Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 13Dejar de pensar #3
41%

13Dejar de pensar #3

Abrí una puerta metálica y accedimos a un pequeño patio interior encajonado entre las fachadas traseras de los edificios.

Allí el ruido de la calle apenas era un murmullo.

Unas escaleras de hierro descendían pegadas a uno de los muros hasta una segunda puerta situada varios metros por debajo del nivel de la calle.

Empecé a bajar, y el sonido de mis botas contra los peldaños se mezcló unos segundos después con el de sus pasos.

Llegué abajo, abrí y encendí la luz del sótano, con ganas de darle un giro bestial a los acontecimientos. ¿Por qué lo hacía? No iba a preguntármelo más veces; eso me taladraba la cabeza y no estaba yo para tonterías de aquel calibre. No quería, simplemente.

La estancia era amplia, sin ventanas, de paredes gruesas y suelo de hormigón, dividida en varias dependencias por puertas metálicas.

Habíamos utilizado aquel lugar para reuniones que no debían existir, interrogatorios que nadie debía escuchar y hombres que habían entrado creyendo que todavía tenían capacidad para negociar.

Beatrice recorrió el espacio con cautela y yo me detuve más de lo permitido en cada reacción suya.

En su cuerpo, en la tensión de sus hombros.

En su pelo largo. En lo bien que le quedaba aquel vestido, en la fuerza que la arrollaba cuando se enfadaba, en sus labios...

Y recordé que me habían buscado con ansia.

La misma ansia con la que la había mordido y soltado para no volverme loco.

Me quedé detrás de ella y cerré la puerta con llave. El chasquido de la cerradura sonó fuerte en aquel silencio y Beatrice bajó lentamente la mirada hacia mi mano. Luego la subió hasta clavarla en mis ojos. Y tuvimos la certeza de que sí estábamos solos.

—Con tu permiso, voy a quitarme esta mierda.

Contuvo el aire y apartó la mirada de manera breve, pues seguía viéndome de reojo. Noté el pecho embravecido, como si precediera a una tormenta.

Me deshice de la camiseta del uniforme, dejando los tatuajes a la vista. Arrastré el pantalón y me quedé con unos bóxer como única prenda. Entonces reparé en que Enzo había dejado mi ropa en la silla que se encontraba justamente delante de Beatrice, al lado de la carpeta.

—¿Vas a decirme por qué me has traído aquí, o tengo que adivinarlo?

Fui hacia ella y su mirada me recorrió de la cabeza a los pies antes de apartarse con vergüenza. Sonreí al girarme para coger las prendas y me coloqué los pantalones.

—Debería darte una paliza por lo que has hecho —me dijo con enfado.

—Muy bien. Pues espero que hayas desayunado en condiciones.

Giré el rostro y la miré por encima de mi hombro. Había clavado la vista en mí, arrogante, aunque se mantuvo en silencio. Yo metí el dedo en la llaga.

—No he visto esa seguridad en la tienda de novias.

—No juegas limpio.

Me volví de cara a ella cerrando la cremallera del pantalón, más altanero si cabía. Di un paso, hasta casi rozarla.

—¿Lo dices porque te he tocado?

Apretó la mandíbula y tensó los hombros.

—Mi futura suegra estaba allí —escupió.

—Serás una mujer excepcional —ironicé, dándole a entender que Gennaro tendría unos cuernos muy grandes.

Golpeó mi pecho desnudo con coraje.

—Eres un hijo de puta.

Apresé su muñeca con fiereza y la pegué a mi pecho de un tirón seco.

—Un hijo de puto. Corrige.

—¿Qué? —Gimió cuando la otra mano cayó como apoyo en mi barriga.

—Hijo de puto —recalqué—. Como vuelvas a meterte con la mia mamma ... te cortaré la lengua.

«Céntrate». La solté para que los deseos más primitivos desaparecieran.

Esos deseos que ella había notado cuando mi polla se rozó con su vientre.

Escuché con claridad el pequeño gemido que escapó de sus labios.

Fue otro impulso para poner más distancia y que las neuronas dejaran de patinarme, como solía pasarle a Tiziano constantemente.

—En esa carpeta tienes a todos los miembros de la Mano di Caino. También a los que quedan vivos.

—Entre los que estás tú —dictaminó con fuerza.

—Estaba. En pasado. La banda se disolvió hace años —la corregí—. No sé cómo tienes esa información ni quién te la ha dado, pero es errónea.

—La policía no es tonta.

Su argumento me hizo reír con amargura.

—No. Son lerdos. Me gusta más esa expresión para vosotros.

Bufé y me cautivó ver sus mejillas teñidas de rojo por la ira.

Tal vez, si me la tiraba, si le hacía las barbaridades que habían pasado por mi cabeza, aquella atracción difícil de explicar se disiparía y la olvidaría.

Perdería interés. Tal vez solo era la enemistad que nos unía lo que me hacía pensar más de la cuenta en ella.

Y por eso me dormía con sus ojos en la retina.

Por eso me levantaba con su rostro en la mente.

—Tú mataste a mis padres —soltó con brusquedad, en una acusación que ya había adivinado.

También había descubierto que eso era lo que la había llevado a ponerme los grilletes para trasladarme al calabozo, y también que era el motivo verdadero por el cual buscaba pistas sobre mis negocios durante dos años.

Me senté en el borde de una de las mesas con actitud pasiva. Saqué el canuto apagado del bolsillo del uniforme, lo encendí mientras ella me contemplaba con la vista fija y la carpeta en la mano, y entonces decidí darle un giro de trama a su vida.

El que no esperaría.

La miré a los ojos fijamente, le di una calada al porro, expulsé el humo y solté sin medias tintas:

—Yo no maté a tus padres, lupina.