Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 16Palabra de honor #2
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16Palabra de honor #2

Coloqué mi mano en su vientre y la resguardé detrás de mi cuerpo mientras elevaba el arma y le quitaba el seguro.

Me quedé expectante de que esos pasos no se acercaran más, aunque también estaba distraído al notar su pecho subir y bajar de forma desacompasada contra gran parte de mi espalda. Un codazo provocó que la mirase ceñudo.

La descubrí con el fusil en alto y una mirada aniquiladora, tratando de colocarse delante de mí.

—¡A ver si te piensas que te necesito para algo! —bramó con enfado en un susurro. El único tono que podíamos permitirnos.

Gruñí y el perro me imitó, sin quitarme los ojos de encima. Era enorme.

—Solo lo he hecho para usarte como escudo. —Mentí de nuevo.

Ya no iba a cuestionarme más por qué hacía aquello. Era mejor ni preguntármelo, porque regresé a sus labios, muy cercanos. Más de lo que deberían.

—Antes te haré la zancadilla para que te maten —bisbiseó.

El dóberman dio unos pasos, sin fiarse.

—Vigila a tu saco de pulgas.

—Como vuelvas a insultar a Draco, te voy a partir las pier...

La interrumpí cuando las voces de aquellos necios se oyeron detrás.

No lo pensé. Me giré, le coloqué la mano sobre la boca y empujé su cuerpo hasta que casi estuvimos fusionados con la estructura.

Sus ojos rasgados se quedaron clavados en los míos y el fusil se me clavó en el vientre.

No obstante, algo más comenzó a tomar forma entre los dos de manera incontrolable.

Intenté frenarlo con todas mis fuerzas, sin embargo, mi anaconda —como la habían bautizado el resto de mis hermanos— iba por libre.

Beatrice entrecerró los ojos. Yo la miré como un cabronazo y sonreí.

Sonreí porque me apeteció y lo peor fue comprobar en su mirada cómo le cambiaba la expresión de «Te odio y quiero matarte» a «Has sonreído».

No. Mi mente también se inventaba ese tipo de lecturas. Eso no podía ser cierto.

Le aparté la mirada antes de tiempo y busqué la procedencia de los dos que no se marchaban.

Se encontraban detrás. Demasiado cerca para susurrar o ni siquiera para movernos de sitio.

Giré el rostro hacia la izquierda cuando noté algo peludo pegarse a mi pierna y entonces localicé el movimiento de la mano de Beatrice haciéndole un gesto para que se acercara.

El chucho también iba disfrazado de poli.

Puse cara de hastío y ella volvió a entrecerrar los ojos con muy mala leche. El gesto me hizo gracia, pero lejos de reírme, aguanté el impulso para que no viera que me divertía meterme con lo que le importaba.

Y se vengó.

Sus dientes se clavaron en mi mano con maldad y me sorprendió que fuera tan zorra, encima que la protegía —o nos protegía, mejor dicho— para que no nos pillasen. Intentando no hacer ruido, la agarré por ese cuello que tanto me gustaba y apreté con saña y los labios fruncidos.

Conseguí librarme de sus dientes y me miré la zona dañada. La muy bruta me había hecho sangre. Golpeó mi antebrazo dos veces, pidiéndome así que la soltara y moví la cabeza hacia la derecha para darle a entender que iba a comerse una mierda.

—¡Me has mordido! —le dije en un murmullo como si no fuera evidente.

—¡Suéltame, capullo!

El gruñido del can ocasionó que tuviera que estar alerta en tres sitios: el perro, la mujer que sostenía con una mano y los dos tíos que nos habían escuchado. Tarde, porque el primero asomó la cabeza y me vi obligado a levantar el arma y disparar contra su frente.

—Pues se acabó el secreto —dictaminé, con ella agarrada por el cuello todavía.

Salí de allí a toda mecha, dándome cuenta de que el perro estaba atado con una correa a la estructura. Ni siquiera me había percatado de ello y lo hice en el momento en el que comenzó a ladrar desesperado hacia Beatrice. Me llevaba a su dueña y no podía hacer nada.

Giré, con el cañón de la pistola en alto y disparé al segundo tipo antes de que diera la voz de alarma.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —me exigió sin dejar de darme mamporros en el brazo.

Y todo ocurrió a una velocidad de vértigo.

Pulsé el botón del comunicador que llevábamos ese día dos veces, dándole la señal a Piero. Di un salto a la parte trasera del camión, con Beatrice enganchada del cuello. No tuvo más remedio que saltar al mismo tiempo para no partirse la crisma.

—¿Quién coño eres...?

—Sorpresa —silbé y disparé sin pensar al tipo que había en el interior.

Advertí que dos más salían del almacén en busca de la mercancía, lancé a Beatrice a la otra punta del tráiler y me adelanté cuando los hombres elevaron sus armas dispuestos a disparar.

—¡Eh, eh! ¡Bájate ahora mismo! ¡Eh, tú!

Sonreí sabiéndome ganador, tiré del portón y cerré cuando ya escuchaba el acelerón de Piero. Pulsé el botón que activaba la comunicación para que me escucharan. Se accionaba cuando presionabas la pegatina de detrás de la oreja.

—Dentro —concluí.

—En marcha —añadió Dante a través del comunicador.

Y el derrape por parte de Piero nos sacó de la entrada de la nave cuando las balas comenzaron a sonar en el exterior.

—Adelante, Donna, Alessandro —habló Enzo—. Nos vemos en el punto indicado.

Iba a tomar asiento mientras hacíamos el trayecto hasta el intercambio, sin importarme que me hubiera llevado a la poli a rastras pero sí con la intención de preguntarle qué hacía la Guardia di Finanza allí.

No me dio tiempo.

Arremetió como una bestia endemoniada sobre mí, con los puños apretados y una fuerza descomunal. ¿Adónde iba? Pues me endiñó de lo lindo, y para cuando quise reaccionar, solo tuve tiempo de intentar detener a una locomotora.

—¡¡¿Qué haces, loca?!! —le grité, con sus dos antebrazos cogidos en alto.

La miré furibundo. Ella no se amilanó y golpeó mis rodillas sin piedad.

Se revolvió con tanta violencia que el movimiento del tráiler terminó de desestabilizarnos y chocamos contra uno de los laterales, y eso provocó que la soltara.

Las garrafas aseguradas al fondo vibraron con el golpe, mientras Beatrice aprovechaba para intentar soltarse.

No se fijó en el detalle de la mercancía.

—¡Detén el puto camión!

—¡¿Quieres dejar de pegarme?! —vociferé encolerizado.

—¡¡Que pares el puto camión!!

Me clavó una rodilla en el muslo, retorció una muñeca y consiguió liberar uno de sus brazos. El puño vino directo hacia mi cara. Lo esquivé por centímetros y su mano golpeó la chapa a mi lado.

—Puede que te rompas la mano antes —manifesté.

—¡Ojalá sea contra tu cara!

Me empujó hacia atrás y, aunque apenas me movió un paso, volvió a la carga con los puños apretados y la mirada asesina.

Lo intentó de nuevo. La agarré de la cintura y la aparté de mí de un empujón, pero aquella mujer tenía algún problema serio con el concepto de supervivencia, pues apenas recuperó el equilibrio retomó su ataque.

—No voy a parar el camión, agente Costa. Así que más vale que te tranquilices. ¡Esto no es un secuestro!

—¡Me has cogido del cuello, me has metido a rastras en un camión y te estás largando conmigo dentro! —Me señaló como si estuviera explicándole algo a un retrasado—. ¡¿Qué parte te genera dudas?!

Abrí la boca. La cerré.

—Eso son nimiedades.

Los ojos los tenía inyectados en sangre. No conforme con lo que acababa de decirle, se agachó rauda, alcanzó el fusil con el que había salido despedida y me apuntó.

Ahí dejé de encontrarle la gracia.

Giré el rostro con confusión y una mirada fue suficiente para hacerle la pregunta muda.

—Para el jodido camión o te pego un tiro, Valentino.

—¿Tan poco valoras tu vida? —Apretó los dientes—. ¿Es por las medallas que vayas a sacar de este operativo?

Ni siquiera pestañeó.