15El hilo invisible #2
Aquel gesto me revolvió por dentro y sentí un cosquilleo.
Me senté.
—Bien. Ahora que la agente Costa ha decidido honrarnos con su presencia, podemos continuar.
Leandro se volvió hacia la enorme pantalla que presidía la sala y pulsó el mando que sostenía entre los dedos. Un mapa apareció frente a nosotros, acompañado de varias fotografías aéreas y la imagen de una construcción aislada.
—Mañana por la noche entraremos aquí.
Dio un varazo con un palo metálico que portaba en la otra mano. Me incliné hacia delante para prestarle atención.
Por suerte, dispondría de media jornada para recuperarme del entrenamiento.
El edificio parecía una antigua nave industrial situada en una zona prácticamente despoblada. Leandro amplió la imagen y señaló el acceso principal, después una carretera secundaria que discurría por la parte trasera.
—Llevamos tres semanas siguiendo varios vehículos relacionados con dos sociedades pantalla.
Sobre el papel se dedican a la importación de maquinaria industrial.
En la práctica, ninguna tiene empleados suficientes, instalaciones propias ni una actividad que justifique el volumen de dinero que están moviendo.
—Cambió la imagen—. Durante los últimos diez días, cuatro camiones han entrado en este almacén después de medianoche.
Ninguno permaneció dentro más de cuarenta minutos.
—¿Y salieron vacíos? —preguntó uno de los agentes.
—Eso queremos averiguar. —Leandro apoyó ambas manos sobre la mesa—.
La información que tenemos indica que mañana recibirán otro cargamento entre las veintitrés treinta y las cero treinta.
No vamos a interceptarlo en carretera. Dejaremos que llegue, que entre y que empiecen a descargar.
Quiero dentro al proveedor, al receptor y la mercancía antes de intervenir.
Aquello ya me gustaba menos. O bastante más. Dependía de cuánto apreciara mi esperanza de vida esa semana. Miré a Gennaro de reojo. Estaba observándome y sonreí.
Leandro vio ese gesto y carraspeó, lanzándonos de paso una mirada fulminante. ¿No se suponía que aquel señor debía estar feliz? La boda de su hijo se acercaba. Pero eso a Leandro le importaba poco.
Él era un marido ausente, por lo que me había contado Gennaro.
Cubría a su madre de caprichos, fiestas y lujos, pero el verdadero amor no existía entre Lucia y él.
Solo un matrimonio de cara a la galería sin nada más.
Y Gennaro había sufrido todo eso desde bien pequeño, encima dando gracias por ser hijo único.
No por él, sino para que nadie más viviera en sus carnes aquel infierno de casa .
—Entraremos por dos puntos —continuó con el tono más duro—.
El primer equipo bloqueará el acceso principal en cuanto recibamos confirmación visual de la descarga.
El segundo accederá por la parte trasera y cerrará cualquier posibilidad de huida.
Nadie entra antes de mi orden y, sobre todo, nadie dispara salvo que exista una amenaza real. Los quiero vivos.
Pulsó nuevamente el mando y aparecieron varias fotografías de hombres que no reconocí. Nadie habló.
—No sabemos con quién vamos a encontrarnos.
Y ese es precisamente el problema. Algunos de estos hombres han trabajado para organizaciones del norte; otros aparecen relacionados con grupos del sur.
Hace seis meses no tenían una puta razón para sentarse juntos a tomar un café y ahora están compartiendo dinero, vehículos y rutas.
Observé las fotografías con más atención.
—¿Tenemos idea de qué transportan? —me atreví a preguntar. Porque era todo un atrevimiento.
Leandro me contempló como si tuviera dos cabezas.
—Si lo supiéramos, Costa, usted y su perro podrían quedarse mañana en casa viendo una película.
Bajé la mirada hacia Draco y murmuré:
—Nosotros somos más de calle.
Gennaro soltó una risa por lo bajo.
—Por eso ustedes dos son el equipo clave y el que se mantendrá a la espera, solo y en otro extremo —prosiguió Leandro, ignorándonos—.
En cuanto aseguremos la nave, Costa entrará con Draco.
Quiero una primera inspección antes de que nadie empiece a meter las manos donde no debe.
Drogas, dinero, armas, explosivos... Lo que haya allí, quiero saberlo antes de desmontar el cargamento.
El teniente Caputo irá a la cabeza de la operación y les designará los puestos correspondientes para proceder. No quiero un fallo, señores.
Señaló entonces otra fotografía, y yo me cagué en su vida por hacer esa referencia solo a los hombres de la sala. Muy en la línea machista de Leandro.
—Y hay algo más —apuntó.
Permanecimos todos en el más absoluto silencio, con la única diferencia de que había alzado una ceja tanto que Gennaro carraspeó bajito. Lo ignoré.
—Creemos que mañana no vamos a interrumpir únicamente una entrega. Alguien está reorganizando rutas criminales entre distintos puntos de Italia y todavía no sabemos quién coño está consiguiendo que organizaciones que antes competían empiecen a colaborar. Debemos estar muy atentos.
Volví a fijarme en aquellas caras. Algo estaba moviéndose, sí, y por algún motivo que desconocía, tuve la sensación de que aquel operativo no iba a terminar cuando saliéramos de esa nave.
Leandro dio por finalizada su charla y los agentes salieron de allí despavoridos, detrás del general. Yo esperé ese segundo en el que me quedaría a solas con Gennaro, pasé por el asiento donde había estado él, ahora sentado en el diminuto pupitre.
Nos miramos.
Y nos sonreímos como idiotas.
Porque con Gennaro la vida era así de simple y de bonita.
El nubarrón que asolaba mi cabeza se marchó cuando me hice la disimulada pasando por su lado, pero él no perdió la oportunidad de tirar de mi mano hasta pescarme , como él decía, y recogerme entre sus brazos. Una broma que empleábamos desde que le enseñé a pescar en Cefalú. En mi verdadero hogar.
—Te pillé.
—O yo te pillé a ti, tenente Caputo —le dije con una risilla tonta, apoyada en su pecho.
—Te he echado de menos —musitó y toqueteó la cabeza de Draco, que se sentó a su lado reclamando atenciones.
Era un convenido de mimos, y Gennaro le caía demasiado bien.
Sus labios no tardaron en ponerse sobre los míos y me devoraron en un beso dulce, necesitado y ardiente. Se calentó, como cada vez que llevábamos días sin vernos, pues las manos de Gennaro masajearon mi trasero y me apretaron con más vigor a su cuerpo.
Lo noté duro como una piedra y jadeé.
—Tenente... —gemí sobre su boca y enredé mis manos en su pelo.
—Te he visto con Draco. —Sujetó mis piernas sin previo aviso y me colocó a horcajadas sobre él—. Y me pones muy cachondo cada vez que entrenas como una becerra.
Una carcajada se escapó de mis labios y eché la cabeza hacia atrás. Él aprovechó la oportunidad para meter la suya entre mis pechos y morder por donde pudo. No llevaba escote con aquel uniforme; sin embargo, Gennaro se buscaba las mañas para hacer posible lo imposible. Ese era uno de sus dones.
Noté su lengua caliente recorrer mi cuello y la piel se me erizó. Tiré de su pelo hacia atrás, tratando de mantener el equilibrio para no caerme, y añadí:
—¿Sabes que estoy sudada como una guarra?
Su cara de canalla lo dijo todo.
—Esto va a ser interesante, entonces.
—¡Gennaro! —grité en un susurro cuando se lanzó de nuevo a mi cuello y trepó hasta mi boca—. ¡Estamos en el cuartel!
Enarcó una ceja en plan que le daba igual todo y guio una mano hasta el botón de mi pantalón.
—¿Es la primera vez que te ventilas a un compañero en el trabajo, Costa? —preguntó con tono de gañán.
Le di un palmetazo y me reí con histeria.
—Puede que no. —Abrió la boca mostrándome una O silenciosa—. Pero lo he hecho cuando la puerta no estaba abierta y porque el tío en cuestión supo ponerme las pilas.
Abrió los ojos, ofendido.
—¿Y ahora no tienes las pilas puestas?
Me tocó el sexo por encima de la tela de inmediato. Sentí ese cosquilleo más grande, más acelerado y más ardiente. Lo besé con candor, me restregué contra su miembro en un intento por volverlo loco y me permití encontrar ese botón de apagado en mi cabeza. Aquello me dio tanta felicidad...
Podía ser tan feliz con Gennaro...
Me separé de él con los ojos titilando de pasión y murmuré:
—Le espero en los vestuarios en dos minutos, tenente. Así puede comprobar si tengo las pilas puestas o no.
Y yo, que siempre había sido más precavida para que aquellos encuentros no sucedieran en un lugar donde Leandro nos pudiera abrir el famoso expediente que deseaba, salté de los brazos de Gennaro y me marché con Draco pegado a mi pierna.
Dejé a mi bebé con un compañero y me encaminé a los vestuarios.
A desnudarme para esperarlo con la ducha abierta y el agua caliente cayendo sobre mi piel.
Y por supuesto que Gennaro apareció, sin darme casi tiempo a quitarme la ropa una vez que la puerta estuvo cerrada.
Entró en el habitáculo apartado en el que me había metido, me cogió en volandas de nuevo y lo siguiente que sentí fueron los fríos azulejos clavándose en mi espalda.
Nuestras lenguas buscándose desesperadas.
Las embestidas duras de Gennaro y mi cuerpo reaccionando a él con descaro.
El placer recorriendo nuestros organismos de manera incesante.
Y el bienestar de quien se encuentra con la persona indicada vibrándome en la piel.
En la piel. Que era una zona distinta a otra que no quería nombrar, pero que me latía más fuerte cuando veía a un demonio.