15El hilo invisible
El hilo invisible
Draco me derribó por cuarta vez.
Caí de espaldas sobre la colchoneta y el golpe me sacó el aire de los pulmones ardiendo, aunque apenas permanecí un segundo en el suelo. Rodé hacia la izquierda, apoyé una rodilla y volví a incorporarme antes de que pudiera abalanzarse sobre mí de nuevo.
—Draco, ¡fermo!
El dóberman se detuvo.
Sus patas delanteras se quedaron clavadas a menos de medio metro de mí y mantuvo la mirada fija en mis movimientos, jadeando con la lengua fuera y esperando una nueva orden. Llevábamos más de una hora entrenando y el condenado parecía encontrarse mucho mejor que yo.
Me limpié el sudor de la frente con el antebrazo y le dije a Draco:
—¡Otra vez!
Porque él me entendía. Y yo en mi fuero interno no me entendía, no. Estaba hecha un manojo de nervios, me alteraba cualquier situación y la cabeza iba a explotarme.
El día anterior había llegado a mi casa, había recogido con furia todo el mapa sobre Valentino del salón, lo había amontonado como si no me hubiera supuesto media vida hacerlo y me había sentado en el sofá con la vista perdida en ninguna parte mientras Draco me lamía las manos.
Entonces reparé en ella. En un clavo roto de la pared. Su cadena. Esa que no le había devuelto y que continuaba guardando sin preguntarme el motivo.
Me había quebrado la cabeza muchísimo. ¿Para qué me daba toda esa información sobre la Mano di Caino?
¿De verdad quería ayudarme sin más? ¿Para que lo dejara en paz y ya está?
Nada tenía sentido. No cuando me había perseguido, humillado y...
«Eres una zorra, Beatrice. No uses la palabra.
Lo tienes prohibido», me dijo mi bruja mala.
No podía sacar sus gemidos roncos de mi cabeza. Los míos contenidos tampoco. ¡Mierda!
—Costa, vas a matar al perro.
Giré el rostro hacia uno de mis compañeros, que permanecía apoyado junto a la entrada de las instalaciones cinófilas con una botella de agua entre las manos y la mirada circunspecta desde hacía media hora.
—El perro está mejor que tú —escupí y continué caminando hacia el inicio del circuito.
—Ya veo. Pues tú vas a echar las muelas, como sigas así.
En eso tenía razón, aunque le respondí borde:
—Es problema mío, no tuyo.
Volví a colocarme los guantes y miré a Draco.
Habíamos empezado con obediencia, continuado con detección y terminado con un trabajo de intervención que no figuraba en el entrenamiento previsto para aquella tarde.
Tampoco figuraban las carreras que había hecho antes, ni los ejercicios de fuerza ni los cuarenta minutos adicionales que llevaba castigándome después de que el resto hubiera terminado.
Necesitaba cansarme. No. Quería reventarme para no pensar más.
Llegar a casa, meterme debajo de la ducha y no tener fuerzas ni para mantener los ojos abiertos. Dormir ocho horas seguidas sin soñar con iglesias, cuchillos, pistolas ni unos ojos verdes observándome como si supieran cosas de mí que ni siquiera yo quería conocer.
Había conseguido ver la tarjeta SD, para echarle más leña al fuego.
El astillero era de Valentino. Y aparentemente no había nada más aparte de embarcaciones de lujo y trabajadores que lo tenían todo en regla.
Sin embargo, yo conocía a los Sabello. ¿Qué hacía un mafioso de aquel calibre con una empresa así?
La tapadera.
Estaba segura, después de las palabras de Elia, de que si las personas cercanas al astillero preferían quedarse sin lengua antes de hablar de aquel lugar, era porque escondía algo grande.
Y yo pensaba averiguarlo.
Había herido mi orgullo, mi dignidad, hasta la imagen que tenía de mí misma.
Y el hecho de haberme quedado perpleja cuando me entregó la carpeta fue...
fue un jodido guantazo sin manos al darme cuenta de que quizá la engañada había sido yo.
Que mi vida se había tambaleado por intentar cazar y culpar a la persona equivocada.
Porque sus hermosos ojos no me mentían.
Me estaban diciendo la puta verdad. Me lo confirmaba la intuición.
—Draco, ¡ajax!
El animal salió disparado para atacar y esperé hasta el último momento para reaccionar. Me protegí, absorbí el impacto y terminé otra vez contra la colchoneta con sus cincuenta kilos encima. Esa vez solté una carcajada sin humor, por lo bien que lo había hecho.
—Esta ha sido buena, muchacho. Muy bien. Muy muy bien.
Draco movió la cola al escucharme hablarle en balleno. Me encantaba aquella tontería del tono.
—Sí, tú diviértete. —Reí mientras se lo decía.
Le acaricié uno de los laterales del cuello y apoyé la frente durante unos segundos contra su cabeza.
Él dejó de jadear despacio, como si hubiese detectado el cambio antes que yo.
El impulso insano de devolverle el equilibrio a mi vida.
La búsqueda desesperada de un botón capaz de apagarme la cabeza.
¿ Creía a pies juntillas a Valentino? Entonces iría a por todas con el resto de la banda de la Mano di Caino, aunque se hubiera disuelto. Los encontraría y los metería entre rejas. El asesinato de mis padres no podía quedar impune, y yo quería saber quién había apretado el gatillo .
¿ Continuaba investigando el astillero ? ¿ Con qué fin lo hacía? Por orgullo, sí , pero cuando tuviera la información que buscaba , ¿ qué iba a hacer con ella? Nada . Esa era la respuesta, porque sabía que era más peligroso que todo lo anterior. Entonces , ¿ por qué seguir arriesgándome ?
Porque había un jodido hilo invisible que tiraba de mí.
Y no iba a cuestionarme el motivo de ser tan terca.
Draco me lamió la cara, como si tuviera que despertar del ensimismamiento en el que me había sumido. Los animales sabían demasiado.
—Estoy bien —mentí.
Me lamió la barbilla y me reí de nuevo. Cuando me ponía muy histérica, a veces me mordía de los mismos nervios que le transmitía.
Me incorporé y fui hacia el banco donde había dejado la botella. Tenía todos los músculos doloridos, una molestia en la espalda que llevaba días recordándome cierto cuchillo y suficiente rabia acumulada para entrenar hasta Semana Santa. Bebí varios tragos de agua, tratando de calmar la sed.
Unos ojos verdes regresaron a mi mente y sentí un calambre insano donde no debía.
Valentino Sabello era un delincuente, un mafioso, un contrabandista, un hombre peligroso y un hijo de puta con suficiente ego para abastecer de autoestima a toda Italia durante una década. El problema era que también dominaba el arte de mirar, de tocar y... de besar.
No me quitaba el beso de la cabeza, por muy ínfimo que hubiese sido.
El problema era yo. Ya no me cabía la menor duda.
Apreté la botella hasta que el plástico crujió entre mis dedos.
—Assistente Capo.
Giré la cabeza. Uno de los agentes acababa de entrar en las dependencias con una carpeta bajo el brazo.
—¿Qué ocurre?
—El generale quiere verla en la sala de reuniones.
Miré el reloj de la pared y suspiré. A esa hora nada podía ser bueno. Solté la botella sobre el banco y llamé a Draco con un movimiento de los dedos. El dóberman se colocó inmediatamente junto a mi pierna.
—¿Sabes para qué? —le pregunté llegando a él.
El agente vaciló, y eso consiguió que dejara de pensar en Valentino.
—Tenemos un operativo mañana. A las afueras de Roma. Han localizado un transporte al que llevaban varias semanas siguiéndole la pista, y creen que esta noche llegará la confirmación de la ruta.
Me quité uno de los guantes con los dientes mientras salíamos de la zona de entrenamiento.
—¿Droga?
—No lo saben, aunque tiene toda la pinta.
Lo miré con confusión y reduje el paso.
—¿Sabemos quién está detrás?
—Todavía no está claro. —Abrió la puerta para dejarme entrar—. Pero parece que detrás operan varios grupos. Han aparecido varias sociedades pantalla, movimientos entre el norte y el sur de Italia, y al menos dos grupos que hasta hace unos meses no tenían ningún negocio en común.
Fruncí el ceño.
—¿Mafias?
—Por eso quieren al GICO, Costa.
Continuamos por el corredor mientras Draco caminaba pegado a mi pierna.
Hacía treinta segundos estaba intentando machacarme físicamente para dejar de pensar y ahora mi cabeza volvía a funcionar a toda velocidad.
Al final iba a tener que comprarme unas pastillas para la desconexión, si es que eso existía.
Escuché la voz aguda de Leandro desde la otra punta del pasillo. No se cortó en insultar, vocear y amenazar a todos los compañeros que ya estaban en la sala, a la espera de sus órdenes. Parecía que el cargo de general iba acompañado de ser un capullo arrogante.
Empujé la puerta antes que el agente y el corazón me dio un vuelco cuando me encontré de frente con una espalda que reconocía muy bien.
Los fuertes hombros de Gennaro tensaban el uniforme que había decidido ponerse esa mañana. Raro en él, que casi nunca lo llevaba, ni siquiera en los operativos importantes. Él se regía por otro tipo de normas inventadas y se la traía al pairo la de veces que Leandro lo reprendiera por ello.
Tragué la saliva que se me había atascado en la garganta.
Parecía haber transcurrido un milenio desde la última vez que estuvimos juntos, y, en realidad, solo habían pasado unos días desde su regreso a Palermo.
Lo echaba de menos. Quizá aquello era lo que estaba confundiéndome y me hacía pensar más en unos ojos que no se encontraban ni quería tener en mi vida.
Se giró, como si lo hubiera invocado con mi simple pensamiento. Y aquella sonrisa bastó para arrancarme otra, para calmar mis nervios y para oír a mi espalda algún que otro suspiro por parte de otras compañeras.
No era celosa. Al contrario, la situación me divertía.
—Agente Costa, ¿piensa quedarse como un pinote? —La voz de Leandro consiguió que apartara los ojos de Gennaro y me centrase en él.
—Disculpe, generale.
Varias risas se amortiguaron en la mesa.
Leandro me dedicó una mirada condescendiente y señaló con el bolígrafo uno de los asientos libres.
Decidí no tentar demasiado a la suerte y fui hacia allí con Draco pegado.
Gennaro esperó a que pasara junto a él para rozarme disimuladamente la mano con los dedos.