14Cambio de parecer
Cambio de parecer
No me moví del sitio. Y no supe por qué, pero saqué la paciencia que no tenía solo para observarla. Para descifrar cada uno de sus movimientos confusos .
No reaccionaba.
Solo me contemplaba, sin parpadear y con la respiración de quien está conteniendo el aire.
¿En qué pensaba? No lo tenía claro, pero de lo que sí fui consciente fue de mi cambio de parecer.
Todo aquello, el absurdo de llevarla al límite para hundirla, había sido por puro ego.
Y me di cuenta en el momento en el que el silencio reinó entre nosotros.
En el que sus ojos brillaron de verdadero dolor.
No era piadoso ni un alma caritativa, pero sí sabía diferenciar a la perfección la mirada de las personas que se habían equivocado. Las que habían metido la pata hasta el fondo y ahora estaban con la mierda hasta el cuello.
La de Beatrice era esa.
—Te has equivocado de hombre, lupina.
La respiración viajó lenta por su pecho.
Descendió los ojos y los posó en la carpeta, sin decir nada.
No tenía que hacerlo, pues dentro de ese extenso informe que Enzo me había preparado ya había datos y fechas, e incluso estaban presentes las pruebas de que yo me había alejado de la Mano di Caino hacía meses, motivo por el cual no estuve en aquella promoción ni participé en la masacre.
—No puede ser... —musitó, imaginé que detectando el patrón de fuga.
Me separé de la mesa, agarré la camiseta de manga larga y me la puse.
—Quien pusiera mi expediente ahí, sin duda quería liquidarte. Lamento ser yo quien te dé la información —ironicé.
Pasaba las hojas del informe prestándome atención, aunque sin hacer comentarios. Los silencios eran más extensos que los míos, que ya era decir. Apretó los labios.
—Querían mezclarme con vosotros... —musitó de forma casi imperceptible.
Me acerqué unos pasos, sin invadir su espacio.
Prefería estar apartado de ella, pues también acababa de imponerme otra norma: no volvería a ponerle una mano encima, o tendría que matarla.
Tampoco iba a cuestionarme el motivo de no querer hacerlo, quizá simplemente no deseaba disgustar a Tiziano porque se llevaba bien con ella y podría serle de utilidad.
No iba a andar molestando al capu con aquellas absurdeces, ¿no?
No comprendí por qué seguía cuestionándome. Lo aparté de mi mente con rapidez. No me interesaba.
—¿Quién quería mezclarte con nosotros?
—No lo sé —susurró verdaderamente perdida.
No añadió nada más. Yo tampoco iba a darle pie a que continuara. No estaba allí para mantener una conversación con ella y me daba igual quién quisiera jugársela o no. Tampoco me interesaba saber si el hecho de que estuviera cerca de nosotros tenía algún fin contrario a nuestros intereses o no.
—Tendría que haber muerto en la promoción.
Me sacó de dudas. No lo agradecí. Moví los hombros con desinterés y añadí:
—Estamos a tiempo de resolver eso.
Sus ojos rasgados y fieros se clavaron en mí como alfileres, cerró la carpeta de un golpe seco y la dejó sobre la mesa. Dio un paso, temeraria. ¿De dónde le salía tanto coraje a aquel metro y medio?
—¿Te crees que esto es una puta broma? —Alzó los brazos, alterada.
Me crucé de brazos, pasota.
—No.
—¿Te hace gracia que mi familia esté muerta? —Me señaló con el dedo—. Ya sé lo que estás haciendo. ¡Te has inventado esto para que deje de culparte!
Lo que me faltaba. Puse los ojos en blanco y descrucé los brazos para pasarme una mano por el mentón.
—¿Tengo cara de perder el tiempo con los lerdos?
Me lanzó una mirada furibunda. Después dio un paso contundente.
—Fuiste tú —escupió a un palmo de mí, poniéndose de puntillas para llegar.
Me gustaba bastante cuando las mejillas se le teñían de aquel rojo.
—Te he traído esa carpeta con la información. Ahora solo debes buscar a los que quedan con vida y colgarte medallas. O lo que quieras hacer.
—¿Y por qué ibas a ayudarme con eso? —cuestionó desconfiada.
Agaché la cabeza para intimidarla. No se amedrentó.
—Para que dejes de tocarme los cojones. Pero si quieres, también puedo pegarte un tiro y fin de la historia.
Nos quedamos muy quietos, en silencio y sin decirnos nada. Solo mirándonos el uno al otro, como si hubiera algo que encontrar en nuestros ojos. Entonces mi atención pasó a sus labios y me reprendí por ello cuando un impulso mayor me movió para acercarme.
Tragó saliva. Contempló los míos.
Y me perdí en el perfume a vainilla y azahar. ¿Cómo no lo había percibido antes? Un escalofrío me recorrió los brazos, aunque lo disimulé bajo la prenda de manga larga.
Di gracias a Dios por frenarme en el impulso de besar su boca de nuevo, o por algún extraño motivo que desconocía, sabía que no saldría de allí.
—¿Y por qué no me pegaste el tiro en Mesina?
Seguía demasiado cerca. Su tono era demasiado bajo.
—Te lancé una granada. Pero no fue suficiente.
—Has tenido más oportunidades.
«Apártate, Valentino», me ordené, dándome cuenta de que mi tono también descendía.
—He preferido follarte la boca y ver cómo te corrías en silencio.
Otra vez esa puta rojez, ahora mucho más intensa. Tuve la tentación de cogerla en peso y hacerle barbaridades sobre la mesa.
—Eres un desgraciado. —Sus dientes rechinaron, pero yo sabía que era más por la vergüenza que por otra cosa—. Me has violad...
Enarqué ambas cejas y se calló. Ella sí que estaba a punto de explotar como una palomita, como decía Tiziano, quien tenía recursos dialécticos para todo.
No di un paso atrás, pero sí me noté el corazón brincando en el pecho.
—Valora que te regalo tu vida. Busca a tus culpables y olvídate de mí.
Tragó saliva visiblemente mientras respiraba agitada. Me apartó la mirada, incapaz de continuar sosteniéndomela. Estaba nerviosa, y su problema era que no sabía controlarlo.
—Estás engañándome —susurró y se quedó de lado para no mirarme de frente—. Y no pienso parar hasta que te meta entre rejas.
La observé sin parpadear y solté el aire por la nariz. La verdad se decía una vez. Cuando dabas demasiadas explicaciones, sonaba a culpa. Y yo no era culpable. Sin cambiar el gesto, le dije apuntando a la puerta que había a su izquierda:
—La salida está por allí.
Pasé por su lado, dispuesto a marcharme, con los hombros hacia atrás como si no importara la tensión del ambiente. Como si no me importara dejarla allí. No teníamos nada. Ganaba más la urgencia de desaparecer de aquellas cuatro paredes que comenzaban a asfixiarme.
No la escuché hablar, llamarme ni pedir una explicación más. El silencio lo invadió todo y agradecí que fuera así. ¿Por qué no le había pegado un tiro antes? No lo sabía. ¿Por qué no había disparado ella en la calle? Tampoco iba a cuestionármelo.
Iba a dejarlo en una segunda oportunidad para ambos, en la certeza de que mis hermanos llevaban más razón que unos benditos y que lo único que haría era el gilipollas. Podíamos prescindir de ella. Y ella de mí.
El portón metálico se cerró a mi espalda con un golpe seco y el aire frío de Roma me despejó lo justo para confirmar que necesitaba largarme.
No quería a Enzo preguntando. No quería a Dante analizando cada movimiento como si de pronto hubiera desarrollado una inteligencia superior.
Y, sobre todo, no quería seguir pensando en Beatrice, en sus ojos húmedos, en su puta vainilla con azahar ni en la pregunta que había dejado suspendida entre nosotros.
¿Por qué no le había pegado un tiro en Mesina?
Porque no.
Era una respuesta cojonuda.
Una vez estuve fuera, lo primero que advertí fue la cabeza de Enzo. Estaba en la acera de enfrente fumándose un cigarro. Dante estaba al lado, solo que con la diferencia de andar de un lado a otro como un león enjaulado. El comentario del hiperactivo no tardó en aparecer:
—¿Te la has follado ya?
—Yo no me follo a policías. —Le di un golpe en el hombro al pasar por su lado.
—Uuuh, qué violencia —le dijo a Enzo—. Pues yo sí me follo a polis. Bueno, a las que sé que son polis. ¿Qué? ¿Eso es algo malo?
No lo veía, e intuí que Enzo le hacía gestos para que mantuviera el pico cerrado. Pero Dante era Dante. A ese no lo callaba nadie. Fue el instante en el que abría mi coche, en la misma calle y al lado del de Dante, cuando atisbé que ella ya estaba fuera del edificio.
Sus ojos se quedaron clavados en los míos.
Los de mis hermanos en los dos.
—Nos vemos luego. —Mentí, sin apartarle los ojos a la morena.
Buscaba mi soledad, la claridad del agua, el silencio de mi templo .
Cogí el coche y conduje hasta Fiumicino con la música de la radio lo bastante alta para no escucharme pensar.
Una contradicción en toda regla. Atravesé media Roma encadenando semáforos, tráfico y algún que otro imbécil que parecía haber obtenido el permiso de conducir en una tómbola, hasta que los edificios comenzaron a quedarse atrás y el paisaje fue abriéndose hacia la costa.
Quería el astillero.
Quería ensuciarme las manos de grasa.
Cuando llegué a los Cantieri Navali, el olor a sal, gasóleo y metal caliente me recibió antes incluso de que atravesara los portones de la nave.
Aquel sí era un perfume que entendía. No tenía nada de dulce, no me provocaba escalofríos ni me hacía pensar en bocas que no debía besar ni mierdas por las que no iba a cabrearme más.
Saludé con un gesto a dos de los hombres y seguí caminando entre los cascos apoyados sobre caballetes, las herramientas, los bancos de trabajo y el ruido ensordecedor de una radial cortando metal al otro lado de la nave. Adoraba ese sonido tan macabro y ensordecedor.
Una grúa puente avanzaba lentamente sobre nuestras cabezas transportando una pieza y varios mecánicos trabajaban alrededor de uno de los yates que entregaríamos en unas semanas.
No subí al despacho. Ni siquiera miré hacia los ventanales, sino que fui directamente al fondo.
La Tempesta seguía donde la habíamos dejado.
Aquella lancha era una de las más rápidas de la flota y también una de mis favoritas. Tenía un casco oscuro, bajo y agresivo, diseñado para cortar el agua sin perder estabilidad cuando la llevábamos al límite.