa.
Me limité a soltarme las mangas mientras Enzo se levantaba, los miré y disimulé que me limpiaba las manos con un trapo que ya estaba tan negro como la mayoría de las piezas que había desmontado.
Algo en la expresión de ambos consiguió que olvidara durante unos segundos la conversación que acababa de mantener con Enzo, aunque no lo suficiente para que desapareciera de mi cabeza aquello del instinto de protección.
—Qué alegría verte, capitano —bromeó Dante y puso unos morros que me dieron ganas de borrárselos de un puñetazo.
Dante no sabía que existía el disimulo. Es que ni siquiera conocía esa palabra.
—Habla —rugí viendo de reojo que Enzo sonreía.
Me levanté.
Donna llegó hasta la mesa de trabajo, apartó con el antebrazo una llave que había dejado entre varias piezas de la lancha y colocó unos papeles sobre ella.
Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y la ropa manchada de grasa, como casi siempre que se pasaba horas allí. Al menos con ella sabía a qué atenerme.
Donna trabajaba, discutía, obedecía cuando tenía que hacerlo y se cagaba en quien quisiera cuando no estaba de acuerdo. No me ponía el cerebro del revés cada vez que aparecía y eso lo agradecía. Quizá por ello se había ganado un admirable puesto a mi lado.
—Tenemos a los otros dos —anunció con desgana.
Dejé de limpiarme las manos y Enzo se aproximó a mi lado, prestando más atención a la rubia.
—¿De quién hablamos? —me interesé.
Dante se acercó con aquella chulería que lo caracterizaba mientras Donna buscaba varias fotografías para enseñármelas. Mi hermano fue el que habló primero:
—I Lupi Rossi y La Fratellanza del Serpente.
Los primeros llevan meses creciendo entre Calabria y Sicilia.
Empezaron con extorsiones pequeñas, robos de mercancía, armas y mierdas de esas, pero últimamente se están moviendo mejor de lo que deberían.
Cambian coches, rutas, teléfonos... No repiten almacenes y los hombres que utilizan para los portes desaparecen después de cada trabajo.
Acepté las fotografías que Donna me tendió. Había matrículas, caras, naves industriales y algún que otro tipo que no me sonaba de nada.
—¿Y los otros? —me interesé.
—Más finos —intervino Donna—. No se manchan tanto las manos. Trabajan con empresas, transportes, talleres, importaciones, sociedades que cambian de dueño cada pocos meses... Hemos encontrado varias relacionadas con ellos, pero ninguna tiene un nombre real.
La miré por encima de los papeles. Enzo me fue quitando algunos.
—¿Eso quiere decir que no sabéis nada?
Dante abrió la boca con gesto ofendido.
—¿Has hecho tú algo aparte de montar y desmontar la lanchita, San Valentino?
Rugí.
—Estamos en ello. Pero están siendo mucho más complicados —medió Donna, como siempre que había algún intento de disputa entre nosotros.
Enzo soltó una risa por la nariz y Dante le dedicó una mirada asesina. Donna, que tenía más paciencia que ninguno, extrajo su teléfono del bolsillo del vaquero y me enseñó varias fotografías de camiones, documentos y matrículas.
—Mis Gaviotas han seguido dos portes. Uno bajó desde Roma y otro apareció ayer cerca de Nápoles. Terminaron descargando en naves distintas, con empresas distintas, pero hay intermediarios que se repiten y uno de los vehículos apareció hace un par de meses relacionado con gente de los Corvi.
Aquello sí consiguió que prestara toda mi atención. Enzo se acercó un paso más y observó la pantalla por encima de mi hombro.
—Los Corvi no trabajaban con ellos —apuntó el rubio.
—O eso creíamos —le contestó Donna.
Me quedé varios segundos contemplando las fotografías.
Una organización podía intentar tocarme los cojones.
Dos podían tener ganas de acabar en una cuneta.
Pero tres grupos diferentes moviéndose por las mismas rutas, compartiendo intermediarios y utilizando sociedades que se cruzaban entre sí ya dejaba de parecerme una casualidad.
—¿Qué os falta para apretar más las tuercas? —les pregunté.
Donna guardó el teléfono y miró a Dante, como si esperara que fuera él quien tomara la decisión. Mi hermano sonrió perverso.
—Llegar a las sociedades reales. Saber quién las administra, quién ha estado detrás antes, qué movimientos bancarios tienen, cambios de titularidad, participaciones...
—Pues se llega y punto —sentencié tras escuchar las palabras de Dante.
—No podemos —respondió él.
Lo miré con cansancio. Ahora lo notaba en todo su apogeo.
—Puedes enterarte hasta de quién duerme con quién en media Roma y ahora resulta que no puedes averiguar quién tiene una empresa —se burló Enzo—. Estás perdiendo facultades, tronco.
—Esto no va de preguntarle a un camello en una esquina, tronco .
Hay testaferros, empresas dentro de empresas y movimientos que no aparecen por ningún sitio al que nosotros podamos entrar sin levantar sospechas.
Necesitamos expedientes fiscales, datos bancarios, registros internos.
Cosas, Enzito. Cosas. Tan listongo que eres.
—Eh, tíos, tranquilos —pidió Donna, extendiendo sus brazos hacia ambos lados cuando el camello maleante fue acercándose al rubio—. Seguro que hay maneras de llegar, pero no es montando un drama entre vosotros.
Lo dicho, era la mediadora.