17Soy policía
Soy policía
Reparé en su manera de separarse de mí. Lentamente, sin prisas, como si quisiera que el tiempo se extendiera mientras permanecíamos pendientes el uno del otro. ¿A qué jugaba ahora con eso? ¿Y por qué a mí me había sonado a promesa inquebrantable?
—No tiene gracia —musité con congoja.
Al contrario de lo que pensaba, no reaccionó de esa manera tan bestia que lo empujaba a comportarse como un animal cada vez que estaba conmigo. Tomó una distancia prudencial, no mucha, se colocó un dedo por debajo de la oreja, en una especie de pegatina diminuta, y habló:
—Enzo.
¿ Qué coño hacía? Apreté los dientes, conteniendo la pregunta en la punta de la lengua .
¿ Era un juego de despiste para ponerme de rodillas, otra vez?
Di un paso atrás, dispuesta a partirle la cara con las fuerzas que me quedaran.
Iba a salir de ese camión, me costara lo que me costase, e iba a ir a por Draco aunque me fallaran las piernas .
Valentino no me quitó la mirada de encima, y me pareció percibir una batalla en sus preciosos ojos. Una que no entendía y que, por primera vez, tampoco parecía dirigida contra mí. Y aquello me llevó a su sonrisa. A cómo me había sonreído.
Mi corazón se saltó un latido.
—Tienes que regresar a la nave a... —dudó—. A por el perro de Beatrice.
Dejé de respirar.
Iba a hacerlo... Lo había dicho de verdad.
—¡¿Qué?! ¿Te has vuelto majara? ¡Estamos lejos de la nave! ¿Cómo vamos a dar la vuelta? ¡¿Qué perro y qué perro?! —se exaltó el que iba desde la cabina. Por el tono de voz me pareció que era Piero.
Valentino se mantuvo en silencio, fijo en mí.
—No vuelvas. —Casi me ahogué con mi propia respiración—. Alessandro, ve tú. —Se calló, e imaginé la que podría estar organizándose al otro lado del comunicador. Me aguanté el comentario de decirle que menos mal que no había nadie más—. Nos apañaremos.
—Pero ¡¿qué pasa?! —gritó Piero desde la cabina del camión.
Valentino lo ignoró.
—He dado mi palabra de honor, Alessandro.
Algo se me encogió en el pecho.
Intuí que en ese tono iba implícito un «no vamos a discutir más», al igual que también capté que sí, que aquella frase recogía mucho más significado del que había imaginado al principio.
No estaba ordenándole a su hermano que volviera. Se lo estaba pidiendo porque me había prometido que sacaría a Draco de allí. A mí. A una policía que, unos días antes, habría disfrutado poniéndole las esposas.
Y no supe qué hacer con aquello.
Fue después de ese tono tajante cuando desvió la atención de mí, confundido. Yo también lo estaba. No sabía qué ocurría, por qué el corazón me latía a esa velocidad y por qué mis ojos se iban a aquellos labios que... que... «Deseas besarlos de nuevo, Beatrice». No. No y no.
Yo no deseaba a Valentino; yo iba a casarme con Gennaro, porque lo quería y era la persona que realmente me hacía feliz.
Eso era lo que quería. Lo que había querido siempre. Entonces, ¿por qué tenía que recordármelo?
—¿Por qué me has arrastrado aquí adentro?
No me atreví a ser más insistente con Draco. Confiaba en que no era un montaje. ¿Por qué lo creía así? Porque lo había leído en sus ojos, igual que cuando me dio la carpeta.
—Estabas en medio —soltó escueto.
Me acerqué a él.
—Tú estabas en medio de un operativo policial. Debería detenerte. —Ni siquiera mi tono era lo bastante brusco para hacerme notar.
Me miró por encima del hombro. Dios, no es que pareciera peligroso; lo era. Exhaló un fuerte suspiro y sus hombros se tensaron.
—¿Quieres detenerme, lupina?
Cerré el pico durante segundos interminables. No sabía qué contestarle. Y ese era el problema. ¿Quería detenerlo?
La respuesta debería haberme salido antes incluso de formularme la pregunta. Sí. Por supuesto que sí. ¿Y por qué seguía callada?
—Podrías haberme dejado allí.
Escuché con claridad su bufido de risa. Risa era lo que daba yo por no contestarle.
—Te has pegado a mí como una lapa —gruñó, muy en su línea, mientras cargaba su arma.
Di otro paso más, quedándome casi encima de él.
—Yo no me he pegado a ti. ¡Tú has invadido mi espacio!
Quizá fue mi tono lo que provocó que se girase y chocáramos.
No lo pensé porque de repente la piel se me erizó, un escalofrío me recorrió entera y mis ojos se engancharon a sus labios, como si no fueran capaces de regresar a su mirada.
Como si mi cuerpo hubiera dejado de reaccionar y el suelo del tráiler me hubiera anclado los pies.
Respiré.
Una vez. Dos.
El tráiler vibraba, las ruedas devoraban el asfalto y algo en lo que no me fijé traqueteaba a nuestra espalda, pero todo empezó a quedarme demasiado lejos.
Lo percibí más cerca. Tampoco me cuestioné si era yo la que se acercaba.
—Lupina...
Y el tono no fue amenazante. Eso fue lo peor. Sonó a deseo. Al mismo que quizá yo tenía por él. ¿Qué me sucedía?
Sus ojos descendieron a mi boca y sentí el movimiento como si me hubiera tocado.
No lo había hecho. Todavía.
Y quizá por eso no me aparté.
Di gracias al enorme frenazo que nos tiró a los dos al suelo, pero me arrepentí de inmediato cuando me noté encima de un cuerpo duro, con sus manos sujetando mi cintura con fuerza y sus ojos clavados en los míos.
Y me encontré perdida, embelesada con su aroma arrollador y fuerte.
Desorientada por su presencia, por su boca, por su aura tentadora...
Una de sus manos se cerró con más fuerza sobre mi cintura cuando el tráiler volvió a sacudirse. La mía había terminado apoyada en su pecho. Bajo la palma, el corazón le golpeaba con tanta violencia que durante un instante olvidé hasta el mío.
Valentino también estaba alterado.
Por mí.
La certeza me abrasó.
—¡¡Fuera!!
Los dos golpes bravos que Piero dio contra la pared de la cabina me hicieron dar un bote del susto y regresar del letargo. No fui la única que se dio cuenta de que había pasado algo.
Valentino cambió. Desapareció el hombre que me había mirado la boca, sus manos abandonaron mi cintura y el Sabello crudo ocupó su lugar en menos de un segundo.
—Hora de despertar, agente Costa.
Escuché el primer disparo en el exterior y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Me incorporé de un salto y busqué el fusil que Valentino me había quitado, pero él fue más rápido cuando se levantó.
Lo alcanzó, comprobó el cargador y me lo lanzó sin ningún miramiento.
Lo atrapé contra el pecho por puro reflejo.
—¿Ahora me armas?
—Ahora me eres más útil armada.
—No voy a ayudarte con lo que sea que quieras que haga —escupí.
Otro disparo sonó fuera, y a ese se le sumaron tres seguidos. La expresión de Valentino cambió. Estaba prestándole atención al comunicador cuando pasó por mi lado sin hacerme caso.
El camión se movió con ímpetu y me sujeté a uno de los laterales para no perder el equilibrio. Abrió uno de los portones traseros apenas unos centímetros y una corriente helada entró de golpe.
Me acerqué a su espalda, sin saber cómo actuar ni qué demonios iba a hacer. Los disparos cada vez estaban más... ¿De dónde venían los disparos?
—¿Qué haces? ¿Quién está disparando y contra qué?
—Recuperar mi mercancía —rugió, y ese detalle fue el que me dio alas para mirar un segundo hacia atrás. Solo un segundo.
No supe diferenciar lo que había debajo de las enormes lonas negras, apretadas con grandes argollas a los laterales.
No sonaba a nada que pudiera reconocer. Sonaba a...
líquido. ¿Estaba traficando con alcohol?
Me había pasado durante todo ese tiempo pensando que Valentino traspasaba la droga por los estrechos, ¡y lo que hacía era traficar con alcohol!
—Tienes que bajarme de aquí —musité, absorta y todavía sorprendida por mi descubrimiento.
Seguía sin cuadrarme nada. ¿Desde cuándo tenían aquel negocio?
—Podrías haberte bajado —dictaminó sin darme importancia.
Me giré hacia él. Estaba con la pistola apuntando con firmeza a la derecha de la carretera y una ráfaga de balas resonó sobre el asfalto. Me asomé por el lateral de su cuerpo, intentando localizar el origen de los disparos. ¿Quién coño disparaba y por qué no los veía?
—¿Cuándo? ¿Mientras disparabas a la gente en la entrada de la nave? Te recuerdo que soy policía. No puedes decirme que vas a recuperar tu mercancía y quedarte tan pancho.
—Aprende a lidiar con los problemas.
Sería cabrón. Abrió completamente la puerta, sin darme tiempo a contestarle.
El aire me golpeó en la cara y el estruendo de la carretera invadió el interior.
La oscuridad se extendió detrás de nosotros, rota por varios pares de faros que se acercaban a bastante velocidad.
De repente, dos todoterrenos aparecieron desde atrás casi simultáneamente.
Reconocí a Dante al volante de uno cuando se colocó a nuestra izquierda, mientras que Enzo conducía el otro por la derecha y ambos avanzaron hasta situarse cerca.
Nos estaban cubriendo. Lo supe cuando a lo lejos distinguí otros vehículos perseguirlos.
Un disparo impactó contra la parte trasera del semirremolque y su enorme manaza fue lo que me apartó hacia atrás. Lo miré con los ojos bien abiertos, contando que detrás de Dante y de Enzo llegaban cuatro coches.
—Son demasiados —le dije.
No pareció escucharme. Enzo aceleró, se colocó muy cerca de la puerta y Valentino sacó medio cuerpo al descubierto.
—No dejes que me mate otro que no seas tú —me dijo.
—¿Qué? —le pregunté como una imbécil.
El corazón se me fue a la garganta al verlo estirarse hacia la ventanilla del copiloto, donde su hermano le entregaba un fusil de asalto.
Comprendí sin preguntar que en ese asiento debería estar Alessandro, el hombre que se había dado la vuelta a por Draco en vez de estar ayudando a su hermano.
Los ojos de Enzo me confirmaron que así era, pues mostraban una preocupación lacerante por Valentino.
Fue entonces cuando atisbé que Dante se movía hacia el interior, cerrando el paso a cualquier artefacto que pudiera dañar a su hermano. Bajé la vista hacia el fusil entre mis manos y la adrenalina me subió por la garganta.