13Dejar de pensar #2
Volví el rostro despacio. Beatrice seguía delante de mí con los puños apretados, el pecho subiendo y bajando a toda velocidad y una furia descomunal en los ojos.
—Se ha terminado tu puto juego, Valentino Sabello.
Esa vez no la pillé desprevenida. En un pestañeo había sacado su arma reglamentaria y la tenía colocada en mi pecho.
No dejé de mirarla con astucia, momento en el que Enzo y Dante sacaron sus armas con disimulo.
Pasábamos desapercibidos entre el gentío, pero no tanto para los transeúntes más próximos a nosotros.
—Beatrice, baja la pistola —le ordenó Enzo, apuntando a su costado y colocándose detrás de ella.
Observé a mi hermano con resquemor. No me hizo caso. Ni siquiera bajó el arma. La presionó con más fuerza contra mi pecho.
—¿Te has divertido lo suficiente? —Le quitó el seguro a la pistola. Yo no separé los labios ni dejé de mirarla—. Si me disparan, me encargaré de que vengas conmigo.
De reojo, aprecié la duda en los ojos de Dante, quien se había posicionado al otro lado de la policía. Nos encontrábamos en una situación difícil, pero sus ojos ya me habían advertido que no dispararía.
Empujé mi cuerpo contra el cañón.
—Adelante. Dispara.
Mis hermanos se miraron entre ellos. Beatrice apretó el arma con más furia.
—No estoy bromeando —me dijo entre dientes.
—Yo tampoco. Dispara.
Empujé de nuevo. Su mano tembló. Fue una milésima, pero lo vi.
Me fijé en aquellos ojos marrones, tan oscuros y rasgados que temí perderme sin pretenderlo.
Recordé el momento exacto en el que sus rodillas impactaron en la iglesia.
En su boca llena, en mi leche dentro de ella, por segunda vez.
En todo lo que le había hecho en un lugar sagrado, y por Dios que deseaba enterrarme en lo más profundo de sus entrañas hasta partirla.
Me apreté tanto a su cuerpo que el cañón de la pistola casi desapareció entre los dos.
—Eres un cabrón —rabió, con los ojos húmedos.
—Y tú eres una zorra, Beatrice Costa.
Hice un movimiento con mi mano para que Enzo se apartara.
A regañadientes y sabiendo que no me dispararía, obedeció, justo cuando Beatrice me daba un codazo en el mismo lado donde me había arreado el puñetazo.
Contuve el resoplido y la amenacé, acercándome demasiado a ella.
No pude evitar fijarme en sus jodidos labios.
—No vuelvas a golpearme, o te sangrarán las manos, lupina.
Entendió a la perfección lo que le dije. Me lo confesaron sus ojos hambrientos de que lo hiciera, tal y como lo habían deseado en el probador. No añadió nada y cabeceé en dirección al arma.
—Guarda la pistola.
—Vete a la mierda. —Casi no me dejó terminar.
El resoplido de Dante me indicó cuántos dedos le habría cortado ya.
—Entonces tendrás que explicarle a tu suegra por qué estás apuntando a tu compañero. —Cabeceé en dirección a la puerta, por donde salía aquella palurda.
Sus ojos se convirtieron en dos rendijas. Durante unos segundos pensé que iba a apretar el gatillo solo para demostrarme que podía hacerlo. Enzo permaneció detrás de ella, y Dante, aunque había bajado el arma, no se había relajado.
Beatrice retiró finalmente la pistola de mi pecho.
No la enfundó de inmediato. La mantuvo pegada al muslo mientras miraba alrededor y parecía tomar conciencia, por primera vez, de dónde estábamos.
La via Cola di Rienzo continuaba tragándose gente a nuestro alrededor.
Turistas, romanos cargados con bolsas, coches, motocicletas y demasiados ojos potenciales para continuar con aquella conversación.
—Ven conmigo —gruñí, me guardé el canuto apagado y comencé a caminar.
—Ni de coña. —Bufó con incredulidad.
—Entonces vuelve a la tienda, ponte el vestidito y deja de buscar a los culpables de la muerte de tus padres —añadí sin volver la vista atrás, aunque con un tono lo suficientemente alto para que me escuchase.
No supe qué fibra había tocado, pero fue suficiente para que en un segundo estuviera a mi lado, apretara los dientes y guardara el arma con un movimiento seco. Mis hermanos se quedaron atrás, y escuché desde lejos un «Estamos aquí», al que no respondí.
—Yo ya sé quién mató a mis padres. —Sus dientes rechinaron.
Gruñí sin ganas.
—Eso ya lo veremos.
Abandoné el tramo más transitado y me interné por las calles interiores de Prati, dejando atrás el ruido.
Los edificios continuaban siendo igual de señoriales, de fachadas claras, balcones de hierro y enormes portales que escondían patios interiores, pero la cantidad de peatones disminuyó conforme nos alejábamos del eje comercial.
Escuché sus pasos a mi espalda y me afané por ir más rápido para que no lograra alcanzarme.
No intercambiamos una sola palabra.
Giré hacia la via Terenzio y me llevé las manos a los bolsillos.
Beatrice seguía detrás. No preguntó adónde íbamos, y eso lo único que hizo fue darle alas a mi macabra mente.
Ni siquiera cuando recorrimos varios metros y me detuve frente a uno de los edificios que la familia tenía repartidos por Roma.
La propiedad llevaba tantos años en nuestras manos que no recordaba quién la había comprado.
Desde fuera no tenía nada especial. Una fachada elegante, varias plantas de viviendas y, en la parte inferior, un portón metálico gris lo bastante ancho como para permitir la entrada de un coche.
No había placas, nombres ni nada que pudiera relacionarlo con nosotros. Saqué las llaves y lo abrí.
—Entra.
Esa vez no protestó. Pasó por delante de mí y desapareció en el interior. El estruendo metálico del portón se extendió por el antiguo garaje y dejó el bullicio al otro lado. Ella ni siquiera se giró, pese a las atrocidades que le había hecho cada vez que se había quedado a solas conmigo.
Había apretado el botón concreto: sus padres.
El espacio ocupaba prácticamente toda la planta baja del edificio.
El suelo era de cemento, las paredes estaban desnudas y varias vigas atravesaban un techo alto recorrido por tuberías.
Había un par de vehículos bajo lonas oscuras, armarios metálicos, herramientas y algunas cajas apiladas contra una pared.
Nada que explicara para qué utilizábamos realmente aquel sitio.
Pasé junto a ella y continué hacia el fondo, todavía sin hablar.