Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 13Dejar de pensar
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13Dejar de pensar

Dejar de pensar

El cuello del uniforme me picaba e iba a salirme una urticaria como no me quitara la ropa de inmediato. Saqué las gafas de sol del bolsillo y me las puse mientras me dirigía a Enzo, quien se encontraba apoyado en la pared del edificio de enfrente.

Me detuve en seco cuando un grupo de turistas apelotonados me frenó.

Estábamos en una zona demasiado transitada como para pasar desapercibidos, por lo tanto, el disfraz que llevaba puesto debía desaparecer cuanto antes.

No me convenía que alguien indeseado me viera haciendo el gilipollas con el uniforme.

Ni siquiera sabía por qué me lo había puesto en lugar de entrar a punta de pistola para sacarla de allí.

Ni siquiera sabía por qué estaba haciendo todo eso.

Llegué a Enzo con la mente hecha un lío, saqué la cartera y extraje un cigarro relleno de hierba que encendí sin pensarlo.

La primera calada me inundó los pulmones y cerré los ojos saboreándola, justo cuando apoyaba la cabeza en la fachada, optando por la misma postura que Enzo, con una pierna flexionada.

—Mmm... —dudó, aunque al final lo soltó—: Te has encendido un canuto. —Solté el humo y asentí—. En mitad de la calle. —Cabeceé en silencio de nuevo, fijo en la jodida puerta—. Tú.

—¿Cuánto debe tardar en salir? —Cambié de tema.

Enzo solo me miraba. Le di otra calada, y el sabor de su boca se mezcló con el de la hierba. ¿Por qué pollas la había besado? «¿Para qué pollas la has probado? Esa es la pregunta».

Algo que no identifiqué me vibró en la garganta.

—Te has vestido como un piojoso —señaló mi uniforme con asco—, ¿y ni siquiera le has dado tiempo para correr detrás de ti? A mí me habría salido un sarpullido.

Apreté los labios, y por primera vez sentí miedo al pensar. No iba a meditar por qué había hecho aquella subnormalidad.

—Valentino. —Enzo esperó a que lo mirase.

No lo hice—. Entiendo lo que me has contado.

Tu plan. Y me parece perfecto que quieras usarla para nuestro beneficio, para que nos sea más fácil librarnos de los aspirantes a mafiosos.

—Hizo una pausa antes de añadir—: Pero también sabes que podemos hacerlo sin ella.

—Ha querido joderme.

—Y tú la has jodido a ella.

—Estaba esperándome en Mesina. Igual que sabes que lleva investigándome dos años —gruñí apuntándolo con el canuto.

Porque habíamos descubierto mucho en los últimos días. Mucho. Le di otra calada. ¿Estaba nervioso?

—Y ganaste tú. Has seguido ganando tú, incluso cuando saliste del calabozo, fratello . —Lo meditó antes de soltarlo—. No hay ningún motivo para que sigas con esta pantomima.

Apreté los dientes, guie mi atención a la entrada del local y saqué mi teléfono. Un minuto le daba para mandarle el vídeo de su casa. Veríamos si se daba prisa así o no.

—Tiene que aprender.

—¿Por qué tiene que aprender? ¿Para qué quieres enseñarla? No es nada tuyo —rebatió y lo corregí en mi cabeza, aunque no se lo dije.

Sí, sí era mío hasta que a mí me diera la gana. Una mirada fulminante bastó para que Enzo resoplase.

—Entró en nuestra familia.

—Para salvarme a mí y porque Tiziano se lo pidió.

¡Vamos, Valentino! —Enzo se separó de la pared—.

No te conviene seguir con esta guerra. Si vamos a matarla, hagámoslo ya.

Un callejón —señaló cualquier calle—, un disparo y un cuerpo que encontrarán horas después.

¿Por qué sigues haciendo el tonto? —Me golpeó con una mano el uniforme.

Me separé de la pared y lo señalé amenazante:

—Si hay que pegarle un tiro o no, lo decido yo, Enzo. Yo —remarqué.

Hundió los hombros y puso los ojos en blanco. Se llevó las manos a la cabeza. Mientras nuestro silencio se extendía, cogí el teléfono de nuevo y le mandé el vídeo con un breve mensaje que empecé a escribir. Ahora sí saldría sin demora.

Por la cuenta que le traía.

—El juego que te traes con ella no es bueno.

—Voy a quebrarla —dije tozudo, mandando el mensaje.

—¿Hasta cuándo? ¿Hasta que te busques un problema y tengamos a la policía respirándonos en la nuca?

—¡Hasta que me salga de la puta polla! —le ladré.

Nos contemplamos sin parpadear. ¿Qué hostias me ocurría y por qué estaba reaccionando así? Tragué saliva, le di una calada al porro y solté el humo, apartando la mirada de mi hermano. No pretendía discutir con él. No por ella, no por una mujer.

—¿Se me permite un comentario?

Cerré los ojos sin creérmelo.

Dante.

Le recriminé con una mirada a Enzo que estuviera allí y hubiera dado pie a nuestra disputa; sin embargo, antes de que me diera tiempo a mucho más, el rubio se justificó:

—Dante ha sido quien me ha conseguido todos los datos de la Mano di Caino. La banda se ha encargado de borrar hasta el último registro cuando se disolvió. Ya no existe nada de ellos.

No quería mirarlos. A ninguno de los dos. Me llevé el cigarro liado a la boca, escuchando a Dante:

—El uniforme... ñññaaa —añadió como si le diera repelús—.

Aparte de eso, Enzo tiene razón, Valentino.

—Su tono cambió. Ya no era el Dante de las bromas, era el serio, el que sabía pensar—.

Si la situación se tuerce con el juego que te traes entre manos, vamos a tener un problema.

Y tú le acabas de mandar un vídeo donde estás follándole toda la boca sin permiso. Aunque no lo parezca.

Ni siquiera me molesté en preguntarle por qué había mirado el teléfono desde atrás. Si tenía esa información era porque Enzo se la habría contado. O Alessandro, que también estuvo en todo el meollo. A saber.

—No nos asusta que quieras despedazar a la tipa esta. No le debo mi vida a ella —apuntó Enzo—, se la debo a Aarón, en todo caso. Pero estamos preocupados por cómo esto pueda repercutir en ti.

Ahora sí que desvié mi atención, confundida, hacia Enzo.

—¿De qué estás hablando? —le pregunté hosco.

Los dos se contemplaron titubeantes. Fue Dante quien tomó la palabra:

—Es policía, Valentino.

—Y la policía no se sienta en la misma mesa que la mafia, fratello —apostilló Enzo.

Giré la cabeza, con instintos asesinos hacia los dos por lo que posiblemente insinuaban, pero antes de que me diera tiempo a sujetarlos del cogote, Dante cuestionó:

—¿Por qué llevas un uniforme pruriginoso, en vez de haber entrado a por ella a la fuerza, como has hecho hace tres días en la iglesia?

No fue una novedad que Enzo también le hubiera contado eso. Por supuesto que se lo recriminé con otra mirada matadora.

—¿Por qué quieres darle la información de la banda de la Mano di Caino para llegar a un acuerdo, si tu voz es ley? —atacó Enzo.

Me mordí la lengua y sentí el sabor metálico mezclarse con la saliva. Fui despegando los labios lentamente para soltarles el mayor insulto de los siglos a los dos pedazos de gilipollas sabelotodo.

Pero giré la cabeza justo cuando salía acelerada de la tienda de novias.

Beatrice se quedó quieta nada más pisar la acera, con el teléfono en una mano y el bolso colgado del hombro.

Llevaba el abrigo abierto y el pelo suelto algo revuelto en la cara.

Desde aquella distancia no podía distinguir con precisión su expresión, pero no me hizo falta.

Miró la pantalla. Después levantó la cabeza y buscó a ambos lados de la calle con tanta rapidez que supe exactamente en qué momento había visto el vídeo.

Me encontró. Y no aparté los ojos. Ella tampoco.

Su cuerpo entero se tensó. Los hombros, la mandíbula, hasta la mano con la que sujetaba el cacharro. Durante unos segundos se limitó a observarme desde la otra acera, completamente inmóvil entre la gente que continuaba pasando a su alrededor.

Me llevé el canuto a los labios.

—Pues nuestras preguntitas se quedan en suspenso, como en las pelis —murmuró Dante.

—Ya veo... —rumió Enzo.

Miró a mis hermanos; después, a mí. Se lanzó al paso de peatones sin esperar a que el semáforo cambiara y un coche tuvo que frenar para no llevársela por delante.

El conductor tocó el claxon y soltó una serie de improperios a los que ella no hizo caso.

Beatrice ni se volvió. Continuó avanzando hacia nosotros con una determinación que no había tenido en la tienda.

No parecía asustada, sino completamente fuera de sí.

—Creo que el mensaje te ha funcionado, si lo que querías era que Sandokán viniera a por ti — comentó Dante .

Solté el humo lentamente. Eso parecía, aunque no lo dije.

—Esa tía viene a arrancarte la cabeza.

Me guardé el teléfono en el bolsillo tras el comentario de Enzo y volví a apoyarme en la pared. Mis hermanos me contemplaron como si hubiera perdido el juicio.

Beatrice tenía los ojos brillantes. Y la ira no era precisamente lo único que se reflejaba en sus iris. Aquella zorra disfrutaba más de lo que admitiría. Y yo, maldita fuera, la había besado.

Sorteó a una pareja, chocó con el hombro de un hombre y siguió adelante sin molestarse en disculparse. No dejaba de mirarme. Cada paso parecía aumentar la rabia con la que se acercaba y, cuando estuvo lo bastante cerca, pude ver que tenía las mejillas ligeramente enrojecidas y los ojos húmedos.

Le di otra calada al canuto con más chulería que nunca.

—Valentino… —me advirtió Enzo.

—Cállate.

Estaba a pocos metros.

Me separé de la pared y dejé caer la pierna que mantenía flexionada.

No sabía qué esperaba exactamente. Que gritara.

Que me insultara. Quizá que intentara darme una patada en los huevos, porque empezaba a conocerla lo suficiente para saber que la diplomacia no figuraba entre sus virtudes cuando estaba nerviosa o cuando la situación se escapaba de su control. Pero no abrió la boca.

El puñetazo me giró la cara, y fue tan rápido que no alcancé a esquivarlo.

Noté el impacto en el pómulo, el sabor metálico invadiéndome la boca y el silencio absoluto que cayó entre mis hermanos.

Me quedé mirando hacia un lado. Un segundo. Dos. Pasé la lengua por el interior de la boca y escupí la sangre al suelo.

El suspiro de Dante fue suficiente para saber que si no actuaba yo, lo harían ellos.