Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 17Soy policía #3
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17Soy policía #3

Me miró. Demasiado. Y se movió. Apartó a una Donna que continuaba su inspección de manera seria en mi dirección, mientras Piero conseguía separar la cabeza tractora para avanzar con ella unos metros.

Entonces Donna se marchó, maniobró para colocar la suya bajo el frontal del semirremolque, y fue entonces cuando llegaron más hombres de los Corvi.

Los primeros disparos me obligaron a tirarme al suelo. Valentino corrió hacia el otro extremo y yo me quedé agachada junto a una de las ruedas.

Yo era policía. Y los Corvi eran delincuentes.

—Son delincuentes —me lo repetí mientras sujetaba el fusil.

No debía ayudarlos. Mi obligación era esperar a mis compañeros, identificarme y terminar aquella pesadilla. Pero vi a uno de los Corvi salir de un lateral, cuando Valentino estaba de espaldas. El hombre levantó el arma y a mí se me heló la sangre.

—¡Valentino! ¡Al suelo!

Se dejó caer cuando el disparo pasó por encima de él. Yo ya tenía el fusil encarado, pero no disparé al hombre. Disparé contra el suelo junto a su posición, y el impacto lo obligó a retroceder para buscar cobertura.

Valentino giró hacia mí desde el suelo. Nos miramos y el tiempo volvió a detenerse de aquella manera tan extraña. Hasta que una nueva ráfaga me obligó a cubrirme.

—¡Necesito tiempo! —gritó Donna.

—¿Cuánto? —le preguntó Valentino, sin desviar la atención de mí.

—¡Más del que tenemos! —contestó ella a voz en grito desde la ventanilla.

Piero saltó de la cabina y corrió hacia la unión del semirremolque mientras Donna colocaba su tractora en posición.

No era cuestión de separar una cabeza y meter otra debajo como si fueran dos piezas de juguete.

Había que liberar conexiones, asegurar el remolque y sacar la primera sin que aquellas toneladas terminaran besando el asfalto.

Dos de los hombres se sumaron a la maniobra mientras el resto mantenía a los Corvi alejados. Piero trabajó a toda velocidad bajo el frontal del semirremolque y, cuando estuvo libre, regresó a la cabina y adelantó la tractora varios metros.

Donna no perdió ni un segundo.

Metió marcha atrás y comenzó a encajar la suya bajo el remolque con una precisión que habría resultado admirable de no estar silbándonos las balas por encima de la cabeza.

Uno de los hombres la guio desde un lateral mientras otro esperaba junto a las conexiones para terminar el trabajo en cuanto la quinta rueda quedara en su sitio.

Aquella maniobra requería tiempo.

Y nosotros éramos quienes teníamos que comprárselo. «Ellos. Ellos», me corregí mentalmente.

Dante cambió de posición mientras Enzo cubría el otro lateral.

Los Corvi intentaban abrirse hacia ambos lados para rodearnos y los hermanos hacían exactamente lo contrario: obligarlos a permanecer delante.

Yo conocía aquella clase de movimiento. Y también sabía lo que iba a ocurrir si conseguían flanquearnos.

—¡Por la derecha! —grité y a lo lejos aparecieron las luces policiales a toda mecha. Busqué los ojos de Valentino, quien ya apuntaba en esa dirección.

—¡Donna! —Disparó sin piedad a uno de los Corvi.

Alessandro consiguió llegar hasta nosotros y el pulso se me aceleró. Me incorporé de golpe cuando el pequeño de los Sabello me contempló. El corazón se me detuvo y sentí unas ganas de llorar arrolladoras. No había pensado en la posibilidad de que Draco...

—¿Está..., está...?

Alessandro soltó una maldición y añadió:

—Está estupendamente en el maletero. Yo no tanto. Tu bestia ha intentado comerme el brazo.

Se me escapó una carcajada. Una de esas horribles, rotas, de las que nacían cerca del llanto. Draco estaba vivo.

En mitad de un tiroteo, con la policía pisándonos los talones y una organización criminal intentando recuperar el cargamento, aquella certeza consiguió atravesarlo todo.

Valentino había cumplido su palabra de honor.

Y sus ojos me atravesaron de manera indescriptible.

—¡Enganchado! —informó Donna. La realidad regresó de golpe y su capitano reaccionó de inmediato.

No me había pasado desapercibido el sobrenombre que había usado con él.

—¡Piero, fuera! ¡Dante, Enzo, cerrad detrás de Donna! ¡Nos largamos!

La cabeza tractora rugió. Las luces de Donna se encendieron y el semirremolque entero dio un tirón cuando comenzó a moverse. Valentino llegó hasta mí.

—¿Qué vas a hacer, agente Costa?

Tragué saliva con esfuerzo. «Dile de verdad lo que deseas». Aparté a la bruja mala de mi mente y miré hacia la carretera.

Los destellos azules se acercaban cada vez más.

La Guardia di Finanza estaba allí.

Ya no quedaban minutos. Quedaban segundos.

—Cuida de Draco, por favor.

Me observó sin abrir la boca mientras el resto comenzaba la carrera para salir de allí, ahora dejándonos a la vista de un fuego cruzado entre los Corvi y los hombres de Valentino. Me lancé hacia el lateral de la carretera, pese a que quedaba a la vista.

—¡Vamos! ¡Golpéame y márchate! —me desesperé al ver que ya no había tiempo.

Los Corvi se pusieron nerviosos y comenzaron a disparar a la policía al verse acorralados por los pocos hombres que quedaban allí protegiendo a Valentino. Alessandro nos contempló con los ojos muy abiertos y casi sin parpadear.

—¡Pégale ya, fratello ! ¡Que nos pilla la pasma!

Lo vi dudar. Fue un instante, pero lo hizo, y con las mismas esa duda desapareció cuando me soltó el primer puñetazo que me dobló por la mitad.