Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 18Otra mentira #3
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18Otra mentira #3

Me tiré de rodillas y lo abracé. Draco no tardó en saltar sobre mí cuando Valentino soltó la enorme cadena, y entre besos y lametones me limpió la cara y se llevó todas mis gotas saladas.

—Estás bien —beso—, estás bien, mi bebé lindo —beso, beso, beso—. Eres un campeón, Draco. Qué bien se porta mi niño, sí, sí, sí.

Todo aquello lo decía en balleno, bajo la atenta y silenciosa mirada de Valentino. Silenciosa hasta que se pronunció con su malhumor:

—Buenísimo es el niño —ironizó—. Fíjate que a Alessandro le ha hecho un tatuaje gratis en el brazo, y que nosotros hemos tenido dos palabras para llegar hasta aquí.

Lo miré por encima de mis pestañas. Me enseñaba su mano, envuelta en una venda. No iba a preguntar qué había ocurrido, pero sí que me cercioré de revisar a Draco sin que se percatara. Por si le había hecho algo. «Lo tiro por el puente».

—Él solo se defiende de los malos —opiné y Valentino levantó ambas cejas.

—No voy a contestar a eso.

Sonreí y lo oculté en el cuello de Draco, sin dejar de rascarle. Lo abracé por última vez y me levanté con la firmeza de llevar a cabo lo que había pensado decirle. Mi rostro cambió. Pareció darse cuenta.

Draco se quedó quieto, cerca de los dos pero sin invadir el espacio de ninguno. Valentino continuaba apoyado en el muro del puente, con el impresionante castillo detrás. El castillo Sant’Angelo parecía mandarme su fuerza para continuar, desde lo más alto de la fortaleza.

—Gracias, mio re. —Ni siquiera supe por qué volví a llamarlo así, pero me salió solo. Su rostro cambió. Carraspeé e intenté solucionarlo para cortar aquello de raíz—: Valentino...

Me interrumpió antes:

—Se acabó, Beatrice. —Algo parecido a un pinchazo me atravesó por la determinación de sus palabras—. Que tú me persigas a mí sin fundamento, que yo quiera joderte la vida, que no sepas gestionar que te gusta que te someta...

—No me gusta que me sometas —lo corté enfurecida.

Se separó del puente y se acercó a mí, quedándose muy cerca.

—Entonces, ¿por qué no le has enseñado a Gennaro el vídeo? ¿Por qué no le has contado la verdad?

—Porque es humillante —silbé.

—Humillante es que te corras en una iglesia en silencio, lupina. —Los nervios se me dispararon—. Humillante es que no admitas que te mojas mientras te meto una pistola en el coño.

Le aparté la mirada, avergonzada. ¿Cómo era capaz de hablarme así?

—Eres un degenerado —le dije contemplando el agua del Tíber.

Se acercó más y aproximó la boca a mi oído para retomar la conversación:

—Y se acabó probarte de cualquier manera, porque después pienso en probarte de muchas otras formas que nunca serán posibles.

Se me detuvo el corazón.

La respiración.

Y la saliva se me amontonó en la garganta.

Era mi obligación ignorar lo que me había dicho. Cambiar de tema y decirle lo que había pensado. «Beatrice, actúa, ¡por Dios!».

—No quiero volver a verte, Valentino —musité, sin atreverme a mirarlo. Bastante había hecho el idiota ya—. Olvídate de mí y yo me olvidaré de ti.

No dijo nada.

Tuve el suficiente coraje de volverme. Casi podía rozarme con él. Elevé la cabeza y busqué sus ojos antes de continuar. No sabía exactamente qué querían decirme, pero tampoco iba a pararme a analizarlo. No quería.

—Me equivoqué contigo, con la Mano di Caino, y te agradezco la información. Te he ayudado con esto —moví la mano como si el tráiler estuviera allí— y ya no quiero saber nada más. Soy policía. —Lo último me salió como un lamento.

Solo me contempló. Fijo. Sin pestañear.

Y a mí el corazón iba a escapárseme del pecho.

Asentí, convencida de que debía apartarme de su olor, de su presencia, de aquella aura enigmática que conseguía envolverme incluso cuando no hacía nada. Sin embargo, sucedió algo que lo mandó todo al traste, incluida mi estabilidad emocional.

Me pareció verlo dudar. Solo un segundo.

Fue una mano. La suya.

Se colocó bajo mi barbilla y su pulgar se deslizó con lentitud por la línea de mi mandíbula. Creí que iba a desmayarme cuando sus ojos descendieron hasta mis labios entreabiertos. Los pulmones dejaron de responderme con normalidad y, por un instante, todo pareció quedarse suspendido entre nosotros.

Estaba fijo en mí. En pausa, como si estuviera meditando si era acertado o no y...

Entonces su boca aterrizó sobre la mía.

Primero despacio, con una cautela que no esperaba de él, como si quisiera reconocer cada rincón antes de atreverse a avanzar. Rozó mis labios una vez, dos, y aquel contacto contenido me alteró mucho más que cualquiera de sus provocaciones anteriores. Después cambió. Se volvió más intenso.

Más profundo.

Más Valentino.

Su lengua buscó la mía y yo respondí sin pensar, dejándome arrastrar por un beso que parecía haber estado esperando desde hacía mucho tiempo.

Lo sujeté de la camiseta y me puse de puntillas para alcanzarlo mejor, pegándome a él hasta sentir el calor de su cuerpo atravesarme la ropa.

Ya no tenía frío. Ahora no quería que terminara.

Y aquello fue lo que más miedo me dio.

Porque ya no estaba respondiendo por impulso ni por rabia. Lo estaba besando porque quería hacerlo.

Valentino hundió una mano en mi nuca y profundizó el beso con un hambre que me hizo perder cualquier noción del tiempo. La otra rodeó mi cintura y me arrastró hacia él, hasta que mi espalda terminó chocando contra el muro del puente.

No supe en qué momento había llegado hasta ahí.

Solo fui consciente de la niebla envolviéndonos, del Tíber oculto bajo nosotros y de aquellas estatuas de piedra desapareciendo a intervalos entre la bruma.

Roma entera parecía haberse quedado lejos, convertida en un murmullo que no conseguía alcanzarnos.

Éramos él y yo .

Su boca.

Mi respiración rota.

Sus dedos apretándose en mi cintura como si también temiera que me apartara.

Y entonces ocurrió algo que me desconcertó todavía más.

El beso dejó de sentirse como una batalla.

Seguía siendo intenso, impaciente, casi desesperado, pero debajo de todo aquello había algo distinto. Algo más lento. Más profundo. Una forma de sostenerme que no se parecía en nada al hombre que llevaba semanas empujándome contra todos mis límites.

Y quizá fue eso lo que hizo que mis dedos dejaran de aferrarse a su camiseta para deslizarse hasta su cuello.

Como si ya no quisiera sujetarme. Como si quisiera fundirme con él.

Sin esperarlo, él mismo fue quien rompió la magia del momento. Se separó con la respiración acelerada, sujetó mis antebrazos para que me descolgara de él y, sin apartarme la mirada, añadió:

—Ciao, lupina.

Y desapareció entre la niebla con una promesa firme en su mirada: la de no volver a encontrarnos jamás.