16Palabra de honor #3
Ya tenía interés puro y duro. Quería saber qué la había llevado a ese estado de locura.
—Para. El. Puto. Camión.
Di un paso hacia ella, tenaz.
—No.
Sus ojos me atravesaron. Lo siguiente fue la bocacha del fusil desviándose un centímetro y disparando a la puerta del tráiler. El estruendo dentro de aquel espacio cerrado me atravesó los oídos y el proyectil arrancó un trozo de metal antes de perderse.
Las alarmas resonaron en mi cabeza y el peligro se reflejó en mi mirada al escuchar a Piero preguntarme si estaba bien.
—Ya te has divertido lo suficiente —le dije. Sonó a amenaza. Lo era—. Me toca.
Cogí el guardamanos del fusil, lo elevé hacia arriba y Beatrice apretó el gatillo sin miedo.
El segundo disparo reventó contra el techo.
Forcejeamos por el arma durante unos segundos mientras el camión tomaba una curva que nos lanzó contra el lateral.
Ella utilizó el impulso para empujarme y casi consiguió recuperar el control del fusil. Casi.
Tiré con fuerza, giré el arma y se la estampé en la cara. La desarmé y lo lancé hacia el otro lado. Después la empujé sin contemplaciones hacia atrás y, antes de que pudiera devolverle ninguno de los golpes anteriores, me atizó un guantazo que me giró la cara.
—¡¿Va todo bien ahí atrás?! ¿Por qué estoy escuchando disparos? ¡Valentino! —preguntó Piero subiendo el tono.
No pude contestarle cuando el segundo bofetón llegó de inmediato a mi otra mejilla, con la voz alterada de Beatrice:
—¡Me has sacado de allí a rastras y lo he dejado atrás en medio de un operativo! ¡Habían empezado a disparar! ¡Estaba todo mi equipo allí!
Volví lentamente la cara hacia ella.
Error. Pues lo primero que encontré fueron esas mejillas ardiendo de la ira.
Sujeté su mano cuando tuvo la intención de darme un puñetazo rabioso en el pecho. Puse los ojos en blanco y bramé:
—¡Ya tendrás tiempo de saber cómo está después...!
Me interrumpió:
—¡Eres un miserable! ¡No tienes ni un mínimo de corazón!
Intentó liberar la muñeca. No pudo. Utilizó la otra mano y también se la atrapé.
Me acerqué más a ella, intimidante, y la acorralé entre la pared del camión y mi cuerpo.
El tráiler volvió a dar un bandazo y nuestros pechos chocaron.
Beatrice ni siquiera pareció notarlo. Yo sí. Y me cabreó haberlo hecho.
—Se te va la puta olla, lupina —aseveré huraño, con la única diferencia de que mi atención cayó sobre esos labios que no quería mirar.
Aproximó su rostro, arbitraria.
—Como le pase algo... —Apretó los dientes, muy en su línea de salvaje—. Te juro que te mato.
Algo desagradable me arañó por dentro. ¿Cómo que le pase algo?
Hice una mueca de desagrado y añadí, sin separarme:
—Tranquila, tu tenente Caputo estará seguro con el resto de lerdos. No creo que le hagas falta tú.
¿ Por qué me había salido aquella frase con tanto desdén ? ¿ Y a mí qué me importaba? Me observó confundida, se soltó de mis agarres en un despiste y dijo muy cerca de mí :
—¿Qué? ¿De qué hablas? ¡Eres un idiota!
La confusión me molestó todavía más que si me hubiera dado la razón.
Otro golpe en mi pecho, solo que ahora con las dos manos. Uno más y juraba que le cortaba los brazos. Reí sarcástico por lo que aquello quería decir.
—Oh, lupina. Espero que te confieses bien antes de casarte. Entiendo que tu tenente tiene tantos cuernos que ya podría embestir.
Abrió los ojos como platos, se mordió los labios con fuerza y añadió furibunda:
—Te estoy hablando de mi muchacho, pedazo de animal. Y como le pase algo, te juro por Dios que te arrancaré la cabeza con mis propias manos.
Me quedé descolocado. ¿Su muchacho?
—¿Te refieres al saco de pulgas?
Su expresión cambió y fue la primera vez desde que había entrado a golpes en el tráiler que dejó de parecer furiosa. Cogió aire y lo soltó de manera abrupta, sin apartarse ni hacer el amago de separarse de mí. El ambiente entre nosotros me resultó, más que caldeado, reconfortante.
—Para el camión —susurró con los ojos brillantes—. Nadie ha visto que no estaba con él. Si le ha pasado algo... me muero.
La última palabra me borró cualquier respuesta de la boca.
Hubo un silencio entre los dos.
Uno en el que solo nos miramos.
Ya no tenía delante a la policía que acababa de disparar dos veces. Tampoco a la loca que llevaba cinco minutos intentando partirme la cara.
Solo quedó mi lupina.
Y estaba aterrada.
Pensé en Draco atado a aquella estructura, ladrando como un condenado mientras yo me la llevaba.
En cómo había tirado de la correa para intentar seguirla.
En que, cuando empezaran los disparos, el animal no tendría ninguna posibilidad de salir de allí por sí mismo y quizá nadie se daría cuenta de ese detalle.
Mierda.
Y no supe qué me llevó a hacerlo, pero lo hice. Uno, porque pensé en ella como si fuera de mi posesión y no me corregí; dos, porque le importaba y a mí acababa de importarme sin entender el motivo; y tres, porque no pude frenar el lema más sagrado de los Sabello antes de pronunciarlo:
—Lo sacaré de allí. Te doy mi palabra de honor.