16Palabra de honor
Palabra de honor
Eran las once de la noche y habíamos tardado demasiados días en enterarnos y ahora todo iba a contrarreloj.
A Donna le habían bastado menos de veinticuatro horas para encontrar mi gasolina.
La que debería estar muy lejos de Italia, más aún teniendo en cuenta que las Gaviotas podían averiguar hasta dónde iba a mear un hombre antes de que le entraran ganas.
Aquello decía bastante de lo bien que esos hijos de puta habían escondido el cargamento.
Observé el tráiler desde nuestra posición al otro lado de la carretera de servicio. La noche se había tragado buena parte de la zona industrial a las afueras de Roma y solo las farolas desperdigadas entre las naves conseguían abrir pequeños círculos amarillentos sobre el asfalto.
Al fondo se extendían almacenes, explanadas llenas de remolques y construcciones rectangulares sin más personalidad que sus enormes portones metálicos. A esas horas apenas circulaban vehículos y el ruido lejano de alguna carretera llegaba amortiguado hasta nosotros. Perfecto para hacer negocios.
Y todavía mejor para robarle a un ladrón.
Me acomodé detrás del muro bajo desde el que llevábamos varios minutos observándolos.
El tráiler estaba estacionado de culo contra una de las naves. Tenía las puertas abiertas y cuatro hombres se encargaban de mover la mercancía mientras otros vigilaban los alrededores. Ninguno parecía especialmente preocupado.
—Son ellos —murmuró Donna a mi lado.
No necesitaba preguntarle a quién se refería.
I Corvi Neri.
Un puñado de aspirantes a mafiosos que llevaba unos años intentando hacerse un nombre a base de recoger las migajas que dejaban organizaciones más grandes.
Contrabando, droga, armas, mercancía robada y cualquier negocio que les permitiera ganar dinero sin preguntar de dónde procedía.
Hasta hacía poco habían tenido la inteligencia suficiente para no tocarnos los cojones. Se veía que la inteligencia caducaba.
—Procedo con los hombres —dictaminó Alessandro y abandonó su posición y se dirigió hacia Dante.
Donna me miró, sentada a mi lado.
—Mis Gaviotas vieron entrar las garrafas esta tarde desde otro de los almacenes. Comprobaron después que no quedaba ni una.
Volví la atención hacia el tráiler.
Dante estaba unos metros atrás con Enzo también, a la espera de que le diera luz verde para colocarnos. Habíamos dejado los coches lo suficientemente lejos para que nadie pudiera relacionarlos con nosotros si aquello se torcía.
Íbamos a recuperar lo que era nuestro y también a dar más de un escarmiento a la panda de ineptos. Aquellas garrafas deberían haber llegado a Túnez hacía casi dos semanas. Lo que me faltaba era tener problemas con una mierda como esa.
Habían salido de Mesina y todo había transcurrido como estaba previsto hasta que la mercancía quedó expuesta en mar abierto durante uno de los movimientos de la ruta.
Ahí desapareció. No delante de nosotros, según las Gaviotas de Donna.
Fue cuando ya no había posibilidad de cazarlos, en el caso de haberlos visto, claro.
—Capitano, no tienes que entrar solo. Yo iré contigo y te haré de soporte para acceder por...
—No —la interrumpí y contemplé la entrada de la nave.
—Pero si te acorralan...
—Controla que todos los hombres estén en posición. —La miré—. Tienes que ser la receptora del trasbordo, Donna.
—Pero...
—Hemos terminado los peros. Prepárate.
Cuando Donna descubrió que el cargamento no había llegado al siguiente punto, ya no quedaba una pista que seguir. Nadie había visto nada, nadie sabía nada y, por supuesto, todos los que podían haber hablado habían sufrido una repentina epidemia de amnesia.
El problema no era únicamente el dinero. La gasolina tenía comprador. Y cuando alguien pagaba a los Sabello por una mercancía, esa mercancía llegaba.
Me daba igual tener que atravesar medio mar, sobornar a un puerto entero o meterle las garrafas por el culo al ladrón una detrás de otra.
Durante esas horas cruciales, las Gaviotas habían recorrido puertos, talleres, almacenes, carreteras y todos aquellos lugares donde nadie miraba dos veces a unos chicos de la calle.
Habían escuchado conversaciones que no estaban destinadas a ellos, seguido vehículos y unido matrículas hasta que una de las pistas terminó conduciendo a los Corvi Neri.
Pero todavía faltaba saber dónde coño habían escondido la gasolina. Hasta esa tarde, cuando uno de los chicos de Donna había visto entrar el tráiler y había reconocido las garrafas. Eran buenos.
La noche anterior, en aquella misma nave, habían descargado droga.
También dos noches antes. Los movimientos habían sido suficientes para llamar la atención de quien estuviera siguiendo sus negocios, pero a mí la droga que aquellos imbéciles compraran, vendieran o se metieran por el culo me importaba bastante poco.
Esa noche era diferente. Esa noche descargaban mi mercancía.
—Piero, cuando dé la orden por el comunicador, entra —le dije.
No habíamos ido allí para montar una guerra. Ni siquiera íbamos a descargar las garrafas. Hacerlo sería una pérdida de tiempo. Queríamos el tráiler entero.
Entraríamos, apartaríamos a aquellos capullos, cerraríamos las puertas y conduciríamos el camión hasta una carretera segura donde haríamos el intercambio. Desde allí reorganizaríamos la ruta y devolveríamos el cargamento al circuito que nunca debería haber abandonado.
El comprador recibiría su gasolina tarde, pero no habría problemas ni el capu tendría que enterarse de que, otra vez, alguien había intentado mearme encima.
Más tarde averiguaría por qué los Corvi Neri habían decidido tocar precisamente un porte de los Sabello. Porque aquello era lo que no me cuadraba. Robarnos requería agallas.
Robarnos una mercancía comprometida con un comprador al otro lado del Tirreno requería algo distinto: respaldo. Alguien les había hecho creer que podían hacerlo.
Y yo iba a enterarme de quién había sido el listo.
Me incorporé ligeramente para observar cómo uno de los hombres bajaba otra garrafa del tráiler. Donna me tocó el brazo cuando ya preparaba mi pistola con silenciador en una mano. La contemplé y de nuevo vi lo que no quería.
Preocupación por alguien que te importa más de lo que debe.
—Ten cuidado.
Era aquel motivo por el que nunca llegábamos a tomarnos una copa de vino, el mismo por el que no podíamos compartir una simple cena como amigos.
Ella estaba enamorada de mí hasta las trancas y yo ese sentimiento no lo conocía ni de lejos.
Yo solo la valoraba por el trabajo que hacía en el astillero, en el mar y en mi vida, por la gran mujer que era, pero nunca como la persona en la que podía convertirse a mi lado.
Y se lo había dejado claro muchas veces.
Pues ese día iba a ser el dos mil ciento noventa.
—Donna...
—No me sueltes la chapa, capitano —me cortó. De todos los hombres que había en nuestra red, era la única que sacaba agallas para hacerlo.
—¿Te has olvidado de que no le tengo miedo a morir?
—Lo que no me olvido es de cobrar. Y cobro muy bien —repuntó con media sonrisa.
Era hermosa. Demasiado.
Asentí, sin darle más tregua, me coloqué en cuclillas y encaminé mis pasos silenciosos hasta el otro extremo del muro, desde donde enlazaba con el lateral de una estructura de metal que quedaba justo al lado del camión. Era perfecta para colarse dentro.
—Todos a sus puestos. Corto mi comunicación en tres —susurré dando pasos cortos—, dos..., uno...
Un gruñido.
Escuché un puto gruñido en mitad de la silenciosa noche y me alarmé. Busqué con la mirada el origen de aquel sonido procedente de un animal, momento en el que el seguro de otra arma resonaba y me apuntaba directamente a la cabeza.
—¡La guardia está aquí! —se exaltó Enzo—. ¡Cuidado! ¡Están escondidos! ¡Valentino!
Pero yo ya no podía contestar.
Encima me había quedado petrificado contemplando a la amazona que sujetaba un fusil sin titubear. Iba ataviada con un uniforme negro, un chaleco antibalas que se le ajustaba a la silueta y su melena larga recogida en una cola de caballo que la hacía parecer más letal.
El chucho que continuaba gruñendo me sacó de mi embobamiento absurdo.
—Draco, ¡fermo! —le ordenó vehemente.
Tardé más de lo esperado en reaccionar.
—¿Qué pollas haces aquí? —ladré y bajé el arma.
Ella no. ¿Sería capaz de dispararme por todo lo que le había hecho?
—¿Trabajar? —Bajó el fusil y me pareció más peligrosa. Dio dos pasos y se quedó muy cerca—. Tienes que marcharte. ¡Ahora!
Me tocó. Sus dedos se posaron en mi brazo y sentí un escalofrío que no me gustó. Me aparté. Ella interpretó el gesto y también tomó distancia. Fue entonces cuando su olor a vainilla y azahar me alcanzó de lleno.
—¿Te preocupas por mí, lupina?
—¿Qué? —cuestionó con confusión y volvió a acercarse.
¿ Por qué le había dicho eso ? ¿ Era tonto o qué ? Di un paso atrás tratando de calmar el bombeo constante en mi pecho y de centrar los pensamientos idiotas que no dejaban de corretear por mi cabeza .
—¿Qué hace la Guardia di Finanza aquí? —gruñí, regresando a mi verdadero yo.
Miró hacia ambos lados, con el perro pegado a su pierna. También lo hizo por encima de mi hombro, buscando mis posibles apoyos.
—¿Y qué hacéis vosotros aquí?
—Yo no veo a nadie más. —Mentí con naturalidad.
Resopló.
—Levanta el auricular y márchate, Valentino. ¡Estoy en un operativo! —Su tono fue contundente y se acercó a mí para dejarlo claro.
Me hizo gracia su intento de llegarme a la cara. Me aproximé a ella para que viera que no me amilanaba con su actitud.
—Levanta el auricular tú y márchate de aquí con tus lerdos, lupina.
En un segundo, el impulso de empotrarla contra la estructura se transformó en la obligación de hacerlo. No supe de dónde salió ese instinto protector, pero las voces de dos integrantes de aquella mini-mafia se oyeron demasiado cerca.