19Instinto de protección
Instinto de protección
Solté la llave sobre la chapa metálica con un cabreo de mil demonios.
La Tempesta seguía sin darme lo que quería.
Llevaba demasiadas horas con medio cuerpo metido en sus entrañas, las manos negras de grasa y la paciencia reducida a una línea muy fina.
Había revisado conexiones, alimentación, respuesta del motor y cada puto detalle que podía justificar por qué, al exigirle de verdad, aquella lancha se quedaba un paso por detrás de lo que yo esperaba.
Y eso me ponía de mala hostia.
También me ponía de muy mala hostia estar recordando lo que había pasado en el puente Sant’Angelo hacía tres putos días.
Tres. Putos. Días.
Quitaba un cable; me acordaba de ella. Abría el motor; regresaban sus ojos. Lo cerraba; sentía sus labios. Me enfadaba y le daba una patada a lo primero que pillaba por medio; algo me recorría la barriga en una especie de corriente porque ella volvía a colarse en mi cabeza.
Mi impulso. Mis manos buscando aferrarla, fundirla con mi cuerpo, sentirla.
Mi boca llegando a la suya, saboreando cada rincón, sintiéndola como el lugar más seguro del mundo.
Como un hogar. Entonces me daba un puñetazo en la cabeza para sacarme aquella gilipollez aunque fuera a base de dolor.
Aunque me reventara en un intento de no recordarlo más.
No servía.
Regresaba con violencia. Como en una película, sus manos cerrándose en puños sobre mi camiseta, después cómo las subía hasta mi cuello para pegarse más y más hasta que yo decidía terminar con aquella locura impulsada por mí.
Hasta que era consciente de que, o me apartaba del aroma a vainilla y azahar, o la habría hecho mía de maneras indecentes en mitad de la calle.
Y lo peor de todo era que habría ocurrido. Esa vez porque ella habría querido desde el principio.
La puta poli de mierda.
Me golpeé de nuevo la cabeza, con más fuerza. Ya estaba hasta la polla.
Apoyé una mano en el borde del compartimento, respiré hondo y volví a inclinarme sobre el motor, intentando apartar los tediosos pensamientos.
El olor a combustible, metal caliente y aceite me resultaba casi reconfortante.
Mucho más sencillo que las personas. Las máquinas, por lo menos, daban señales cuando algo fallaba.
Protestaban. Vibraban distinto. Perdían fuerza. Te avisaban.
La Tempesta me avisó desde el primer momento.
Como estaban avisándome mis impulsos, creí.
Golpeé con suavidad una de las piezas con los nudillos y fruncí el ceño.
—Vamos... —gruñí—. ¡Dime qué te pasa!
Porque iba a sacarla otra vez al Tirreno. Y esta vez pensaba encontrar el fallo aunque tuviera que desmontarla entera.
La Tempesta descansaba fuera del agua, elevada sobre los soportes de mantenimiento en una de las naves del astillero.
Me encontraba junto a la popa, inclinado sobre el compartimento del motor, con media caja de herramientas abierta a mis pies y las manos metidas dentro de ella.
A pocos metros, el portón que comunicaba con el varadero permanecía abierto y dejaba entrar el olor salado del Tirreno y el ruido del agua contra la rampa.
Escuché unos pasos acercarse por la nave y ni siquiera me hizo falta levantar la cabeza para saber de quién se trataba.
—¿Qué quieres, Enzo?
El rubio se detuvo muy cerca de mí, aunque no lo veía. Se dedicó a dar vueltas de una punta a otra de la lancha y soltó un suspiro.
—¿Cuántas horas llevas sin dormir, Valentino?
—Pocas —mentí.
Había dado una cabezada la noche anterior, que recordara, y me había despertado con la respiración agitada de Beatrice en la cabeza. Desde entonces no había vuelto a cerrar los ojos. No quería encontrármela de nuevo.
—¿Cuántos canutos te has fumado?
Mierda. Eso se me había olvidado quitarlo.
—Ese cenicero no es mío solo.
—¿Permites a tus trabajadores fumar porros aquí? ¿Con las máquinas, la gasolina...?
El tono de Enzo era claro: no era gilipollas. En ese cenicero había, que recordase, seis canutos. En mi defensa diría que eran de tres días, aunque no encontré la lógica de estar justificándome mentalmente cuando no lo hacía con nadie.
Pero es que Enzo era mi refugio.
Una patada en mi tobillo provocó que abriera los ojos como platos. Un claro indicativo de que mi tiempo a solas con el silencio se había terminado. ¡No me había dejado ni un minuto!
—Sal de ahí, sabandija, y dime a la cara que eso no es tuyo. Tampoco las dos botellas de whisky que hay al lado. Eso no estaba ayer por la tarde cuando vine.
Ahora cerré los ojos. Eran las tres de la tarde, así que pocas excusas podía inventar.
Me arrastré y clavé mis ojos serios en él.
Su mirada, tan parecida a la mía, no se separó ni por un instante.
Al contrario, cruzó los brazos, se apoyó en la mesa que había detrás y esperó a que fuera yo quien diera el primer paso.
Me senté en el suelo, con las rodillas flexionadas y las manos apoyadas sobre ellas. Entrecerré los ojos. Me imitó como un capullo con la mirada.
—¿Qué pretendes? —cuestioné.
—Que me cuentes lo que te atormenta.
—Pareces un visionario malo de los que salen en la televisión.
—¿Ahora buscas videntes que te lean el futuro? —Enarcó las cejas—. Quizá no te vendría mal.
—No me creo esas chorradas.
—Pues bien que vamos todos a pies juntillas con Tiziano cuando tiene sus pálpitos .
No respondí. Yo siempre había creído que estábamos malditos por la vieja loca de los Rinaldi. De hecho, sin saber por qué, continuaba pensando que alguna maldición había en la familia. Alguna que se materializó el día que Lionetta, mi hermana, nació muerta.
Me sumí en el desesperante silencio que a mí me encantaba y que, a algunos, les crispaba. A Enzo no le afectaba precisamente, sin embargo, ese día no había aparecido allí para respetar mis espacios. Le aparté la mirada y la fijé en la inmensidad del agua.
Sosegada, admirable, perfecta. Los ojos me brillaron con la belleza del Tirreno y deseé con todas mis fuerzas que mi interior estuviera igual, y no como una tormenta fiera, descontrolada y enfurecida.
Yo quería ser aquel mar. Deseaba aquella calma.
Aquella naturaleza infinita que te invitaba a descansar, a tener la tranquilidad de que nada podría salir mal.
El resoplido que lanzó fue descomunal.
—No sé qué quieres que te diga —murmuré, embelesado con la magia del agua.
—¿Puedo decírtelo yo?
Dudé. ¿Quería que me lo dijera? Y aunque vacilé, era Enzo. Era mi Enzo. Asentí, sin darme tiempo a pensar.
—Te metes solo demasiada presión. Y te he dicho muchas veces que estoy, estamos , aquí para echarte una mano con los portes grandes o con lo que necesites.
—Os llamo —rebatí.
—Cuando no te queda más remedio y porque no confías en nadie más que no sea en la rubia.
Me callé. Era cierto, y el último trabajo que habíamos tenido en Mesina había sido así. Los había avisado con tres horas de antelación.
—Cada uno tiene su vida y sus negocios.
—Valentino. —Resopló—. Ser sottocapo es algo grande que requiere delegar. Y puedes hacerlo, tronco. No tienes por qué ahogarte en un vaso de agua tú solo si puedes ahogarnos al resto contigo.
Sonreí y Enzo lo hizo conmigo. Se dejó caer en el suelo y siguió con la conversación, al ver que yo permanecía en silencio.
—Se te hace bola que te estén poniendo piedras en el camino por no ser Tiziano. Pero llevas su mismo puto apellido. —Enzo tensó la mandíbula con coraje—. Y no vamos a permitir que cuatro imbéciles nos toquen los huevos.
Adoraba eso de todos nosotros. Si el problema era de uno, era del resto. Y lo pluralizábamos.
—Que se lo digan al que espera impaciente el cargamento de gasolina.
No quería pensar en ello. Había tenido que dar más explicaciones de las debidas, aunque había conseguido apaciguar los nervios del contacto. No gracias a mí, porque en ocasiones no tenía mano izquierda.
—Dante puede ser un encantador de serpientes cuando se lo propone —aseguró—. Y por eso tienes que apoyarte más en nosotros. Porque tienes que sentirte bien en La Nostra Famigghia para que tu cabeza descanse después entre motores. —Señaló la lancha.
—¿Piero te ha dado un curso yogui?
—Tenemos talleres de meditación y crecimiento personal los jueves a las ocho. ¿Te apuntas?
Una carcajada ronca surgió de lo más profundo de mi garganta. No me imaginaba yo a aquellos dos en un círculo estilo indio, meditando e intentando guardar la compostura y la pistola. Podías oler el peligro de mis hermanos a leguas de distancia.
—Creo que de momento voy a seguir con la grasa. —Le enseñé la mano y sonrió.
Cabeceó de manera queda y suspiré, pues tenía muy claro que Enzo todavía no había terminado su conversación.
—Deberías darte una ducha. En dos horas tenemos que estar en la casona. —Chasqueó la lengua—. La vieja ha llegado a Catania.
Puse mala cara. A la mamma la adoraba, pero es que a mi abuela la odiaba.
—¿Y tenemos que estar todos?
—Tan todos que he tenido que buscar a Claudio debajo de las piedras y amenazarlo para que viniera. Bueno, yo no. Il papà le ha dicho, cito textualmente: «O vienes o me llevo el palo donde estés y te cuelgo de los cojones una semana».
Aguanté una nueva sonrisa.
—¿Y qué le ha dicho? —le pregunté con sorna.
—Ha salido de su casa sin tocar el suelo.
Reímos. Por mucho que me jodiera estar cabreado con mi progenitor, tenía un poder con todos sus hijos que era admirable.
Fui a levantarme para darme una ducha en los vestuarios y, tal y como había previsto, Enzo me detuvo antes. No había terminado. Se lo había leído en los ojos también.
—¿Qué pasa con la poli?
—Nada —mentí, sin saber muy bien por qué lo hacía, y me incorporé del todo.
Me imitó y sus ojos inquisidores se clavaron en mí con más ahínco.
—Diste tu palabra de honor por un chucho, tronco. —No pude contestar—. Ibas a hacerme volver, y yo iba a ir por tu palabra al infierno, si era necesario. La diferencia es que el perro es de ella. Le importa a ella —recalcó.
Tuve pánico de pronunciar lo que pensé.
—No sé por qué lo hice.