Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 12Seguridad emocional #2
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12Seguridad emocional #2

Me quedé prendada de su porte, vestido con aquel uniforme de la Guardia di Finanza. ¿De dónde lo había sacado?

Y él se quedó clavado en mí sin ocultar su repaso. De hecho, me miró de arriba abajo varias veces, pese a que los ojos de Lucia y la dependienta pasaban de uno a otro alternativamente.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté demasiado brusca.

Tardó más de lo habitual en responder, y cuando lo hizo, fue peor que si me hubiera clavado aquel puñal en la garganta.

Sonrió. Me pareció la sonrisa más espectacular que había visto en mi vida, la más peligrosa y la más atractiva.

Mi corazón se detuvo por un instante, el mismo en el que Lucia y la dependienta se quedaron hipnotizadas por esos labios que se movieron para decir:

—Agente Costa, disculpe que la moleste. —Me recorrió de arriba abajo sin reparo—. Sé que nos comunicó que esta mañana no estaría disponible, pero esto es urgente.

Levantó una carpeta en el aire. ¿Por qué estaba derritiéndome aquel tono condescendiente? Las miró a ellas de nuevo, por supuesto. Yo todavía continuaba con la cortina en un puño, sin creérmelo y sin poder articular una jodida palabra.

—Solo serán unos minutos —insistió.

Las dos rieron como idiotas y asintieron con la cabeza muy rápido. La rojez apareció en sus mejillas cuando Valentino volvió a sonreírles y, cuando ya se encaminaba con decisión y aquel rostro arrogante fijo en mí, Lucia preguntó:

—¿Y perteneces al cuartel de Roma, o al de Palermo? —Hizo un sonido dubitativo. Valentino se detuvo y me contempló con la rudeza de un salvaje—. No me suena tu cara de nada.

Tragué saliva, solté la cortina y me aparté, invitándolo a pasar con nerviosismo.

—Es de los nuevos, Lucia. Por eso todavía no lo tienes fichado.

Hizo una gran exclamación con la boca en forma de A y añadió:

—¡Claro! Debe de ser uno de los chicos de refuerzo que me contó mi Leandro. —Valentino se detuvo al lado de mi hombro y me miró; yo también—. ¿Podemos probarnos mi vestido? Me ha entrado calor repentino.

Rio tontamente y cerré los ojos, agradeciendo que se marcharan a otro de los probadores más alejados. Cerré la cortina con un fuerte movimiento, con las pulsaciones a mil. Me giré y me alejé todo lo que pude y más del energúmeno que me contemplaba a pocos pasos.

—¡¿Qué coño estás haciendo?! —le grité en un susurro.

—Te dije que quería mantener una conversación civilizada.

Me quedé estática, mirándolo y con la respiración desacompasada.

El corpiño me cortaba el aire, y él no dejaba de hacerme un escáner.

Aquella frase me llevó de nuevo a todos los recuerdos.

Me pasé una mano por la frente con nerviosismo, después me llevé las manos a la cintura y comencé a caminar de un lado a otro. Se me escapó una risa sardónica.

—Esto no puede estar pasándome a mí —murmuré.

—El ratón no debería cazar al gato, pero fíjate, te has topado con un ratón gigante.

Me detuve en seco y lo observé de nuevo. ¿A todo iba a sacarle la comparativa, o era mi mente calenturienta?

—Deja de hacer eso —le dije entre dientes, ahora apretando los puños a ambos lados del cuerpo.

—¿El qué? —cuestionó.

—¡Reírte de mí! —susurré, lo señalé con el dedo y bajé más el tono—. ¡Lo que has hecho es un delito! Has abusado de mí. ¡Maldita sea!

Entrecerró los ojos, soltó la carpeta en la mesa donde estaban las copas de champán y dos zancadas fueron suficientes para que llegara a mi altura, me cogiera del cuello y me levantara un palmo del suelo.

Lo golpeé con saña en el antebrazo, pero al ver que no me libraría de él cuando me estampó contra la pared de atrás, le arreé un bofetón que le giró la mejilla. Se volvió despacio cuando la voz de Lucia retumbó demasiado cerca:

—¿Beatrice? —Silencio y horror. Eso fue lo que sentí—. ¿Va todo bien?

Valentino me estampó con más fuerza, aunque sin ejercer la misma presión endiablada sobre mi cuello.

—No vuelvas a decirme que he abusado de ti cuando te has corrido en mi boca, lupina.

Abrí los ojos como platos al escuchar los pasos de Lucia más cerca, mientras Valentino tiró de mi vestido hacia arriba y coló la mano libre hasta que llegó a mis bragas.

—¡Valentino! —clamé.

Los pasos fueron más sonoros. Se detuvieron cuando la dependienta le habló para indicarle que por fin había encontrado el vestido. El cabronazo que tenía delante se acercó mucho a mí.

—No me digas que he abusado de ti cuando te pones cachonda como una perra cada vez que te toco.

Metió la mano en el interior de mis bragas y abarcó todo mi sexo.

Di un respingo y me encontré sujetando su antebrazo, aún en mi cuello, con muchísima más fuerza.

Estaba empapada. Y él cerró los ojos al notar la humedad mezclarse con sus dedos, los cuales se deslizaron por mi abertura de abajo arriba sin ningún pudor mientras maldecía entre dientes.

—¿Beatrice?

Estaba detrás de la cortina. E iba a abrir. Y todo se iría a la mierda.

—Valentino, por favor... —le supliqué.

Abrió los ojos. Ahora brillaban de lujuria, de un desenfreno prohibido, de ardor. Se acercó a mis labios y sobre ellos añadió:

—La próxima vez que me vaciles, te sangrará el coño y el culo, lupina. Te lo juro por Dios.

No me dio tiempo a tragar la saliva que se me había acumulado en la garganta. Apretó mi cuello con más saña, me acercó con un movimiento brusco a él y estampó su boca contra la mía.

Quise morirme.

No por el asco, no porque mi futura suegra estuviera a punto de abrir la cortina, sino porque sentí una calidez que no había experimentado en la vida.

Por el cosquilleo que se arremolinó en mi vientre y subió hasta mi boca con tanto ímpetu que me mareó.

Por la sensación de vértigo que me inundó cuando su lengua lamió mis labios y buscó mi músculo con avidez y, entonces, fue tan fugaz que creí que había sido un sueño.

Me soltó, arrastró los dientes hasta apresar mi labio inferior y me mordió con tanta fuerza que un quejido ahogado brotó de mi garganta y murió en su boca, mientras nos mirábamos fijamente el uno al otro.

Sentí la sangre mezclarse con mi saliva de manera instantánea, y todo ocurrió a una velocidad pasmosa.

Su mano saliendo de mi sexo.

La otra soltándome el cuello y girándome de espaldas para pegarme a su pecho.

Sus dedos en su boca y, tras sacarlos, me susurró en el oído:

—A ver cómo explicas el mordisco.

Él alejándose .

Yo, con la respiración a mil y ganas de que terminase lo que había empezado.

El sentimiento de culpa, muy lejos de allí. Gennaro, muy lejos de allí. Lucia... abriendo la cortina.

—Beatrice, cariño, ¿estás bien?

Agaché la cabeza automáticamente para que no me viera. Tenía el pulso disparado, el vestido hecho un desastre y no se me ocurrió nada con lo que poder salir del paso hasta que Valentino habló:

—Todo esto tiene bastante relevancia para lo que buscaba. Pero tiene razón, esperaré en la calle hasta que salga. Así podremos verlo con tranquilidad.