17Soy policía #2
—Valentino —lo llamé al ver a un tipo de I Corvi Neri sacar el cuerpo por su ventanilla, ya muy cerca de nosotros—. ¡¡Valentino!!
Me preparé para recibir el primer impacto de bala. Para que me matasen, para que... ¿Cómo iba a dejar que lo acribillaran? Si el tráiler se desviaba un centímetro, un solo volantazo, Valentino iba a tener serios problemas.
Yo era policía.
No era una mafiosa como ellos. No podía actuar como ellos.
—¡¡Dispara, Beiiitaaa!! —me gritó Dante, e imaginé que habría leído mis dudas desde la distancia.
El camión tomó una desviación y los vehículos hicieron lo mismo. Me giré velozmente para sujetar la camiseta de Valentino cuando el portalón se movió de adelante hacia atrás, provocando que él casi perdiera el equilibrio. Una bala silbó en el aire y temí.
Temí que me hubiera alcanzado a mí.
Y temí que lo hubiera alcanzado a él.
Dante no se guardó para sí lo que pensaba:
—¡¡Que nos matan a San Valentino!! ¡¡Dispara, coño!! ¡Con el pavo que tienes!
Miré el entorno intentando ubicarme mientras seguía con la mano firme en la ropa de él. Habíamos abandonado la vía principal para entrar en una carretera secundaria más desierta, flanqueada por terrenos oscuros y alguna construcción industrial perdida a lo lejos.
No había tráfico. No había peatones. No había absolutamente nadie que tuviera la mala suerte de encontrarse en medio. Y aquello significaba que los Sabello habían elegido el lugar.
Levanté el fusil cuando las balas sonaron más cerca, y entonces lo escuché decir con esfuerzo:
—Prepárate.
¿ Para qué tenía que prepararme? Ni siquiera me dio tiempo a preguntar. El frenazo me lanzó hacia delante y esa vez conseguí mantenerme en pie .
Piero hizo girar el conjunto hacia una explanada junto a la carretera y el semirremolque se ladeó antes de detenerse. Los todoterrenos de Dante y Enzo entraron inmediatamente detrás de nosotros, y desde el extremo contrario apareció otra mole.
Una cabeza tractora sola que embistió a varios de los coches que nos atacaban.
Las luces me cegaron durante un instante. Parpadeé para comprender que aquello era cierto, momento en el que Dante y Enzo salían de sus coches para disparar sin compasión a I Corvi Neri.
Valentino no se lo pensó, clavó una rodilla en el suelo del camión y disparó con el fusil de asalto sin interesarse por mí.
—Donna —la llamó a través del comunicador—. Date prisa.
La tractora entró en la explanada y realizó una maniobra hasta colocarse preparada al otro lado del semirremolque. Permanecí estática, fuera de mi onda.
—No podéis hacer esto... —murmuré de nuevo, sin saber cómo actuar.
Un proyectil golpeó alguna parte metálica y nos agachamos.
Otro todoterreno como los de ellos atravesó uno de los accesos para dejarlos atrapados por detrás, y comprendí que los cerraban por completo con Alessandro a la cabeza y el resto de los hombres que componían la red criminal de Valentino.
Había llegado antes por uno de los atajos de aquel laberinto.
Aquello dejó de parecer una huida para desembocar en una guerra.
—¡Piero, suelta la tractora! —ordenó Valentino y saltó del tráiler.
—¡Estoy en ello! —Lo escuché desde la propia cabina.
La tal Donna abrió la puerta de la suya y la identifiqué. Era bellísima, sin embargo, esa belleza se vio eclipsada por una mirada asesina que no me gustó. Iba dirigida a mí. Y era porque me encontraba en su territorio. En su robo. Posiblemente, con su hombre.
Valentino corrió hacia la parte delantera del semirremolque.
—¡Capitano!
Yo debí haber aprovechado ese momento en el que Donna lo llamó.
Tenía el fusil y una carretera para poder llegar a los míos.
Existía una oportunidad de alejarme de ellos.
Salté, di un paso entre el sonido de las balas, tratando de que ninguna me alcanzase y de que yo no tuviera que disparar ni a unos ni a otros, pero mis pies se quedaron anclados en el suelo cuando mis ojos se cruzaron con los de Enzo.
Negó rotundamente, en una clara advertencia de que no se me ocurriera salir por patas. ¿Era eso una amenaza?
Pensé.
Conocía el dispositivo que había desplegado la Guardia di Finanza antes de entrar en la nave.
Sabía desde dónde habían partido los vehículos de apoyo, qué unidades estaban movilizadas y cuánto podían tardar en reorganizarse después de que el operativo se hubiera ido al infierno.
Y si nosotros habíamos conseguido seguir a aquel tráiler, mis compañeros también podrían hacerlo.
Miré el reloj y calculé.
Valentino estaba ayudando a Piero mientras Donna esperaba al lado de ellos. Las balas de la mafia rival dejaron de escucharse, y comprendí que la fiesta había terminado y que el bando vencedor era en el que me encontraba.
Los pies se me movieron solos en dirección al armario empotrado que parecía más imponente desde atrás.
—Valentino. —No me miró. Donna sí lo hizo—. Valentino —insistí y la rubia alzó una ceja, al lado de su jefe—. ¡Valentino!
Tiré de su antebrazo para que me prestase atención. Se giró de malas formas y me gritó:
—¡¿Qué?!
—¡Tenéis unos minutos! —Frunció el ceño sin entenderme—. ¡La Guardia di Finanza viene detrás!
Se quedó inmóvil una fracción de segundo, como si estuviera sopesando lo que acababa de hacer. Donna no me quitaba la mirada de encima, pese a estar acabando de manejar el intercambio.
—¿Me estás avisando, lupina?
Una sonrisa pretenciosa asomó en sus labios y me quedé colgada de ella. Fueron segundos, los justos para parpadear y salir del embrujo.
—Te lo estoy diciendo para que mi gente no piense que estoy con vosotros. Así que ¡muévete!