Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 14Cambio de parecer #2
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14Cambio de parecer #2

Romeo había dibujado aquella bestia años atrás, en uno de esos bocetos que hacía cuando le daba por dejar la cabeza sobre el papel, y yo me había empeñado en convertirla en algo real.

Él le había dado la forma. Yo, las entrañas.

El resultado era una hija de puta que flotaba, corría y, con suerte, no nos mandaba al fondo del Tirreno.

Pero ya no me bastaba. Necesitaba más potencia para ciertos trabajos, y debíamos hacerlo con tiempo, sobre todo de cara al que teníamos entre manos.

Me agaché junto a la popa y apoyé una mano en el casco antes de examinarla. La habíamos probado dos días atrás y la respuesta seguía siendo demasiado lenta cuando exigíamos toda la aceleración. No mucho. Probablemente cualquier otro ni siquiera habría apreciado la diferencia. Yo sí.

Y si en una salida necesitábamos diez segundos menos, los quería.

Alcancé la caja de herramientas y terminé de arrodillarme junto al compartimento del motor. Ahí estaba mi otro mundo. Entre tuercas, manguitos, cableado y aceite. Donde las piezas que, cuando fallaban, tenían la decencia de mostrarte dónde estaba el problema.

La mafia era mucho más complicada.

Ahí vivíamos en una constante lucha entre la vida y la muerte, dormíamos con una pistola debajo de la almohada y llevábamos un cuchillo de enormes dimensiones en cualquier parte del cuerpo, por si acaso.

En ese mundo combatía a diario con mamones que no me respetaban lo suficiente porque no era el capu de La Nostra Famigghia, porque no era Tiziano. Y aunque trataba de cubrirlo y dar el callo para contentar a todos, a mí la vida se me hacía bola y cada vez me cabreaban más los impedimentos.

Algunas veces me cuestionaba si todo eso no me ocurría por haber aprendido mucho más tarde que el resto de mis hermanos. Si, de alguna manera, era parte de mi maldición particular. Si el verdadero lerdo era yo, y no los demás.

Abrí el compartimento y empecé a trabajar.

No tenía intención de reconstruir el motor entero.

Primero quería revisar la alimentación, comprobar la respuesta y dejar ajustado lo necesario para que entregara mejor la potencia.

Después la sacaría al mar. Solo allí podría saber si el cambio había servido para algo.

Un motor podía rugir de maravilla dentro de una nave y convertirse en una mierda cuando tenía toneladas de agua golpeándole el casco.

Aflojé una pieza y la dejé a un lado, aclamando ese silencio mental que tanto había deseado. Solo me duró unos minutos, los suficientes antes de que en la cabeza se me montara un jolgorio sin tregua.

Claudio seguía sin aparecer y me preocupaba no saber nada de mi hermano mayor.

Il papà y nuestra última bronca. Ni siquiera nos habíamos despedido y tampoco me había llamado. ¿Tendría que haberlo hecho yo? ¿Seguía aguantando por orgullo?

Tiziano. ¿Le contaba lo de Beatrice? Sus palabras me llegaron como un jarro de agua fría. «No te metas en problemas que después tenga que resolver yo con una bala aquí». Y no comprendí por qué se me antojaron semejantes a las de Enzo y Dante. ¿Qué insinuaban aquellos imbéciles?

Los negocios. Las rutas que teníamos que revisar, todo lo que había que preparar para el gran golpe.

No podía fallar ni permitir que los aspirantes a mafiosos me tocaran las narices cuando estábamos tan cerca de conseguir millones y millones.

No cuando era mi primer movimiento en solitario a lo grande.

El Kraken esperaba muchos metros bajo mis pies para una operación que no podía permitirse ni un solo error.

La Mano di Caino. ¿A santo de qué venía aquello ahora? Y, por ende, ella.

Beatrice.

Mi lupina.

« La lupina », me corregí mentalmente .

Apreté demasiado la llave.

—Vete a tomar por culo —hablé demasiado alto.

Un mecánico levantó la cabeza desde varios metros más lejos y me observó confuso.

—¿Señor Sabello?

El hombre asintió con una naturalidad preocupante y continuó trabajando.

Solté la herramienta y me pasé el antebrazo por la frente.

Aquello era precisamente lo que había ido a buscar: ruido suficiente para vaciarme la mente.

Sin embargo, cuanto más intentaba concentrarme en la mecánica, más pensamientos se colaban por cualquier rendija.

¿ Quién había colocado mi nombre en aquel expediente? Esa pregunta sí importaba, aunque le hubiera dicho que no, que me daba igual. Era obvio que lo consultaría más adelante, si el problema se volvía un estorbo que liquidar .

Esa faceta de mi vida había muerto y no tenía que regresar.

Alguien había querido conducir a Beatrice hasta nosotros.

Si ella debía haber muerto junto a sus padres y había sobrevivido por casualidad, debía de existir una razón para que años después apareciera mi nombre donde no correspondía.

Y si esa razón afectaba a los Sabello, entonces dejaba de ser un problema de Beatrice para convertirse en uno nuestro.

Eso era lo único que debía preocuparme de ella.

Lo demás podía enterrarlo.

Volví a inclinarme sobre el motor y trabajé durante no supe cuánto tiempo.

Las manos terminaron negras de grasa, me hice un corte pequeño en un nudillo y el sudor apareció.

Perfecto. Cada pieza que desmontaba ocupaba el espacio de un pensamiento; cada ajuste silenciaba una pregunta, hasta que el motor quedó preparado.

Me incorporé, flexioné los dedos y repasé la Tempesta.

—Ahora sí.

Quería probarla. No al día siguiente o cuando alguno de los hombres tuviera un hueco. Iba a hacerlo en el momento, a meterme en las profundidades del mar si era necesario.

Me limpié las manos con un trapo mientras caminaba hacia el lateral de la nave y levanté la voz para llamar a uno de los mecánicos.

—Prepara la salida.

—¿Con la Tempesta? —se interesó.

—Sí.

El hombre miró el reloj y después hacia el exterior.

—El mar está bastante movido, señor Sabello. Quizá no sea buena idea que ahora...

Observé la enorme abertura de la nave. Más allá de las instalaciones, el cielo perdía claridad y el viento empujaba desde la costa con suficiente fuerza para anunciar que fuera del abrigo del puerto las cosas estarían bastante más entretenidas.

—Por eso es el momento ideal. Prepárala.

No quería un mar dócil para saber si la lancha funcionaba. Iba a llevarla donde protestara. Donde el casco golpeara las olas, los motores tuvieran que entregar todo lo que guardaban y cualquier error que hubiese cometido con mis propias manos saliera a la luz.

Agarré un abrigo, cogí las llaves y caminé hacia ella. Al fin y al cabo, me llamaban el Capitano de los mares por algo. Y llevaba demasiados días en tierra.

Hice una señal a los mecánicos y varios comenzaron a retirar las herramientas mientras otros liberaban los soportes que mantenían la lancha inmovilizada.

La plataforma hidráulica de botadura ocupaba buena parte del centro de la sección de la nave, encajada en el suelo como una enorme plancha de acero.

Sobre ella descansaban los raíles y apoyos que permitían desplazar las embarcaciones sin necesidad de grúas cada vez que queríamos meter una en el agua.

La Tempesta avanzó despacio hasta quedar colocada sobre la plataforma.

Uno de los hombres aseguró el casco y otro accionó los controles.

Un zumbido grave se extendió por la nave mientras toda aquella mole descendía unos metros hasta alcanzar el nivel del canal que discurría bajo el astillero.

El agua fue apareciendo alrededor del casco hasta abrazarlo por completo.

Descendí por la pasarela lateral y salté a bordo.

Desde allí, el canal se prolongaba bajo parte de las instalaciones hasta el portón estanco que separaba nuestra salida del exterior.

Era uno de los accesos que utilizábamos para las embarcaciones que no convenía sacar por la entrada principal del astillero.

Los seguros se liberaron y flotamos. Ya casi saboreaba el mar.

Me acomodé frente a los mandos y puse el motor en marcha.

—¿Capitano? —Giré la vista sin dejar de acelerar despacio.

Donna se encontraba en otra de las plataformas, caminando al mismo ritmo que la lancha, con una sonrisa de orgullo.

—¿Qué haces aquí todavía? —me interesé.

Ella no debía estar veinticuatro horas en el astillero, pero a Donna le gustaba tanto o más que a mí llenarse las manos de grasa y oler a mar.

—No sabía que estabas arreglando la Tempesta.

—Mañana te diré si está arreglada.

Se apoyó en la barandilla y me contempló.

—Puedo esperarte y me lo dices con un buen vino después. —Sonrió.

Le devolví la sonrisa y negué con la cabeza por aquella insistencia. Lo había dicho de broma, pero yo sabía que detrás de esas bromas se asomaban muchas verdades.

—Vete a casa, Donna. Es una orden.

Me guiñó un ojo y me lanzó una sonrisa sincera antes de que la perdiera de vista.

El rugido rebotó contra las paredes de hormigón y me alegré. Aquello ya sonaba mejor. El portón comenzó a elevarse y una franja de luz fue creciendo sobre el agua. Más lejos estaba el canal de salida y, después, el Tirreno.

Metí la marcha, y la Tempesta avanzó lentamente al principio, abandonando las entrañas del astillero como una bestia a la que acababan de soltar la cadena.

Había llegado mi momento de disfrutar.

De sortear las olas, de llevarla al verdadero límite.

De olvidarme de unos ojos rasgados y profundos que no hacían más que provocarme quebraderos de cabeza.

Y me quedé con la certeza de quien había tomado una decisión en firme: no. No volvería a buscarla, no intentaría quebrarla más de lo que ya lo había hecho.

No regresaría a esos labios. Jamás.