Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 18Otra mentira #2
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18Otra mentira #2

—No lo sé —musité, con los ojos de Leandro clavados como dos estacas en mí.

Qué miedo daba. Y juraría que me leía el pensamiento.

Donna apareció en mi cabeza. Rubia. Bellísima. Observándome como si quisiera arrancarme la piel. Y entonces Gennaro soltó el aire lentamente.

Supe que había terminado de darse cuenta. No sabía qué estaba ocultando, pero sabía que ocultaba algo. Leandro me contempló durante varios segundos que se me hicieron eternos y después hizo una seña a uno de los sanitarios y le ordenó:

—Revísela.

No podía permitirme aquellos minutos. No cuando necesitaba recuperar mis efectos personales para que Valentino se pusiera en contacto conmigo, o para que lo hiciera yo con él.

—Estoy...

—Como vuelvas a decirme que estás bien, Costa, te meto personalmente en la ambulancia.

Cerré la boca. El sanitario se acercó y me hizo sentarme en el lateral de uno de los vehículos. Gennaro permaneció delante de mí mientras el hombre me examinaba la barbilla con una pequeña linterna.

—Míreme. —Lo hice—. ¿Mareo?

—No.

—¿Náuseas?

—No muchas, pero me han golpeado en el estómago. —Lo exageré. En realidad, si tenía el parte médico regular... Las probabilidades de no quedarme hasta el final allí eran altas.

—¿Dolor de cabeza?

—Un poco.

Gennaro seguía mirándome como si pudiera sacarme la verdad a fuerza de observarme. El sanitario terminó y me indicó que no veía nada preocupante, aunque debía acudir al hospital si aparecían mareos, vómitos o dolor intenso.

Leandro volvió justo cuando me incorporaba.

—Costa, se irá a casa.

Parpadeé confusa, aunque en mi fuero interno era lo que deseaba. No iba a mencionar ni que debía hacer el informe. Ya lo haría al día siguiente, pues la prisa me corría por las venas y demasiado bien estaba saliendo todo para ser una mentira tan grande. Gennaro dio un paso.

—La llevaré a casa.

—Tú vendrás conmigo, Caputo. Tenemos detenidos, muertos, armas, vehículos, una nave que registrar y un cargamento desaparecido.

Necesito a todos los efectivos disponibles en el cuartel cuanto antes.

Costa ha estado retenida durante parte del operativo y encima la han golpeado. Hoy no me sirve para una mierda.

El cruce de miradas con mi futuro marido fue suficiente. La pregunta estaba escrita en sus ojos.

«¿ Qué me estás ocultando ?».

Y por Dios que me habría gustado contárselo, decirle lo que había sucedido de verdad, pero...

¿cómo le explicaba todo lo que había ocurrido con Valentino desde el principio?

¿Cómo iba a explicarle que el desgraciado tenía un vídeo en su poder que podría desmontarme la vida?

¿Cómo le contaba eso? A veces me cuestionaba si estaba volviéndome loca con tantas preguntas, con tantas dudas.

Si era mejor sentarme y decirle lo que había sucedido y ya.

¡Yo no lo había buscado! ¿O sí, por ser tozuda? ¡Arrrg!

Gennaro se acercó hasta quedarse frente a mí y me colocó una mano en la nuca. El gesto fue íntimo, conocido, seguro. El mismo que llevaba tiempo tranquilizándome cuando comenzó con aquellos movimientos circulares para rebajar la tensión de mi cuello.

—Llámame cuando llegues.

Asentí con un nudo en la garganta. ¿Me merecía a alguien como él? Tal vez no, por mentirosa.

Por haber disfrutado de lo que no debía.

Por pecar indecorosamente en una iglesia.

Por haberme dejado llevar.

—Lo haré —musité.

Sus dedos permanecieron un segundo más sobre mi piel, me dio un beso en la frente y vi a través de mis pestañas cómo cerraba los ojos.

—No te olvides de Draco.

El pulso se me detuvo. ¿Qué sabía él de Draco? La rigidez se me tuvo que notar en los hombros y la respiración acelerada. No reaccioné, y de nuevo di gracias al universo por concederme la licencia de seguir engordando una mentira que cada vez se hacía más pesada.

—He visto que un compañero se encargaba de llevárselo al cuartel. Se lo ha puesto difícil, pero no he podido ir yo a por él. Mi padre no me ha dejado despegar el culo de mi jodida posición cuando todo se ha vuelto un caos —renegó con ese tono suyo. A mí el aliento me faltó—. Discúlpame.

Otro milagro había surgido del cielo en mi dirección. La vestimenta de los Sabello y su equipo en general era muy parecida a la que llevaba gran parte del equipo policial de la Guardia di Finanza, con pasamontañas, ropa oscura y chalecos tácticos.

El corazón me latía demasiado deprisa. Tanto que creí que iba a desmayarme.

—Sí, me lo ha comentado uno de los compañeros al llegar.

Se separó un poco de mí.

—¿A quién se le ha resistido tanto? Me ha parecido ver que le daba un mordisco en el brazo —se jactó y yo palidecí.

Intenté acurrucarme en su pecho, evitando así que reclamara mis ojos.

« Por favor, que esto se acabe ya ».

—Pues ha sido...

Leandro chasqueó los dedos desde unos metros más allá y el cuerpo pareció soltárseme a plomo.

—¡Caputo! ¡¿Tengo que ponerte un collar de calambres para que vengas?!

Gennaro ni siquiera se giró.

—Voy.

—¡¡¡Ahora!!! ¡Hostias! —bramó con cólera el general.

La comisura de mis labios quiso moverse. Lo hizo con esfuerzo.

—Tu jefe te reclama. —Golpeé su pecho con suavidad—. Ve. No lo hagas enfadar más de lo que está, o nos levantará un expediente a todo el equipo.

—Nuestro jefe.

—Esta noche te lo regalo. —Reí con pesar. También me lo notó, aunque lo disimuló bastante bien.

Gennaro me conocía lo suficiente; el problema era que yo a él también. Me dio un beso largo y se apartó renegando. Lo observé marcharse hacia Leandro, y a mitad de camino se volvió.

Yo seguía allí.

Nuestros ojos se encontraron una última vez, y esa sensación regresó: Gennaro sabía que le había mentido. No en qué, pero sabía que algo no cuadraba. Aun así se marchó, con la promesa muda de sonsacarme la información.

Lo peor de todo era que no tendría escapatoria si eso sucedía.

Solté el aire cuando dejó de mirarme, me encaminé hacia el primer vehículo policial que un compañero me prestó y me tendió una bolsa donde estaban también mis pertenencias. Entre ellas, mi teléfono.

No lo encendí de inmediato para que no se apreciara la urgencia, sino que esperé unos minutos más para hacerlo.

Me incorporé a la carretera por la que había llegado, con las escenas acontecidas golpeándome en la cabeza una detrás de otra.

Con la respiración de Valentino, con su cercanía.

Con su corazón galopando tan frenético como el mío.

« No ».

¿ Cuántas mierdas más iba a inventarme ? ¿ Qué coño estaba haciendo ? ¿ Por qué sentía un cosquilleo extraño cuando lo tenía cerca? Cuando me miraba con esos ojos tan verdes, tan peligrosos, tan ... demoledores .

La idiotez me golpeó con tanta fuerza que me quedé quieta en mitad de la carretera.

Yo era policía.

Él era un mafioso .

Y acababa de mentirle a mi general, a mis compañeros y al hombre con el que iba a casarme para proteger su identidad. Me pasé una mano por la cara, nerviosa.

—Tienes que acabar con esto, Beatrice —me dije desesperada.

Solo quería recuperar a Draco. Eso era todo. Y ahí podría poner los puntos sobre las íes con aquel indeseable al que había querido encerrar desde el minuto uno.

Por dejarme llevar por la rabia. Por no detenerme a comprobar bien quién pertenecía a la Mano di Caino. Y ahora tenía más frentes abiertos que antes.

En medio de esos pensamientos, un mensaje entró y giré la cabeza para mirar el dispositivo.

Estaba lo suficientemente lejos para que nadie apreciara que me había detenido en mitad de la nada.

Al ver que no tenía el número guardado, el corazón me dio ese particular vuelco que no quería sentir. Solo vi un mensaje.

Desconocido:

Castillo Sant’Angelo. 30 minutos, lupina. Ni uno más.

Tan tajante como de costumbre.

No perdí un segundo. Todo lo contrario. Quedaba mucho más trayecto, porque casi estaba llegando a la nave donde había empezado el operativo, aunque podía llegar antes que nadie.

Coloqué el rotativo azul sobre el techo, activé la sirena y pisé el acelerador.

Que Dios repartiera suerte, porque paciencia esa noche ya no me quedaba.

Aparqué cerca de la piazza di Ponte Sant’Angelo, en el extremo del puente que daba al centro de Roma. Desde allí, se extendía sobre el Tíber hasta el castillo, aunque aquella noche la niebla se había tragado buena parte de la fortaleza. Era hermoso incluso de esa manera.

Consulté el reloj. Veinte minutos. Le había pisado a fondo, me había saltado semáforos y casi había abierto las calles para llegar a tiempo. No me fiaba de él, pues sabía que cumpliría su amenaza y a los treinta minutos se marcharía de allí.

Me bajé del coche, caminé con urgencia y, cuando entré en el solitario puente, me detuve a medio camino. La madrugada caía sobre Italia con un frío que me heló el cuerpo; sin embargo, mis pies se detuvieron al distinguirlos a lo lejos.

A mi bebé, sano y salvo, sentado en el suelo como si no estuviera con su mayor enemigo. Mirando hacia su mamá, que ya lo esperaba con lágrimas en los ojos. Estaba bien, y eso era lo único que importaba.

Y lo segundo que provocó aquella parálisis en mí fue... fue Valentino. Con aquel porte, aquella rudeza y su mirada fija en mí, parecía un demonio salido del infierno. Un demonio al que cualquiera podría rendirse, incluida yo, pues escuché con celeridad los latidos de mi corazón.

Su cuerpo firme me pareció más grande, su mandíbula endurecida más fuerte, la mano que sostenía a Draco con una cadena sin ningún tipo de tensión, como si hubieran hecho las paces sin mi permiso. Y entonces vi sus ojos, tan claros, tan preciosos, clavados y sin pestañear en mí.

—¿Vas a quedarte ahí toda la puta noche?

La rudeza de su voz y el ladrido de Draco me sacaron de la parálisis.

Caminé sin titubear, mirando a mi peludo y sin atreverme a mirar a Valentino.

Las lágrimas me corrían solas por las mejillas.

Deseé que él no las viera. Quizá no entendería el sentimiento de saber que estaba bien, que no le había pasado nada.