Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 18Otra mentira
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18Otra mentira

Otra mentira

Cogí el fusil y me dispuse a aparentar que hacía mi trabajo mientras la Guardia di Finanza se extendía por toda la carretera y rodeaba a los pocos Corvi que habían sobrevivido.

Valentino y el resto se habían marchado como el humo, después de haberme atizado dos puñetazos.

Uno en el estómago y el otro en el mentón.

Notaba el escozor subir y deseé que ese dolor suplantara la ansiedad que me carcomía por dentro.

Uno, porque al primero que vi fue a Gennaro.

Se había bajado del coche policial con la mandíbula desencajada y la mirada frenética de quien busca algo valioso.

Me buscaba a mí. A su Bea.

Dos, porque no conseguía quitarme de la cabeza los ojos de Valentino. Sobre todo los del instante en que le había pedido que me golpeara. ¿Por qué había dudado? ¿Y por qué me había golpeado con tanta rabia después? No entendía nada, aunque tampoco creí que tuviera que entenderlo.

—¡Bea! ¡Bea!

Gennaro cruzó la carretera esquivando a dos agentes que corrían en sentido contrario. No bajó el arma hasta tenerme a escasos metros y fue entonces cuando su expresión cambió. El miedo desapareció para convertirse en algo que no supe identificar.

Miró mi barbilla, después mi ropa, el fusil y finalmente mis ojos.

—Estoy bien —me adelanté.

No me creyó. No hizo falta que me lo dijera.

Se acercó, me sujetó por ambos brazos y me examinó de arriba abajo, con las manos tensas y esa forma suya de apretar los labios cuando estaba intentando contenerse.

—¿Quién te ha sacado de allí? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Quién te ha hecho eso?

—Gennaro, tranquilo —le pedí al ver que Leandro avanzaba hacia nosotros.

¿ Qué hacía el general allí ?

—Bea...

—¿Qué hace tu padre aquí?

Mi tono consiguió que se callara, aunque no que dejara de mirarme.

A nuestro alrededor todo era un caos. Los destellos azules y blancos de los vehículos iluminaban a intervalos la carretera, los casquillos, los cristales y los coches atravesados en mitad de la calzada.

Los agentes iban reduciendo a los pocos Corvi que quedaban en pie.

Dos estaban de rodillas con las manos enlazadas sobre la nuca; otro, tumbado bocabajo mientras le colocaban las esposas, gritaba que no había hecho nada con tanta convicción que habría resultado enternecedor de no haber estado rodeado de cadáveres y armas.

Un cuarto se resistió a entrar en uno de los furgones y tres compañeros tuvieron que ayudarlo.

Aparté la vista. Los sanitarios ya se acercaban a los heridos y varios agentes acordonaban la zona mientras la científica esperaba permiso para entrar. El operativo había terminado. O lo que quedaba de él.

Porque el objetivo principal ya no estaba allí. Y yo sabía exactamente quién se lo había llevado.

La culpa me arañó el estómago.

—¿Dónde estabas? —susurró Gennaro como si no quisiera que nadie fuera consciente de aquello.

Lo miré.

No había reproche en sus ojos. Solo duda y urgencia por saber dónde había estado.

—Dentro del camión.

La confusión fue palpable en su rostro.

—¿Qué? ¿En el camión?

—Me metieron dentro del camión.

Fue demasiado fácil. La mentira me salió sin atascarse siquiera y el peso que me dejó fue infinitamente peor. Gennaro me contempló durante unos segundos, en silencio.

—¿Quién te metió en el camión, Bea?

Miré hacia los hombres que permanecían desperdigados por la carretera. Y elegí sin pensar, porque su pregunta me aclaraba que no habían visto que los Sabello estaban allí.

Uno de los Corvi estaba muerto a varios metros de nosotros, cerca de uno de los vehículos que habían utilizado para perseguir el tráiler. No sabía quién lo había abatido, pero a él ya no podrían interrogarlo.

—Ese. —Lo señalé discretamente.

Los ojos de Gennaro siguieron la dirección de mi mano y después regresaron a mí. Su expresión no cambió, y eso fue precisamente lo que me puso nerviosa.

—¿Ese? —repitió.

—Sí.

Suspiró y se llevó la mano a la cara en un gesto desesperado.

—Bea...

—¡¡Costa!!

La voz de Leandro retumbó por encima de las demás y agradecí la interrupción tanto que podría haberle dado un beso.

El general avanzó hacia nosotros con el chaleco abierto, el auricular medio descolocado y una expresión capaz de provocar dimisiones en cadena.

Señaló a uno de los agentes antes siquiera de llegar.

—¡Los detenidos separados! ¡Quiero identificaciones, armas, matrículas y declaraciones antes de que amanezca! ¡Y nadie toca los vehículos hasta que llegue la científica! —Se volvió hacia otro—. ¡Ese herido va al hospital esposado! ¡No de vacaciones!

El agente asintió y salió pitando. Leandro llegó hasta nosotros y me miró con rapidez.

—¿Puede mantenerse de pie?

—Sí.

—No le he preguntado si quiere hacerse la heroína, Costa.

Fantástico. Había aparecido con el mismo humor de siempre: de perros. Y hablando de perros... Los ojos de Gennaro no se apartaron de mí, inquisidores.

Si me preguntaba por Draco, estaba perdida.

—Estoy bien, generale.

—Eso lo decidirá un sanitario.

—Solo son dos golpes.

—Ahora —continuó el general—, alguien va a explicarme cómo cojones llevábamos semanas preparando una operación, hemos entrado en una nave con una mercancía perfectamente localizada y hemos terminado aquí con cuatro detenidos, varios muertos y el puto cargamento desaparecido.

Nadie contestó.

Gennaro se movió a mi lado y Leandro lo señaló sin mirarlo.

—Tú no.

—Ni siquiera he dicho nada —le dijo el hijo. Yo permanecí con la boca sellada.

—Pero ibas a hacerlo.

Gennaro puso cara de hastío y no pude evitarlo: sonreí.

—No le veo la gracia, Costa.

Y se me borró con la misma rapidez que había llegado.

—Ninguna —le dije para enmendar mi error.

—¿Dónde estaba y por qué ha abandonado su posición?

Me noté el corazón golpeándome con más fuerza en la garganta, los ojos de Gennaro más feroces sobre mí y el interrogatorio de Leandro más severo que nunca. No podía fallar, o podrían malinterpretar que estaba del lado de los Sabello.

—Dentro del semirremolque.

—¿Voluntariamente?

—¿De verdad está preguntándome eso, generale?

Leandro me sostuvo la mirada y soltó muy despacio:

—Conteste, Costa.

—No.

—¿Quién la metió?

—Uno de los Corvi.

Gennaro bajó la cabeza muy poco. Un movimiento mínimo que yo conocía.

Sabía que mentía.

El estómago se me revolvió y dudé si estaba haciendo lo correcto.

—¿Cuál? —preguntó Leandro.

—El muerto que está junto al todoterreno negro.

El general giró la cabeza hacia el cadáver. Gennaro no. Él continuaba mirándome y yo tuve que apartar la vista. No podía seguir sosteniéndosela.

—¿Estaba solo?

—No lo sé. Me colocaron una bolsa negra en la cabeza cuando estaba en la estructura.

« Por Dios, otra mentira ».

—¿Cuántos hombres había dentro?

—No lo sé.

—¿Quién conducía?

—No lo vi.

—¿Qué ocurrió durante el trayecto?

—Estaba encerrada en la parte trasera de un tráiler que circulaba a toda velocidad mientras nos disparaban. No me dediqué a pedir nombres, generale.

Leandro apretó la mandíbula, y aunque le tenía respeto, no pude evitar que el tono impertinente se asomara.

—Costa. —Sonó a amenaza—. No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Era verdad. Lo que estaba haciendo era muchísimo peor. Gennaro dio un paso hacia mí.

—Bea...

—Caputo, he dicho que tú no intervengas —lo interrumpió.

—Solo quiero...

—Me importa una mierda lo que quieras. Tú estabas asignado al segundo equipo y quiero saber por qué perdimos visual de ese tráiler durante casi siete minutos.

Gennaro tensó la mandíbula y contestó:

—Porque nos cerraron la salida.

—Entonces tendrás mucho que contarme en el cuartel.

Lo vi girarse hacia Leandro con incredulidad.

—No voy a dejarla aquí. No empieces con tus tonterí...

—No se quedará aquí —manifestó el general, y por primera vez me sentí mejor al no ser el punto de mira.

—Me iré con ella —dictaminó Gennaro.

Fue entonces cuando deseé que eso no fuera una realidad, porque debía ir a por Draco. Agradecí que estuvieran con los nervios de punta y que nadie se hubiera percatado de su desaparición. Ni siquiera Gennaro y eso, en el fondo, me dolió un poco.

—Negativo —sentenció el general.

—Papá...

—Soy tu generale cuando estamos de servicio, Gennaro. —Se aproximó mucho a él, amenazante—. Llámame como corresponde.

Aquello consiguió que hasta yo me pusiera derecha. Gennaro se pasó una mano por la cara, conteniéndose. Leandro se volvió hacia mí y me temblaron las piernas. «Oh, no. Vuelves a ser el foco». Traté por todos los medios que el interrogatorio en plena calle terminara cuanto antes.

—Continúe, Costa. Espero que ya no se nos interrumpa más.

Respiré profundamente y Gennaro lo hizo de manera ruidosa. Para que lo escuchara bien. En otro momento me habría sacado una sonrisa por su descaro, pero estaba tan nerviosa que era capaz de echarme a llorar.

—Cuando el vehículo se detuvo, conseguí deshacerme de lo que me habían puesto en la cabeza y salí.

—¿Cómo?

—Las puertas se encontraban abiertas.

—¿Y su captor?

—No lo sé. Se produjo el tiroteo y solo tuve tiempo de verlo desmontar antes que yo —me inventé para darle fundamento al hombre muerto al que había apuntado como mi secuestrador.

—¿Y?

—Lo perdí de vista. —Intenté no parpadear ni apartar la mirada del general. Gennaro clavó los ojos en mí.

—Y, curiosamente, aparece muerto.

Silencio. Aquellas dudas parecían señalarte como el culpable de un crimen. Y aunque en mi cabeza cuadraba todo, sabía que en la del hombre que se acababa de mover un poco más hacia mi lado, no. No se me ocurrió mirarlo.

—Curiosamente, no —lo contradije y me lanzó una mirada sibilina—. Hubo un tiroteo, como acabo de comentarle, generale.

Asintió sopesando la información.

—¿Vio quién se llevó la mercancía, Costa?

—No.

Más mentiras.

—Vio la otra cabeza tractora, supongo. ¿Sabe si fueron los mismos Corvi? Aunque eso es absurdo. No iban a robarse la mercancía entre ellos.

Mi pulso dio un salto.

—Había vehículos por todas partes —le respondí con calma.

—No te he preguntado eso.

—No pude identificar nada, generale.

—¿Hombres? ¿Mujeres? Esto indica un claro robo a los Corvi.