12Seguridad emocional #3
Comencé a andar de un lado a otro, con la mano en el mordisco que me había dado. El labio se me estaba hinchando, la sangre manchaba mis dedos y no se me ocurrió otra cosa que joderme más la herida.
De reojo, vi cómo el hijo de puta parecía divertirse a mi costa. No reía, pero sus ojos lo decían todo. Lucia dio un paso, preocupada, y yo aproveché ese momento para prensarme el labio con garra. Vi las estrellas.
—¿Tienes que marcharte? Oh, no me lo puedo creer. Ya había reservado en el restaurante de siempre para co... ¡¿Qué te ha pasado en el labio?!
Fijó sus ojos marrones en Valentino de inmediato. Él se hizo el alarmado, por supuesto, y cerró la carpeta con un sonoro golpe. La dependienta no tardó en aparecer, y yo intenté tranquilizarla con una mano en alto, pidiéndole calma.
—En ocasiones no controlo mis nervios. Es solo eso, Lucia, de verdad.
No iba a jugármela picándolo, diciéndole que no podía salir de allí por el simple hecho de sentirme cobijada por ellas dos. Las mataría sin pestañear, de eso no me cabía la menor duda.
—¡Oh! ¡Dios mío! Trae algo para curarle esa herida —le pidió a la dependienta con exageración—. Beatrice, ¡que quedan días para la boda! Debes tener cuidado.
Seguí con la mano en alto, sin quitarle los ojos de encima al hombre que permanecía quieto, sin apartar la mirada del espectáculo.
—Lucia, tranquila.
—Llamaré a mi hijo inmediatamente. No pueden darte estos disgustos a tan pocos días. Este estrés no es bueno.
La mano de Valentino se fue a la parte trasera de su pantalón y me temí lo peor. Sujeté con avidez a Lucia .
—No pasa nada. Es algo habitual en este traba...
—¡Te has reventado el labio! —Se giró hacia Valentino, y este dejó caer la mano—. Díselo tú... —Frunció el ceño con confusión—. ¿Cómo te llamas?
Presentí aquella confusión. No por nada era la mujer del general de la Guardia di Finanza. Al final esas cosas se pegaban, y por mucho que uno no quisiera, el olfato de sabueso se terminaba desarrollando en los demás.
—Damiano Vitale —me inventé sobre la marcha, presa del miedo al ver que la mirada de Valentino era cada vez más terrorífica.
Perdía la paciencia que no tenía.
Lucia me contempló primero a mí, después a él. La dependienta apareció corriendo con el botiquín de la tienda.
—Damiano Vitale —repitió muy despacio—. Creo que te conozco de algo, pero no sé de qué.
—No puede ser. Se parecerá a alguien. —Corrí a responder.
Valentino se dedicó a observarme. No pensaba ayudarme. Lucia se volvió de nuevo a mí.
—¿Por qué no puede ser?
Tragué saliva y me dio un tic en el ojo derecho.
—Porque no es de Roma. Es del norte de Italia —resolví.
¡ Claro que le sonaba! A los Sabello los conocía todo el mundo, y aquellos ojos eran imposibles de olvidar. Me recriminé ese simple pensamiento .
—El caso es que no te he reconocido cuando has entrado —añadió con calma, como si la histeria por mi labio hubiera desaparecido—, y eso que leí las fichas de todos los integrantes nuevos.
Valentino soltó un bufido sarcástico por la nariz cuando ella regresó la mirada hacia él.
—¿Eso significa que la he eclipsado con mis encantos, señora Caputo?
El tono de Valentino era amenazante, aunque ella se lo tomó como una provocación sexual. Sonrió como una colegiala, se colocó la melena corta marrón detrás de la oreja y apretó los labios.
La tensión de mis hombros no menguó. Le llamé la atención al ver que no devolvía la mirada hacia mí.
—Lucia, debo marcharme. Dejaremos la comida para otro día, ¿vale? —Le acaricié la mano y miré por encima de su hombro—. Espéreme fuera, agente Vitale.
Enarcó una ceja sin ánimo de marcharse, hasta que me giré y nuestros ojos se encontraron en el cristal mientras Lucia comenzaba una conversación sobre los dichosos expedientes que su marido le había dejado ver.
Fue agresiva. Despiadada. Anhelante...
Había deseado que cumpliera, por un instante, todas las amenazas que me había dicho. Y me había arrepentido con la misma rapidez de aquello. ¿En qué me convertía todo lo que estaba pasando?
Valentino abandonó el local.
Lucia y la dependienta terminaron de ayudarme con el vestido, y una vez fuera de él, noté la humedad recorriendo mis muslos, en ese reguero que había dejado tras arrastrar mi esencia para comérsela delante de mi cara.
El móvil me sonó. Me acerqué a cogerlo con los nervios de punta por lo ocurrido y lo saqué temblorosa al pensar en Gennaro.
—Ya está mi hijo acaparando espacio. Entre él y el trabajo... —se quejó Lucia.
Sin embargo, no fue su hijo el que me mandó un wasap.
Fue un número desconocido el que me envió un vídeo.
Tragué saliva al reconocer la entrada de mi casa. Al reconocerme a mí de rodillas y al saber quién era el hombre que se veía borroso mientras se cargaba el archivo. Debajo del vídeo había una sola línea.
Desconocido:
Tienes dos minutos para salir, o este vídeo le llegará a tu prometido.
Se cargó.
Lo pulsé.
Y bajé de inmediato el volumen cuando los sonidos amortiguados de mi garganta y saliva devoraban el miembro de Valentino.
Sería hijo de puta.
Hijo de puta una y mil veces.